Dos horrendos crímenes históricos

Paradigmas de la rectitud y de la honorabilidad política, Carranza y Madero deben renacer y recobrar la moral política para salvar a México

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El 21 de mayo de 1920 fue arteramente asesinado en Tlaxcalantongo, Puebla, el estadista que promulgó en 1917, la Constitución que todavía hoy nos rige. Don Venustiano Carranza era  gobernador de Coahuila en febrero de 1913, cuando Victoriano Huerta y el embajador norteamericano Henry Lane Wilson se coludieron para consumar el proditorio crimen del Presidente Francisco Ignacio Madero y del Vicepresidente José María Pino Suárez. Fue el primer gobernador, que condenó la traición y convocó a los mexicanos patriotas a derrocar al usurpador.

Ambos incalificables asesinatos, con cuatro años de diferencia, guardan paralelismo. Los dos presidentes de origen democrático iniciaron la primera Revolución Social del siglo XX. La segunda sería la de Rusia en octubre de 1917. México había salido adelante en lo que sería un inicio de siglo de ideas sembradas en la Revolución Francesa y en la Revolución del pensamiento económico-político, a partir del Manifiesto Comunista de Karl Marx y Federico Engels en 1848, que convulsionaron al mundo, y empezaron a tener efecto en otras naciones distintas a las de su origen.

Madero y Carranza, ambos originarios de Coahuila, agricultores y esforzados en el trabajo y la honorabilidad, habían conocido el azaroso siglo XIX en nuestra patria, que había comenzado con el fulgor de la guerra de Independencia y que había conquistado una segunda Independencia cuando regresamos a los franceses y fusilamos a su emperador, consagrando así el triunfo la Reforma como un impulso vital de modernización jurídico-política con la Constitución de 1857. Sin embargo, el siglo terminó a oscuras. Uno de los defensores de México frente a la intervención de Napoleón III, traiciona al Presidente Juárez y se eterniza en el cargo cuando su bandera había sido precisamente la no reelección. Porfirio Díaz acaba dejando el país en el sótano de los últimos días del Virreinato.

Después de 30 años, tuvo que nacer en 1910, la lucha por la reivindicación del país frente a la involución porfirista. Esta nueva Revolución logra el triunfo a corto plazo y hace huir al dictador y a su familia, pero deja intactos a sus cómplices, a los incalificables acuerdos con la embajada norteamericana. Ambos coludidos, lucraban con la permanencia del régimen porfirista. Este estatus daba para fortunas a las familias de abolengo y afortunados méritos en los cargos diplomáticos para la defensa de los intereses encomendados desde Washington. La primera amenaza a la continuidad de sus privilegios la resuelven con la más abominable conspiración para matar al Presidente y al Vicepresidente. El sicario fue encontrado con facilidad, Huerta y Félix Díaz, ya habían sido convencidos, el reto era llegarles al precio. Se les pagó 30 monedas. El primero fue nombrado Presidente de la República. El segundo esperaría a sucederlo. El porfirismo se reciclaría rápidamente para volver a “la paz de los sepulcros”. Ese fue el cálculo de los pérfidos conservadores. El mensaje era claro, el poder no se comparte es exclusivo.

Falló el plan. Pese a todas las adversidades, Venustiano Carranza desde la toma de Ciudad Juárez, había empeñado su palabra cuando dijo: “…la Revolución es de principios. La Revolución no es personalista y si se sigue al señor Madero, es porque enarbola la defensa de nuestros derechos y si mañana, por desgracia, ese lábaro santo, cayera de sus manos, otras manos robustas se aprestarían a recogerlo”. La hipótesis se cumplió, la muerte de Madero no podía quedar como una nueva victoria del porfirismo, la lealtad, el honor, el patriotismo obligaban a retomar el lábaro revolucionario. Así lo hizo el barón de Cuatro Ciénegas con otros dilectos revolucionarios que cumplieron a cabalidad la palabra empeñada. El chacal Huerta fue desterrado, el Ejército Constitucionalista llega a Palacio Nacional para restituir la honrosa legitimidad constitucional del cargo.

El futuro no fue fácil. Más traiciones y sacrificios para restablecer el camino soñado, un Estado de derecho en el que impere la ley. La Constitución se promulgó contra viento y marea, los 218 constituyentes la aprobaron unánimemente. En las elecciones, Carranza asume la primera magistratura y pone en vigor el nuevo orden político nacional. Otra vez, desde la madriguera de la embajada yanqui, se ve al grupo Sonora dispuesto a repetir el papel de Huerta. Había que asesinar al Presidente legítimo para evitar que aplicara el artículo 27 constitucional que extinguía los latifundios y regresaba a la nación las minas y yacimientos petroleros rebasando a Madero que provocó la ira de las petroleras con el impuesto que decretó a la extracción del hidrocarburo. El cuadro era idéntico y la solución la misma en la sombra de la iniquidad se resolvió: Había que eliminar al Presidente y así lo hicieron Mariel y Herrero en Tlaxcalantongo, hace 98 años.

Más tarde el propio autor intelectual del magnicidio contra Carranza, como lo afirma el constituyente Gerzayn Ugarte al señalar, al general Álvaro Obregón, fue ultimado en el Restaurante la Bombilla en San Ángel, cuando pretendía reelegirse en 1928. El ejemplo que había dejado Carranza cuando al término de su periodo propuso elecciones libres para la elección de un gobierno civil no militar y que le había costado la vida, la traiciona Obregón en su extravío por la ambición del poder. ¡El que a hierro mata, a hierro muere! Podría ser la voz de la justicia que, de repente, aparece con esa claridad.

Hoy los crímenes de mexicanos que participan en política se han multiplicado. Nadie quiere reconocer que en la Historia se encuentra la verdad. La falsa política, la que se hace para ganar el poder para sí mismo y es capaz de asesinar al hermano por ello, es el peor camino para un pueblo que quiere ser nación civilizada democrática. Seguir por ese atajo causará más dolor y tristeza a la patria. Madero y Carranza, paradigmas de la rectitud y honorabilidad política, deben renacer y recobrar la moral política para salvar a México.

 

 

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