¿Cuál será nuestro destino? (1)

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Tres son las características fundamentales de la nueva modernidad mexicana: La globalización, la implantación de la democracia y el repudio al Estado. ¿Ese trípode ideológico asegura el advenimiento de una sociedad más próspera, más equitativa  y mejor gobernada?

Cuando el Consenso de Washington fue postulado, sus adherentes ideológicos se apresuraron a lanzar todo género de elogios a los autores de tan imaginativa fórmula para la felicidad universal, al extremo de pronosticar el Fin de la Historia, como lo anunció Francis Fukuyama. Las guerras comerciales quedarían sepultadas porque habría libre movilidad de mercancías e inversión: Los pueblos elegirían libremente a sus gobernantes y los regímenes autoritarios quedarían marginados por la comunidad internacional; los gobiernos serían empequeñecidos, al extremo de minimizar a los estorbosos cobradores de impuestos en escala apenas suficiente para contratar policías.

¿Fueron venturosas las décadas recientes, dominadas por el imperio de la democracia privatizadora? Globalmente hay una saldo irrefutable: Durante 46 años (1934-1982), bajo gobiernos autoritarios, irrespetuosos de las prácticas democráticas, entrometidos en la producción y las finanzas; intimidantes de los derechos humanos, rigurosos observantes de los valores nacionales y devotos del nacionalismo, la economía mexicana creció a un ritmo anual medio superior al 6%, lo que le permitió escalar hasta el octavo lugar mundial en la medición del tamaño de las economías. Era una sociedad respetuosa de los símbolos nacionales; el titular del Ejecutivo recibía el tratamiento de “Señor Presidente” y todos los gobernadores eran obligados a actuar como colaboradores del Ejecutivo federal.  El tamaño de la economía se multiplicó por 17 y el “milagro” mexicano fue mundialmente reconocido. Las dos caras de una “dictadura perfecta”: Progreso económico y derechos individuales acotados.

Cuando comenzaron a arribar al poder los miembros prominentes de la nueva generación de jóvenes educados en las universidades de habla inglesa, el rumbo de país cambió. Se cumplía el negro presagio de Lansing: Gobernarían al país con apego a los valores impregnados, en su conciencia, en los claustros universitarios estadounidenses. Bajo la dirección de “los norteamericanos nacidos en México”, durante 33 años, la economía ha quedado pasmada en un crecimiento mediocre y relegada al lugar 15 a nivel mundial… y cayendo. El gobierno vendió todos sus activos productivos, pero el número de hambrientos es mayor; han surgido nuevos billonarios, pero la pobreza de la gente es una realidad inocultable; se instaló la filosofía del desdén a los valores nacionales; se implantaron prácticas electorales muy costosas, montadas en el chantaje político, cuyo saldo son gobernantes corruptos e ineptos; el respeto a los derechos humanos es cuestionado universalmente y el desprecio social hacia las autoridades es enfermizo. Incapaces de controlar la inseguridad y el desorden político, los gobernadores y los secretarios carecen de autoridad moral; abrumados por sus temores a ejercer el poder político conferido por las leyes, son ineptos para operar los mecanismos institucionales de conciliación social. El temor a imponer la vigencia del Estado de derecho ha derivado en un saldo de sangre sin precedente desde la Guerra Cristera; ha convertido al territorio nacional en un gigantesco cementerio clandestino.

¿Es un asunto de partidos políticos? No lo creo; salvo excepciones muy contadas de algunos personajes, todos han probado estar cortados con la misma tijera; fueron criados con el mismo biberón. El poder los iguala; los hace semejantes. Surgida de la voluntad popular, erigida en litigantes-practicantes de la corrupción, la clase gobernante de cualquier signo se muestra soberbia, prepotente, indiferente ante la realidad social, siempre dispuesta a intercambiar sus principios por monedas. No hay ideología; sólo negocios,

¿Y el patriotismo? La globalización ha sido implantada como extranjerización tanto en el lenguaje como en la cultura.  Es una actitud colectiva sembrada por los grupos afluentes de la sociedad y  propagada por los medios.  Desde hace varios lustros, los conceptos relacionados con la Patria fueron descartados en la escala de valores de la educación en México, al extremo de haber sido excluidos del debate político y eliminados de la conversación cotidiana. La juventud de hoy tiene conocimientos muy precarios sobre la historia de su país, y francamente nulos en materia de civismo. Sólo reconoce a ídolos de la farándula y del deporte profesional; su ambición es tener un “Jaguar”, vestir “fashion” y asistir a “pretty parties”. (Continuará)

 

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