Del subteniente Silvano en La Merced a los marinos en Cd. Guzmán, Jalisco

Muchos, incluyendo candidatos presidenciales, recriminan acciones a veces ‘letales’ de las Fuerzas Armadas, en terrenos donde ni siquiera deberían actuar, pero guardan un cobarde silencio ante la riesgosa, humillante y tonta agresión de civiles a marinos

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Nunca he creído, ni dicho, que los elementos de las Fuerzas Armadas mexicanas (ni de otros países) mantengan un comportamiento intachable ante ninguna situación en especial.

Deben, por su formación, una disciplina incuestionable, pero muchos integrantes del Ejército o la Marina la violan. A veces por la misma adrenalina del momento, el nerviosismo de una situación de muerte, y hasta por simple fanfarronería o presunción de poder por el uniforme que portan.


Sin ellos en la calle, sin embargo, mucho de lo planeado por el crimen organizado de una década a la fecha no se habría evitado. Muchísimas más vidas de ciudadanos se habrían lamentado. Salvaguardaron día y noche estados como Nuevo León y Chihuahua y contuvieron el embate de grupos armados al servicio del crimen organizado.

El servicio otorgado a la nación no justifica lo contrario, que puedan hacer o deshacer. En la actualidad existen juicios abiertos contra militares a quienes se les ha comprobado la violación de derechos humanos o faltas graves contra ciudadanos.

Muchas veces se han equivocado garrafalmente en retenes donde han resultado afectados familias, jóvenes y niños; han mostrado, quizá, ya juicio de algunos, fuerza excesiva en ciertos operativos contra grupos armados.

En una ocasión, viajando con la familia en el automóvil, de Saltillo a Monterrey, una decena de ellos, sin importar zona pública orinaban a la orilla de la carretera.

En otra ocasión, en el retén de San Luis Potosí, exageraron la revisión del auto en la que viajaban menores y adultos mayores. Las armas largas intimidan a cualquiera, y más cuando quien las porta no da la confianza entera de que pueda controlar impulsos.

Podemos decir cientos, quizá miles de cosas sobre ellos, malas y buenas. Creo que más buenas que malas.

En dos días ocurrieron situaciones que podrían servir para medir en qué nivel puede justificarse o no que un elemento de las Fuerzas Armadas (en uno de los casos un ex elemento) cuide su honor, pero principalmente su vida, sin que inmediatamente sea acusado de sacrílego.

Más aun, medir el riesgo al que grupos de civiles (del crimen organizado o del crimen desorganizado, y a veces hasta simples bravucones) se exponen, pero, a la vez, exponen a las propias instituciones, y abren paso para que políticos vivarachos se cuelguen medallas de generales de la convivencia humana o defensores a ultranza de los derechos humanos sin evaluar el contexto de las acciones.

Un grupo de marinos fueron agredidos por civiles en Ciudad Guzmán, Jalisco, en medio de una protesta contra desapariciones forzadas.

Al menos cinco elementos de la Marina, que trasladaban hacia uno de sus vehículos a un uniformado aparentemente herido, fueron rodeados por gente que gritó improperios y amenazas en su contra, mientras otros pegaban de patadas en los glúteos a uno de ellos, otro golpeaba con un palo la espalda de un compañero, y unos más lanzaban piedras y otros objetos, que daban en distintas partes del cuerpo de los militares.

No sólo eso, los civiles, en apariencia, y según un reporte del Gabinete de Seguridad, son seguidores del Cártel de Jalisco Nueva Generación, pintarrajearon el vehículo militar, se subieron a él y brincaron sobre el cofre y el techo.

Bien pertrechados, y bien armados, los marinos mantuvieron la calma y, como decimos, aguantaron vara, más que por miedo a sus agresores, por miedo a desatar una carnicería que ninguno de los envalentonados podría haber contado.

El mayor riesgo de que los marinos no conservaran la calma es el descrédito que después cae sobre las instituciones que representan, y que es caldo de cultivo para denostadores de las propias Fuerzas Armadas.

Ante la amenaza seria de un ciento de civiles armados con los instrumentos para agredir del tipo que sean, y en uso, un militar está, o debe estar, en posición de defensa u ofensa. Por ello no es recomendable su presencia masiva en las calles.

Evitaron una desgracia, pero fueron humillados, y no sé de qué lado esté el honor.

El Subteniente en retiro Silvano (“N”), así lo identificaba su credencial de la Secretaría de la Defensa Nacional, fue abordado por tres jóvenes que intentaron asaltarlo cuando caminaba por la Avenida Circunvalación, cerca de La Merced.

Hábil, ante la amenaza, desenfundó primero que ellos su escuadra. Hirió a dos de ellos y uno logró escapar.

El ex militar, mayor a los 70 años, según un video, obró con bastante tranquilidad y frialdad; y aunque evitó ser despojado de sus pertenencias y, tal vez, hasta de la vida (no sin antes recibir un cachazo en la cabeza), no libró los gritos de quienes seguramente conocían a los asaltantes. De “hijo de su puta madre” no lo bajaron.

Los ladrones heridos y el Subteniente fueron trasladados al Hospital Balbuena. Hasta allá acudieron familiares y conocidos de los agresores que intentaron increpar al ex militar, pero fue resguardado por policías.

Los casos son en extremo distintos (de Ciudad Guzmán a La Merced), pero en ambos se involucra elementos castrenses y agresores.

¿Qué es mejor, salvaguardar el honor o la vida? Si te defiendes te critican, si no, también.

¿Qué hacer cuando un Estado temeroso a muchas cosas consiente a quienes prenden fuego a policías, cuando en pos de los derechos humanos de unos se pisotean los de otros?

Incluyendo agresión y paciencia, todo tiene un límite.

¿Cuál?..

 

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