Diablo, carne y mundo

¿Será mucho pedir tener presidente?

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Tío Macro, era enorme y fuerte como mula de Kentucky, nacido en Durango allá por los años 20 del siglo pasado, conoció por accidente a tía Tilde (Matilde, de las del lado materno-toluqueño de este menda), e inexplicablemente se enamoró (alta y flaca, monísima de trato pero pasiones, no desataba), igual, se casaron y tuvieron seis niñas y tres varones, que salieron a nadie supo quién: Las niñas, unos cromos de bellas y después, cada una, un atentado formal a la virtud de la castidad, en fin… al contrario, los niños, esmirriados, chaparritos, lánguidos, aficionados a la lectura y el ajedrez, con su padre terco en enseñarles a montar, lazar potros broncos, alimentarlos como reses en engorda, ponerlos a boxear y hacer pesas, tratando que en algo se parecieran a él. Imposible. Tía Tilde no abría el pico. En cierta ocasión, uno de los niños enfermó de paperas, el médico ordenó aislarlo pero tío Macro decretó que estaba sano; tía Tilde, muda; el médico explicó los serios peligros de ese mal tan contagioso y el tío dijo que sus hijos eran de buena madera; tía Tilde, callada; el médico aclaró que no asumía la responsabilidad, que el niño podía quedar estéril o sufrir meningitis, el tío anunció que se lo llevaba al rancho a montar a caballo, a respirar aire fresco, a hacer “cosas de hombres” y entonces, por primera vez en su vida de casada, tía Tilde abrió la boca: -Tú te callas o yo te mato, ¡que te mato, Macro! –bramó casi con espuma en la boca, el médico se evaporó, el tío calló y así siguió cuando años después tuvo un nieto con yerno anónimo. Tía Tilde lo manejaba con la mirada. Muy bien.

Algunos de nosotros, tenochcas simplex, orgullosos integrantes del peladaje nacional estándar, estamos un poco desconcertados: El gobierno parece la repuesta en escena de “La hora pico” (sin vedettes): Por un lado creemos haber oído que se terminó la peor parte de la pandemia y ya domada, se puede circular bajo la “nueva normalidad” (ingenioso oxímoron para más confundirnos, pues si es nueva, no es normal; y si es normal, no puede ser nueva), pero por otro, se nos dice que cuidadito con romper el confinamiento; López-Gatell -el novio de México-, cara visible del Sector Salud, maneja las cifras de la pandemia como merolico (¡¿dónde quedó la bolita… dónde quedó?!), y nos ensarta semáforos de varios colores (otro ingenio de la 4T), que se resumen en que toda La Patria (la señora de la portada de los libros de texto gratuitos), está pintada de rojo… pero estamos de salida.

Y como ya estamos en la parte suavecita de la curva (!), se nos dijo que algunas centenas de municipios eran “municipios de la esperanza” (faltan los de la fe y la caridad, ya habrá ocasión, es cosa de paciencia), y pobladores, líderes espontáneos y autoridades locales, perdida la esperanza, desconfiando de quien debieran creer todo, se atrincheran para aislar sus comunidades, mientras el Presidente muy quitado de la pena, reinicia sus giras y de pasadita nos recomienda contra el virus, aparte del “¡detente!” (se porta en la cartera), no mentir, no robar, no traicionar (¿supositorios?), porque ayuda mucho para no contagiarse (que se cuide medio gabinete, para que vean que es uno optimista)… y doña Olguita Sánchez Cordero, quien sigue creyendo que le creemos que es secretaria de Gobernación, nos hace saber que está protegida del coronavirus por sus gotas de nanomoléculas de cítricos (la Cofepris silba de lado).

Como telón de fondo de esta hemorragia gubernamental de optimismo infundado, que parece comedia de equivocaciones con “sketch” de carpa de las de antes (tres tandas por un boleto), al viernes pasado: 13,170 mil fallecidos y más de 110 mil contagiados… advertidos el 9 de abril pasado por el propio López-Gatell, que la realidad es la que no se ve (¡zambomba!) y que por eso usaban el “Método Centinela” (redoble de tambores): Los casos reales son los contados, multiplicados por 8, o sea: Para el viernes en México ya hubiéramos tenido 880 mil enfermos… ¿y difuntos, cuántos: 105,360?… no, algo no cuadra, nadie puede esconder tanto fiambre, ha de ser por eso que de repente, el pasado 4 de mayo, don López-Gatell nos hizo saber que ya no era “procedente” el Centinela… menos mal, que ni nos diga por qué: ¡aceptado!; pero también nos informó que él le calcula, así, a ojo de buen cubero, como quien llena su Melate, que vamos a tener unos 35 mil velorios.

Ni quien se fije, lo importante es que nuestro Presidente no deja de sonreír y buscar pleito con el primero que pase… ¡ah! y que ya dio el banderazo del trenecito Maya, sin un solo indígena presente porque los muy necios lejos de aceptar la consulta en que dijeron que sí, siguen diciendo que no… ¡háblense!

La divisa de este gobierno y este Presidente, con mucho respeto, es la soberbia; y su delirio, la autocracia que mal disfrazan invocando una entidad etérea, el pueblo, pero “el pueblo bueno”, sin atreverse a declarar que piensan que hay pueblo malo (y uno creyendo que todos éramos mexicanos).

Que tengan piedad del respetable: Por favor, queremos creer, tenemos que creer en algo, de preferencia en alguien. Las orquestas y las Primarias tienen director; los barcos, capitán; las monjitas del Verbo Encarnado, Madre Superiora: ¿Será mucho pedir tener Presidente? (inútil presentarse sin referencias).

La gente común, esa inmensa mayoría que le cumple diario a la vida, contempla pensativa los hechos, escucha los dichos, observa la permanente rijosidad del Presidente y piensa (sí, piensa)… y sin ponerse acuerdo ni hablarlo, cuando menos lo espera nadie, pierde la confianza y deja de creer todo, hasta lo verdadero.

Con perdón de la señorita de Asbaje: Cuatroteros necios que acusáis, al fifí sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis… ¿por qué se espantan de sus propias culpas?, quiéranos como nos hicieron o sean como nos prometieron. Ante tanto innegable tropiezo se confirma vuestra arrogancia, pues al negar fracasos y fallos, juntáis diablo, carne y mundo.

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