No faltan los fundamentalistas que, absurdamente, aconsejan hacer vacío informativo a Andrés Manuel López Obrador, a sus voceros jurídicos y al brazo armado de Morena, el #yosoy132, la CNTE, el SME, los Atenco, etcétera.
Se trataría de cerrarle micrófonos, apagar las cámaras y limpiar las páginas de revistas y periódicos de sus declaraciones y fotografías.
Como si con eso se remediara el problema creado por el candidato de las izquierdas, que, mañosamente, a falta de pruebas para anular la elección ha incorporado el lavado de dinero como acusación extrema, involucrando a la PGR en un asunto que debería dirimirse sólo en el Trife.
En realidad, la estrategia mediática debe ser la contraria: Mientras más enterados estén los mexicanos de los pasos del señor López, más convencidos quedarán de que sólo se trata de un Mesías cuya lucha nada tiene que ver con la democracia y con las necesidades de quienes lo siguen, sino su enfermiza personalidad.
Es probable que Andrés Manuel no se percate del ridículo que comete, porque es indiscutible que se cree sus propias mentiras, sin embargo, en su entorno empiezan a desaparecer los personajes cuerdos, como le ocurrió en 2006.
Conforme a un psiquiatra, AMLO es, sin duda, portador de un trastorno severo de personalidad, entendiéndose este como un modo patológico de ser y comportarse.
Es omnipresente: Se pone de manifiesto en la mayor parte de las situaciones y contextos, y abarca un amplio rango de comportamientos, sentimientos y experiencias.
No es producto de una situación o acontecimiento vital concreto, sino que abarca la mayor parte del ciclo vital del individuo.
Dificulta la adquisición de nuevas habilidades y comportamientos, especialmente en el ámbito de las relaciones sociales: Perjudica el desarrollo del individuo.
Hace al individuo frágil y vulnerable ante situaciones nuevas que requieren cambios.
No se ajusta a lo que cabría esperar para ese individuo, teniendo en cuenta su contexto sociocultural.
Produce malestar y sufrimiento al individuo, o a quienes le rodean:
Provoca interferencias en diversos ámbitos (social, familiar, laboral, etcétera).
El malestar es, más bien, consecuencia de la no aceptación, por parte de los demás, del modo de ser del individuo, más que una característica intrínseca del trastorno: En general suelen ser egosintónicos (de acuerdo con el Yo).
Por lo antedicho, la conciencia de enfermedad o anomalía es escasa o inexistente.
En cambio, una personalidad sana responde a las siguientes características: Funcionamiento autónomo y competente en diferentes áreas de la vida. Habilidad para establecer relaciones interpersonales satisfactorias. Capacidad para conseguir metas propias, con el consiguiente sentimiento de satisfacción subjetiva.
De acuerdo al Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, de la Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos, AMLO reúne los perfiles del grupo de: Trastornos dramáticos, emocionales o erráticos; antisocial de la personalidad; límite de personalidad, Borderline; histriónico de la personalidad; narcisista de la personalidad; personalidad antisocial; personalidad límite o personalidad histriónica; personalidad narcisista.
Estos trastornos se caracterizan por un patrón penetrante de violación de las normas sociales, comportamiento impulsivo, emotividad excesiva y grandiosidad y mesianismo.
Presenta, con frecuencia, acting-out (exteriorización de sus rasgos), llevado a rabietas, comportamiento auto-abusivo y arranques de rabia. Mesianismo: Desde la óptica de la psicología, el mesianismo se afirma de la conducta peculiar basada en la convicción profunda de tener un papel capital en beneficio de la humanidad entera, es decir, de estar encargado de una misión concreta y, por lo tanto, presentarse a los demás como un Mesías.
Este comportamiento puede acompañar a un delirio profético caracterizado por sueños de “transformación radical de la realidad”; en esta última perspectiva se puede afirmar que ciertos líderes de movimientos armados que hicieron su aparición en América Latina durante la segunda mitad del presente siglo fueron vistos o se presentaron como “Mesías” que harían realidad la “nueva sociedad y la nueva historia”.
En la antropología cultural, el término Mesías se aplica a todo aquel fenómeno centrado en la exaltación de un profeta, o de un hombre- Dios sobrenatural, en cuyo poder y auxilio se cristalizan las esperanzas colectivas que se producen en algunas sociedades como respuesta a situaciones de crisis producidas por el impacto colonial cuando éste amenaza las tradiciones más arraigadas de la colectividad y su existencia misma.
