Debatiendo el debate

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Mucho se ha discutido sobre el efecto que los debates electorales han tenido sobre los resultados de una elección. Desde luego que esa polémica tiene que referirse, a título de antecedente, a lo que ha ocurrido en otras latitudes. En México, la experiencia es una innovación que no ha permitido, aún, construir historia ni profetizar futuro.

En casi 60 años de debates norteamericanos, lo más importante que ha quedado en la memoria de los observadores no han sido las tesis de los candidatos ni sus ideologías, ni sus promesas, ni sus programas. ¡Vamos!, ni siquiera sus discursos. Tan sólo se guarda registro de sus errores.

Dos sucesos son el paradigma de ello. Se dice que el debate de 1960 tuvo un gran costo para Richard Nixon por haberse presentado con una sombra vespertina de barba que le dio la apariencia de un hombre cansado, desaseado y fodongo, que contrastaba, diametralmente, con Kennedy. ¿Cuánto le costó eso? No puede medirse. La cuenta más cómoda nos diría que le costó la Presidencia, pero no puede asegurarse si fue por eso.

En el debate de 1992, George Bush sabía el costo del sistema nacional de defensa, pero no el precio de un litro de leche. Clinton sabía ambos y se dice que eso marcó la diferencia. Nunca lo sabremos, pero lo cierto es que si realmente se trata de un juego “suma cero”, donde sólo cuentan los puntos malos, al debatir dos contrincantes, lo que pierde uno le reditúa al otro, pero ¿qué sucede cuando contienden muchos? ¿Quién gana lo que otro pierde? En el caso de México, ¿quién ganará los puntos que perdieran Meade o AMLO? ¿A quién beneficiarían los que perdieran Anaya, Margarita o “El Bronco”? Los escenarios son múltiples, diversos y complejos.

Sin embargo, desde hace años ya estamos en esto y el reloj no retrocede.   Hemos dicho que, en los tiempos modernos, el debate es uno de los instrumentos esenciales en la contienda electoral. Quizá la explicación pudiera encontrarse en aquel teorema de Seymour Lipset por el que sostiene que las contiendas electorales del presente se han ido desplazando del terreno de la ideología al de la mercadotecnia. Es decir, que el postulado de programas ha sido sustituido por la oferta de perfiles. O, dicho de otra manera, que la confrontación de principios ha sido sustituida por la contienda de personalidades.

Así las cosas, y siguiendo el pensamiento de Lipset, podría decirse, hoy en día, que la  oferta no se realiza, de manera directa, entre el elector y el candidato, sino que ésta tiene que fluir, ineludiblemente, a través de los medios.

A diferencia de la contienda electoral tradicional, donde el medio reinante era el mitin, la asamblea, la visita, la gira, el recorrido y el discurso, en las contiendas actuales, la oferta se centra a partir del spot,  el jingle,  la frase corta, el poster y el espectacular, y la máxima profundidad ideológica, cuando mucho, se alcanza en la entrevista y en el debate público.

Tan sólo un mensaje en televisión nacional, en horario estelar, lo ven 20 millones de personas. Un candidato nunca ha hablado, en toda su campaña, con esa cantidad de gente reunida en mítines. Ello equivaldría a realizar 200 actos con 100 mil asistentes cada uno de ellos. Ni soñarlo.

Estos mecanismos modernos obligan, pues, a una contienda más del orden mercadotécnico que ideológico, o siquiera programático. Así, pues, al reducirse el espacio de confrontación de tesis se amplía el terreno de la personalización de contiendas. Etiquetas como revolucionario, liberal, reaccionario, progresista, socialista, fascista, conservador o capitalista, han sido sustituidas por atributos o defectos individuales, tales como simpático, joven, corrupto, trabajador, infiel, franco, guapo, listo, elocuente o de familia bonita.

Ello conlleva el riesgo natural de que cada contrincante no sólo se aplique a la contradicción de las tesis de sus oponentes, sino al descubrimiento o invención de las debilidades, las flaquezas o los vicios de sus contrincantes, y a concentrarse en la imagen visible y en la intimidad oculta de cada aspirante.

Eso es lo que puede aportar un debate, y no esperar otro producto para el que no está concebido ni acondicionado. Pedir que, en ese breve evento, se confronten  tesis ideológicas y programáticas es ir contra la naturaleza de las cosas. Es, como diría Ortega y Gasset, pedir que la manzana tenga el sabor de la pera.

Además,  la contienda se ha vuelto más personalizada, y menos grupal.  Ello ha provocado que, por ejemplo, los mensajes de campaña difundidos en los medios de comunicación masiva sean de naturaleza muy “confesional” y muy poco “testimonial”.

Con esto queremos decir que los candidatos se han convertido en sus propios voceros. Ellos hablan de sí mismos, y nadie habla por ellos. Ellos dan cuenta de sus méritos, y nadie los respalda. Ellos se proclaman, y nadie los avala. Ellos han tenido que improvisarse en oradores, en locutores y en modelos, siendo que están contendiendo para gobernantes.

Los formadores de opinión, los oradores, los inductores políticos, los ídolos populares y los testigos de sus virtudes han estado relegados de una contienda donde serían sumamente útiles para los candidatos de su predilección.

En fin, lo cierto es que lo más importante es que, después del debate, los electores realizan su debate sobre el debate.

Bien dijo Charles Gabet que el horizonte está en los ojos, pero no existe

en la realidad.

 

 

Abogado y político

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

 

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