Domingo de Resurrección

Drama de la injusticia de La Pasión es el verdadero drama de la justicia de nuestros días

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Para los cristianos, los dos lugares más venerados son la Colina del Gólgota y el Santo Sepulcro. Ni el pesebre de Belén ni la casa paterna en Nazaret, ni el refectorio de la cena última ni el huerto de Gethsemaní, ni el pretorio de Pilatos, todos ellos de ubicación incierta y desconocida.
Sin embargo, en el Gólgota se consumó el linchamiento de Jesús en forma de crucifixión. Allí muere Jesús de Nazaret en la tarde de un día viernes. Y en el Sepulcro del Santo Entierro se realizó la resurrección del mismo, ya convertido en Jesucristo, en la mañana de un domingo.
Ese día y ese lugar son los más importantes para la cristiandad. Esa resurrección les dio la prueba de la divinidad de Jesús. Esa resurrección, ya previamente anunciada, es la piedra angular en la que se cimienta su fe, su creencia y su religión. No en su sacrificio ni en su muerte, sino en su retorno a la vida y en la derrota que le propinó a la muerte. Todos los seres mueren, pero sólo Él resucitó.
No obstante, la historia de La Pasión no es de ayer, sino de siempre. No es de hace 2 mil años, sino de todos los días, porque todos los días, en algún lugar del mundo, algún procurador de justicia se comporta como el procurador Poncio Pilatos, con miedo y cobardía. Todos los días, en algún lugar del mundo, alguien presenta o lanza acusaciones como lo hizo el sumo sacerdote Caifás. Y todos los días, en algún lugar del mundo, alguien es enjuiciado y sentenciado a la pura voluntad del capricho, como sucedió con Jesús de Nazaret.
Es cierto que Pilatos, Herodes y Caifás nunca violaron los principios de una garantía constitucional porque estas no existían y aquellos nunca supieron lo que era eso. Esto es un invento muy nuevo, con un poco más de 200 años de edad.
Sin embargo, nosotros nacimos y vivimos en un mundo que ya conoce los principios jurídicos del proceso, elevados al rango de garantía constitucional o de imperativo procesal, y que, sin embargo, todos los días son tan desobedecidos y tan vulnerados con mayor culpa que la que cargaban los ignorantes de la antigüedad. Ese es el verdadero drama de La Pasión de Cristo, que se renueva en la vivencia cotidiana de nuestros días.
Por las razones que condenaron a Jesús en los inicios de nuestra era, los sistemas del siglo XXI también lo condenarían. El desafío que Jesús le planteó a su mundo y a su universo fue múltiple, global y total.
Jesús de Nazaret es joven en un mundo dominado por los viejos. Es pobre y se sobrepone a los ricos. Es liberalista en medio de la tiranía. Es líder en un mundo que no conoce más guía que la de la autoridad. Es puro en un mundo sucio. Es valiente en medio de cobardes. Es creyente en medio de falsarios. Es desinteresado en un mundo de intereses complicados. Es franco en medio de hipócritas. Es leal en medio de traidores. Es inteligente en un mundo no sólo brutal, sino, además, embrutecido. En fin, es aventajado y avanzado en medio del estanco de mayor retraso que ha conocido el género humano, pero decíamos: ¿De verdad está tan lejos La Pasión de Cristo?
En estos días, el desafío total y global de Jesús de Nazaret equivaldría a que un temerario se decidiera a desafiar, simultáneamente, a todo el stablishment, representado por las hegemonías mundiales; el Estado y el gobierno; la sociedad establecida; los partidos políticos; los medios de comunicación y los comunicadores; las iglesias y el ejército; las universidades y los estudiantes; los banqueros y los empresarios; los sindicados y los trabajadores independientes; los científicos y los técnicos; los intelectuales y los profesionistas; los defensores civiles y las ONG’s; los órganos de justicia y los órganos de inteligencia.
El obnubilado, o el iluminado, que iniciara una guerra contra todos no duraría, como no duró Jesús. Sería depositado en las crucifixiones de la modernidad bien a través de la exclusión o de la persecución, reservadas para los débiles. O, bien, a través de la diatriba o del magnicidio, reservados para los poderosos.
Por eso nos preguntamos ¿qué tanto hemos cambiado en 2 mil años? ¿Algo ha cambiado? ¿Algo cambiará en los próximos 3 mil? La historia de Jesús ¿es del pasado, del presente, del porvenir, o de siempre? ¿No será que, parafraseando a Jesús Reyes Heroles, hemos logrado cambiar todo para conseguir que todo siga igual?
Esa centena de abusos e injusticias cometidos en contra de un solo hombre en apenas la mitad de un solo día es una parte infinitesimal de las miles o millones de injusticias que a diario se cometen en contra de miles o millones de seres humanos porque todos los días son incontables los hombres que, en todas partes del planeta, son acusados sin motivo, son enjuiciados sin reglas y son sentenciados sin pruebas. Todos los días reaparecen los Caifás que persiguen a los que no la deben.
Todos los días resurgen los Judas Iscariote que venden todo por monedas. Todos los días renacen los Poncio Pilatos que se acobardan ante el deber. Y todos los días reviven las crucifixiones de quienes no han hecho nada para merecerlas.
El drama de la injusticia de La Pasión es el verdadero drama de la justicia de nuestros días, de todos los tiempos intermedios y quién sabe si de todos los tiempos por venir, pero si algo, aunque sea mínimo, podemos entender de esta historia es el desafío que tenemos que cumplir.

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