¿Cuál será nuestro destino? (5)

El país necesita cambiar de rumbo; salvo excepciones honrosas, las decisiones en el Congreso no están movidas por ideologías políticas sino por motivos crematísticos como lo atestiguan, vergonzosamente, la aprobación de las normas constitucionales en materia electoral y energética

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Parece existir un consenso generalizado: el país precisa cambiar de rumbo.

La inmensa mayoría de la sociedad está inconforme con la realidad imperante; cada día es más evidente el riesgo de un conflicto social de proporciones incalculables, cuyas primeras expresiones ya son evidentes.

¿Cuál es el camino? Constituir un régimen social de derecho, es decir, poner en marcha reformas en diferentes ámbitos de la vida política conducentes a crear instituciones capaces de dinamizar la economía, multiplicar el empleo, moderar la desigualdad, brindar seguridad a las personas y los patrimonios de las familias, dignificar la vida social.

¿Es posible instituir un gobierno democrático, con la fortaleza política y el respaldo social necesarios para concretar cambios trascendentes?

El primer escollo a vencer es la fragmentación política. A partir de 1997, el Ejecutivo federal no ha contado con la mayoría en el Congreso. Este hecho fue festinado como un triunfo de la democracia, pero en realidad fue el gran fracaso para la gobernabilidad. La experiencia de los gobiernos PRI-PAN-PRI durante 1997-2016 así lo acredita.

Esta situación se origina por la multiplicación de partidos respaldada con el argumento de dar cabida a la pluralidad de las ideas políticas. ¡Pamplinas! ¿Acaso Brasil es más democrático con la presencia de 26 partidos políticos registrados?

Expresado con llaneza: la atomización partidaria es simplemente la democratización del botín político mediante el trapicheo del voto parlamentario.

Salvo excepciones honrosas, las decisiones en el Congreso no están movidas por ideologías políticas sino por motivos crematísticos como lo atestiguan, vergonzosamente, la aprobación de las normas constitucionales en materia electoral y energética.

El Congreso está convertido en un oneroso mercado de votos movido por chantajes de toda laya, aceitado con cohechos generosos.

Opuestos a la reducción en el número de partidos, algunos amigos míos han enarbolado la idea de procurar “gobiernos de coalición” como fórmula encaminada a las alianzas entre partidos para constituir gobiernos con el respaldo de una mayoría parlamentaria. Esa fue la inspiración del Pacto por México, cuyos resultados desastrosos estamos padeciendo.

Empero no fue un fracaso aislado. Desde hace varios años se han armado coaliciones electorales para competir en los comicios estatales con resultados igualmente frustrantes.

Al final de cuentas derivan en simples composiciones electoreras inspiradas en el propósito de acceder al poder -y sus privilegios- a costa del sacrificio de todo vestigio ideológico. ¡El imperio de la desvergüenza!

Otra opción puede ser la reinstauración de la cláusula de gobernabilidad, pero ha sido repudiada; se privilegia la segunda vuelta electoral, pero no asegura la mayoría legislativa.

“En el mundo de la globalidad, las ideologías son un estorbo” espetó con ligereza insospechada un académico en alguna entrevista televisiva. Quienes respaldan tal posición están proclamando la tiranía del pensamiento único, son los adláteres de la sumisión voluntaria. Sin ideología, las contiendas carecen de sustancia y los gobiernos de legitimidad.

Descartada definitivamente toda opción golpista, es imposible instaurar un gobierno lo suficientemente fuerte sin el respaldo de una mayoría legislativa.

Para ello, como primer paso es fundamental comenzar por reducir las opciones partidistas mediante el aumento al 5% la proporción mínima de votación nacional para preservar el registro. Quedarían sometidos a un plebiscito trianual.

En segundo lugar será preciso abatir la excesiva judicialización comicial e implantar autoridades electorales nacionales. ¡No hay en el mundo un catálogo normativo y un aparato electoral de dimensiones análogas a las mexicanas!

Bajo la inspiración del modelo estadounidense, parece incontenible el avance de la democracia como negocio publicitario.

Durante todo el año, la publicidad electoral está en las pantallas televisivas y en la radio. Si bien, el financiamiento a los partidos y a las campañas debe provenir del presupuesto gubernamental, es preciso acotar severamente los gastos en los medios electrónicos como ocurre en muchas democracias maduras.

Son una vergüenza las campañas políticas. Para corregirlas es preciso obligar a los partidos políticos a abandonar su condición de refugio de manipuladores comiciales y constituirse en escuelas de formación política de los militantes. ¡En lugar de limosneros electorales deberán germinar ciudadanos!

¿Con todas estas medidas llegaremos a tener mejores gobernantes? (Continuará)

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