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Columna invitada

Las cifras no mienten y llaman a un momento de reflexión

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Nuestro país no ha seguido una ruta exitosa hacia la seguridad. La supuesta pacificación, por medio de la aplicación de la violencia, no ha brindado los resultados esperados; 2011 es calificado, por el INEGI, como el mayor año de criminalidad. Hoy, México ha incrementado en casi 6 por ciento los delitos de homicidios respecto del año anterior. Un total fracaso cuando se piensa en los objetivos optimistas que soñaban un México sin violencia gracias, precisamente, a la violencia ejercida en contra de ciertos grupos de la sociedad.

Las cifras no mienten y llaman a un momento de reflexión: Si en el 2011 se cometieron 27 mil 199 asesinatos, eso quiere decir que cada tres horas, una persona murió a manos de otra. ¿Es ese el México al que aspirábamos? ¿Un país en donde, impunemente, uno toma la vida de otra, en donde la aplicación de las leyes, de los juicios, y de la justicia, sencillamente, van siendo obsoletos frente al poder del más fuerte, en este caso del mejor armado?

Llama la atención, sin embargo, que todos los estados del país hayan aumentado su índice delictivo, menos uno: Michoacán, y sí Chihuahua, el Estado de México, Guerrero, Sinaloa y Baja California. El entorno social se ha acidificado en los últimos años: Hemos ido de la violencia delictiva a la violencia institucional: Con verdugos que toman en sus manos la aplicación de la justicia y traducen ésta en ajustes de cuentas. Y lejos de ese panorama, muy lejos, un Estado de derecho en donde la seguridad de los ciudadanos es garantía constitucional.

El INEGI considera que desde el último año de gobierno, la última administración panista, a la actualidad, el índice de asesinatos creció en un 160%, lo cual apunta a una crisis de seguridad que afecta, en primera instancia, a la seguridad ciudadana.

Es tiempo de preguntarnos si la violencia solapada, si los ajustes de cuentas, si las víctimas de la lucha contra el narcotráfico, valen la pena sobre un índice creciente de homicidios. Que el hombre se haga justicia con sus propias manos es un acto retrógrado en cualquier sistema social. Que, además, lo haga limpiándose el sudor de tal esfuerzo, con la venda de los ojos de la justicia mexicana, es un acto de falso orgullo, pues hoy no podemos decir que hemos ganado la lucha contra la delincuencia y el crimen organizado si la cifra de homicidios y de violencia se ha multiplicado en todo sentido.

  • Diputado por el PRD ante la ALDF

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