Cuidado con quienes atizan el fuego

Lo único que a nadie conviene es que la polarización nos conduzca a escenarios indeseables, pero pareciera que hay quienes insisten en que transitemos esos caminos peligrosos

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Lo ideal sería que la polarización a que nos está llevando el clima político no escale niveles mayores.

A falta de votos para impedir el mayoriteo de Morena, la diputación panista desplegó ayer en la Cámara de Diputados una enorme manta mostrando el montaje de una fotografía de Andrés Manuel López Obrador luciendo el uniforme de Hugo Chávez, mientras los legisladores parodiaban una consigna morenista: “¡Es un error tener un dictador!”.


Nada que asombre si recordamos los espectáculos que armaban los entonces diputados perredistas cuando eran oposición, muchos de ellos hoy militantes de Morena.

Recuerdo un libro de memorias de Carlos Navarrete, que luego sería dirigente nacional del PRD, en el que narraba que, para evitar la toma de posesión de Felipe Calderón, los legisladores del Sol Azteca bloquearon las puertas del salón de plenos amontonando curules sobre ellas, pero además algunos se armaron con bombas lacrimógenas. Gracias a que Javier González Garza los desarmó, no ocurrió una tragedia aquel primer día de diciembre de 2006.

Hoy la situación se está calentando más allá de lo normal, no obstante la contundencia del triunfo electoral de Andrés Manuel. O quizá por ella pues carece de contrapesos en el Congreso de la Unión.

Haciendo de lado a los fanáticos de siempre, incluidas las jaurías rabiosas de las redes sociales, y a quienes quieren lucirse ante el Presidente electo denunciando conspiraciones maquiavélicas inexistentes, es evidente que hay quien o quienes tratan que el tiempo que nos separa del cambio de régimen transite lo menos normal posible.

No hay manera de poner rostro y nombres a los atizadores del fuego, pero a cada acción del Presidente electo y de algunos sus más vistosos colaboradores empiezan a corresponder reacciones que amenazan con crecer. Y eso que ni siquiera ha empezado el sexenio.

Sólo a manera de ejercicio, imaginemos la recepción que se debe estar organizando para mostrar rechazo al mandatario venezolano Nicolás Maduro que vendrá a México a presenciar el inicio formal de la Cuarta Transformación, y la bienvenida que le ofrecerán en San Lázaro diputados y senadores panistas que no son pocos y aprendieron a hacer ruido. La ofensiva manta de ayer será un juego de niños.

También es de imaginar el espectáculo que en respuesta armará Gerardo Fernández Noroña, que no es diputado de Morena, pero que con John Ackerman y Yeidckol Polevnsky, integra el club de admiradores de Maduro.

Si los panistas y Fernández Noroña (sólo él, no necesita a nadie más) no se calman, el espectáculo será inolvidable.

Pero más allá de anécdotas, como la de quienes han llegado al extremo de lanzar retos en redes sociales de medición de testículos para que AMLO sepa qué tanto lo quieren los que dicen estar dispuestos a romperse la cara por él, importa guardar la serenidad, como recomienda el Presidente electo a quienes lo critican.

Ciudadanos, sean pirrurris o no, tienen derecho a ganar la calle en protesta de lo que no están de acuerdo; los legisladores, de cualquier color o ideologías (si estas aún existieran) tienen la tribuna para hacer oír su voz y el voto para tratar de impedir la aprobación de lo que creen irrazonable; los periodistas tenemos micrófonos y papel para informar, analizar o criticar, etcétera. Lo único que a nadie conviene es que la polarización nos conduzca a escenarios indeseables, pero pareciera que hay quienes insisten en que transitemos esos caminos peligrosos.

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