Día del Abogado 2018

Apurada de protección, de defensa, de consejo, de orientación, de atención y de justicia, sociedad; discurso de la legalidad es bello, pero puede ser engañoso; seduce, pero no siempre cumple

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Tuve el privilegio de hablar en el nombre del Comité Rector de la Institución del Día del Abogado, que preside Luis Maldonado Venegas y que integran muy respetables organizaciones. Allí estuvieron el Presidente de la República, el presidente del Congreso de la Unión y el presidente de la Suprema Corte.

Es muy importante para nosotros esta reunión porque éste no se trata de un acontecimiento protocolario, sino de un asunto de la mayor importancia para la nación.


Estuvo allí, reunida, una muy selecta muestra de los abogados de México. Abogados de gobierno, juzgadores, legisladores, fiscales, litigantes, defensores, consultores, profesores y científicos. La abogacía que gobierna, la que juzga, la que legisla, la que defiende, la que orienta y la que enseña. La que descubre, la que crea y la que perfecciona.

Es un orgullo estar con ellos porque esta es la mejor abogacía del país, la más reconocida de la región latinoamericana y una de las más prestigiosas del mundo. Es un privilegio encontrarse con estos abogados que pertenecen a la primera división, al gran circuito y a la élite jurídica de nuestro tiempo.

En esta ocasión, para tributarles el reconocimiento de la propia abogacía. De todos los reconocimientos que puede recibir el profesional son muy honrosos el de los maestros, el de los jefes, el de los colaboradores y el de los clientes, pero ninguno es tan significativo con el reconocimiento de los pares. Son ellos quienes tienen el conocimiento de causa, el rigor calificativo y la información  de nuestro desempeño.

Por ello es muy significativa esta ceremonia, pero también es una ocasión que compromete y obliga. Allá afuera está una sociedad muy grande y muy compleja, pero, además, muy urgida de nosotros. Muy necesitada de sus abogados porque está muy apurada de protección, de defensa, de consejo, de orientación, de atención y de justicia.

Por eso es falso el conflicto entre los medios y los fines cuando está referido al Estado de derecho. La justicia nunca puede triunfar parcialmente. Si descuida los fines por atender los medios, o si claudica en los medios por obstinarse en los fines, habrá vencido en fracciones, y cuando la justicia triunfa a medias, quien ha vencido, en realidad, es la injusticia, pero, por otra parte, tengamos las suficientes dosis de realismo.

El discurso de la legalidad es bello, pero puede ser engañoso. Seduce, pero no siempre cumple, porque un análisis más profundo nos previene y nos advierte sobre un posible embeleco colectivo. Si lo decimos con claridad, en verdad, ¿todos los gobernados quieren que nuestros gobiernos apliquen las leyes? ¿Todos los gobernantes quieren legalidad, honestidad y justicia? ¿Todos los mexicanos, de verdad, quieren castigo para el infractor? No creo que podamos estar seguros de ello.

El clamor por el Estado de derecho es unánime, pero no en todos es sincero porque hay muchos que se benefician con el No-Estado-de-Derecho porque trafican, porque corrompen, porque invaden, porque usurpan, porque defraudan, porque subvierten y porque medran.

Por eso, la agenda del porvenir es grande. Es compleja y no siempre es grata. Implica buenas leyes, ejecutores de las mismas, presupuestos suficientes, instituciones eficientes, coordinación entre potestades, honestidades y lealtades, cultura de legalidad y, por si fuera poco, gobernantes obedientes de la ley, y no sólo gobernados sometidos a ella.

En efecto, las dos peores derrotas a las que puede enfrentarse un sistema político contemporáneo son el fracaso de su autoridad y el fracaso de su libertad. El triunfo de ambas no es sencillo, sino complejo. En muchas ocasiones, el triunfo de la autoridad se paga con cargo a la libertad, así como, en muchos eventos, la victoria de la libertad se paga con cargo a la autoridad.

Los pueblos que no aciertan en la resolución de este enigma se confunden y se extravían, viviendo largas épocas de mucha autoridad y poca libertad, así como otras de mucha libertad y poca autoridad.

Qué bueno que todos trabajemos para evitar la gran catástrofe de no haber consolidado la plena potestad de nuestra autoridad, al tiempo de no haber entronizado el adecuado uso de nuestra libertad.

Hoy, más que nunca, se debe tener presente que la justicia requiere acompañarse de fortaleza, de prudencia y de templanza. Y que nunca triunfa cuando se le pretende asociar con los falsos símiles de aquéllas: Con la fuerza, que a veces aparenta ser fortaleza; con el temor, que en ocasiones pretende disfrazarse de prudencia, y con la mera abstención, que suele tener ansia de engalanarse como verdadera templanza.

Por eso, bien se ha dicho que la justicia es mejor que la victoria.

 

 

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