¿Después de la Navidad qué?

El sufrimiento humano es evitable; el mal existe por ignorar el bien que está a nuestro alcance

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La Navidad, como preámbulo del Año Nuevo, no puede reducirse a la frivolidad del hiperconsumo o a la simple fiesta de cohetones y luces pirotécnicas

¡Caray! Una Navidad más, una celebración repetitiva con la misma realidad. La injusticia, sobre todo la social, sigue rampante aunque prendamos todas las velas y cantemos todas las estrofas de las posadas. Romper esa inercia sería el mensaje de hoy, como ha sido el de siempre. Detener esa compulsión humana por el tener y aumentar, al extremo de la locura porque no se sabe ni a dónde llegar con ese cúmulo de bienes; sin reparar en su origen si, es lícito o no, mucho menos en el daño social irreparable que se haya causado, es la negación misma de la razón y la ética que se nos da implícita en la condición humana. Creer en el becerro de oro como el fin de la vida y del quehacer del hombre, es el peor fetichismo que, sin embargo, atrapa a quienes teniendo el poder para hacer el bien, lo trastocan para extender el mal.

La Navidad como preámbulo del Año Nuevo no puede reducirse a la frivolidad del hiperconsumo o a la simple fiesta de cohetones y luces pirotécnicas. Estas conmemoraciones y ciclos cronológicos, tienen más sustancia. Nos enfrentan a  la pregunta existencial humana de saber a qué razón o causa obedece nuestra libertad para decidir y en qué sentido, dicha decisión acciona la voluntad para llegar a donde queremos  y en qué forma, la inteligencia nos abrirá el camino para ello al subordinar los apetitos inmediatos al logro de metas fundamentales en lo personal y en lo social. Estar en el tiempo navideño con indiferencia al significado de lo acontecido que accidentalmente recordamos, pero subconscientemente, eludimos para no pensar en la responsabilidad de la propia acción y conducta. Así negamos persistentemente  la esencia de nuestro ser humano.


El puente entre el pensamiento, la reflexión y el valor que se nos presenta como objetivo de vida, es la ética de la voluntad. ¿Hacia dónde encaminamos la vida personal, familiar, social, nacional? Cómo equilibrar lo personal, individual con lo comunitario, colectivo; ambas esferas de la naturaleza humana deben compatibilizarse, no se puede ser sólo para la vida social en rechazo de lo personal o individual, ni a la inversa todo lo propio, mi ego, mis intereses son los únicos, y lo social, el bien de todos me es indistinto o ajeno. Aquí está la clave de la integridad y la armonía, hacia ese propósito nos dice la ética está destinado nuestro tránsito en la Tierra. Del logro de ese justo equilibrio depende el que todos convivamos para el bien de todos y simultáneamente el de cada uno.

Ante la nítida convicción de que esto que es lo natural, lo bueno, lo deseado para la felicidad humana, sin embargo no ocurre, porque hay, quienes rompen la ecuación y le dan prioridad y hasta exclusividad a lo mío sobre lo de los demás, y adora el falso dios del ego, del yo, sobre todo es el vicio y la desviación traumática de la libertad, encadenando la voluntad a la satisfacción egoísta que se convierte en la misma creencia de que no hay salida para ello y fatalmente queda anulada cualquier posibilidad de rectificación. De esta perversión, es decir percepción equivocada, hasta patológica, deriva todo el mal que somete al mundo a una tensión violenta, delirante, convulsa que impide el acuerdo, la paz, el respeto y, en suma, echa al abismo la convivencia humana en su finalidad que es la de alcanzar la plenitud terrenal y trascendente.

Por eso es difícil concentrarnos en la Navidad en el fondo y verdadero fin del hombre. La trivialidad, la seducción, lo inmediato, lo más cómodo y accesible, es pasarla como una fecha más, resignándonos a que el dolor humano, el sufrimiento, la pobreza, la guerra, el hambre, la tristeza son condiciones inevitables, pidiendo y conformándonos con el que, esas calamidades no ocurran en mi espacio personal y familiar. Mejor no pensar en que mi indiferencia en la responsabilidad social de evitar esos males, tendrá efecto tarde o temprano en mi propia vida. El hombre ha descubierto uno y mil distractores sustitutos para apartarnos de esa necesidad de contemplarnos en el protagonismo del mundo que vivimos. Por eso se inventó el consumismo y la idolatría a la pachanga y al buen vivir como objetivo y fin, antes de que la ética de la verdad nos abra los ojos a la realidad.

Un Dios que nos ha concedido la libertad con la implícita vocación al bien, también tiene que aceptarla para quien libremente quiera trastocarla para el mal. La opción existirá hasta el final de los tiempos. El nacimiento del hijo de Dios, en condición plena de hombre, ante los mismos discernimientos que cada uno vivimos y de presencia inmediata y claro en nuestra conciencia y en nuestro diario transcurrir, es el más claro ejemplo de esa bondad suprema del amor que llegó hasta la muerte más cruel, por cumplir con el propio ejemplo, lo que para todos los hombres de ayer y de hoy es el camino de la realización en el mundo para llegar a la plenitud aquí y en el más allá. El sufrimiento humano es evitable, el mal existe por ignorar el bien que está a nuestro alcance.

 

Atentamente

Jesús González Schmal

 

 

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