De la Fuente, psiquiatra en mundo de locos

¿Cómo podría rasgarme las vestiduras y cubrir la cabeza con ceniza porque nos represente en la Organización de las Naciones Unidas?

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Pasan los días y, salvo el episodio de la sobrerreacción de Andrés Manuel López Obrador por la multa del INE a Morena, la confusión en torno a la consulta (constitucional o en la plancha del Zócalo) sobre la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, las epístolas amorosas cruzadas con Donald Trump y algunas otras menudencias producto del apresuramiento, ciertamente, no sin importancia, no aparecen las oportunidades para sumarse a la resistencia heroica del periodismo al que algunos colegas ya convocan.

¿Cómo podría rasgarme las vestiduras y cubrir la cabeza con ceniza porque Juan Ramón de la Fuente nos represente en la Organización de las Naciones Unidas?


Si algo habría que reclamar al ex rector de la UNAM (y lo he hecho aquí y en su mesa) es haber negado él a México la oportunidad de tener un gran presidente. Incluso, pudo inaugurar, si no con posibilidades de triunfo, sí con gran decoro y alta competitividad, las candidaturas independientes.

Pero a veces la vida se atraviesa, ineludiblemente, dolorosa y ni él tiene manera de sortear esos obstáculos.

De lo que no hay duda es que México tendrá un representante de lujo en la ONU; inmejorable. No habrá quien se atreva a objetarlo.

Creo, en lo personal, que Andrés Manuel López Obrador podría aprovecharlo mejor en México, pero ¿quién soy para que mi opinión sea tomada en cuenta? Además, su ausencia, éste especie de autoexilio en Nueva York, tendrá la virtud de tranquilizar a la tenebra doméstica izquierdista, nerviosa porque no hay en ella quien le compita en capacidad, honorabilidad y fama pública nacional e internacional. Mantenerlo fuera es lo mejor.

Por lo demás, se debe reconocer la valentía o temeridad del próximo presidente de México por atreverse a colocar en Relaciones Exteriores a Marcelo Ebrard, que, en las pasadas elecciones norteamericanas, promovió el voto a favor de Hillary Clinton, y que envíe un psiquiatra a la ONU, que en las páginas de El Universal hizo un diagnóstico del actual presidente de Estados Unidos. “Para entender a Mr Trump”, tituló su largo texto del 6 de marzo de 2017.

De la Fuente, que se auxilia de Shakespeare en Hamlet, para iniciar su alegato (“aunque todo es locura, no deja de haber método en ella”), advierte que unas semanas antes de su colaboración en El Universal, 35 psiquiatras y psicólogos reconocidos desafiaron el código de ética de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) al hacer pública su opinión sobre rasgos del carácter de Trump, a pesar de no ser su paciente y que ninguno lo había examinado directamente ni tenían su consentimiento.

En el mismo camino, el de la libertad de expresión, nuestro psiquiatra se cobijó en que el “narcisismo, con todo lo que implica, no constituye una categoría diagnóstica como tal. Son rasgos de carácter…”.

Su opinión coincide con la del psiquiatra Allen Duke en el sentido de que “sin conceder que haya una enfermedad mental propiamente dicha… Trump debe ser denunciado por su ignorancia, por su incompetencia, por su impulsividad y por sus tendencias dictatoriales”.

Su aportación personal es impecable y, además, puede aplicarse a cualquier lugar, incluso a México.

Juan Ramón se marchará a Nueva York convencido de que en un mundo cada día más difícil de entender, “cuando un líder sobrepasa sus propios límites, cuando persiste en la idea de que sólo él y los suyos son los únicos que tienen la razón, el método (y supongo que no lo hay) pasa a un segundo plano. Las consecuencias, que ya son graves, pueden llegar a ser catastróficas porque al menos la dimensión de las mentiras y las complicidades en los escenarios teatrales (como en Hamlet) se terminan, mientras en la vida real persisten, inciden en el ámbito personal y pueden ser letales”.

Antes, el 16 de diciembre de 2016, también en El Universal, se había preguntado con otros analistas: “¿Cómo puede haber llegado tan lejos alguien tan primario, tan burdo, como Trump?”

Como los análisis políticos fracasaron ante el entonces candidato republicano, De la Fuente recogió los centenares de análisis psicosociales, alguno de los cuales “tienen buen sustento”.

A partir de ellos escribió: “…coinciden en que Trump es un narcisista en toda su dimensión. Es decir, no sólo es un tipo egocéntrico, sino que realmente tiene un trastorno de la personalidad. De tal suerte, los rasgos que lo caracterizan pueden explicar, al menos en cierta medida, que sea percibido, por muchos, como un líder carismático, persuasivo, magnético, en tanto que otros tantos lo consideran un tipo impulsivo, impredecible y a veces hasta peligroso”.

En los periodos de transición, explica, surgen este tipo de personajes, “siempre audaces, capaces de impulsar grandes transformaciones sociales, pero también de engendrar ilusiones alejadas de la realidad, fantasías que acaban por convertir el desencanto en resentimiento y la frustración en coraje. Más que aceptación, lo que nutre a los narcisistas es la adulación, y cuando esta llega se sienten invencibles. Ese es su talón de Aquiles. Escuchan cada vez menos a quienes difieren de sus puntos de vista y acaban por ignorarlos… la moderación no es lo suyo. Tampoco lo son la tolerancia ni la aceptación de la crítica…”.

Sin duda, Trump ya leyó o le hicieron un resumen de sus textos, por lo que, imagino, la estancia del rector De la Fuente en la ONU no será un paseo por las nubes.

Recuerdo que en alguna ocasión hablamos de un texto mío en el que decía que debía gobernarnos porque, por psiquiatra, sólo él puede entender a este país de locos; no le agradó, pero ahora aceptó ir a lidiar con el inmenso poder de un ególatra que a base de tuits mantiene en vilo al mundo y a nuestro país.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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