¿Con qué sorprenderá Meade el domingo?

¿Qué podría revelar sobre sus competidores por la Presidencia? ¿Qué pronunciamiento podría hacer como para que las cúpulas priísta y gubernamental den a segundo debate un significado mayúsculo?

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Por alguna razón hay consenso en que el debate dominical del INE a realizarse en Tijuana, en horario de infierno para la prensa de la Ciudad de México, será definitivo en la candidatura de José Antonio Meade.

¿Qué podría revelar sobre sus competidores por la Presidencia? ¿Qué pronunciamiento podría hacer como para que las cúpulas priísta y gubernamental den a esa fecha un significado mayúsculo?

¿Poner distancia con el Presidente Peña Nieto?

Por razones morales y pragmáticas no ocurrirá, no al menos en los términos en que lo usarían quienes lo azuzan constantemente para que incurra en traición.

Este vocablo no existe en su diccionario y en su contextura moral; además, es evidente la lealtad que guarda a quien fue su jefe; además, apostar por el rompimiento con el Mandatario sería caer en una trampa tan obvia, insultante, que sólo los ciegos no verían.

Si ocurriera, la reacción inmediata de la opinocracia y de sus contrarios sería en sentido inverso al buscado por los estrategas: Antes que aplaudirle lo acusarían de traición, pero, además, para magnificar la anécdota ocurriría que éstos se mostrarían sorprendentemente solidarios con el Presidente, le abonarían unos puntos a su popularidad alicaída y, en cambio, mermarían los del candidato priista.

La cierta distancia con el gobierno al que sirvió en tres carteras ha sido fina y, por eso, ha pasado inadvertida por quienes gustan del tremendismo. Ha dicho no ser el candidato de la continuidad y mencionó que existía Meade antes de Peña Nieto, y lo habrá después. No son palabras que sirvan para titulares de prensa, pero ahí están para quien sepa leer.

¿Qué podría llevar Meade, en la alforja, al debate de Tijuana a sabiendas de que podría ser su último enfrentamiento con todos sus contrincantes (Margarita Zavala ya no estará) porque es muy posible que Andrés Manuel López Obrador rehúya el último pretextando que no es obligatorio?

¿Serán los elementos que existen, como en el gobierno me dicen, para probar con solidez la supuesta participación de Ricardo Anaya en el lavado de dinero de Manuel Barreiro?

Lo dudo porque los estrategas aseguran que en cada ocasión que la autoridad dio un avance sobre el tema, el beneficiario fue López Obrador; de tal suerte, si el domingo el PRI echara su resto, quizás quitaría de en medio a Anaya bajo el supuesto de que las pruebas existan, pero afianzaría en el liderato de la contienda al candidato de Morena.

La esperanza radica, en todo caso, en el cambio radical observado en Meade a partir de que se calzó la chamarra roja con el pretexto del relanzamiento de su campaña en el evento organizado para celebrar la incorporación de René Juárez a la presidencia del PRI. El domingo sería aún más notoria la transformación.

Existe la confianza de que, en el debate, José Antonio apabullará a sus competidores con el dominio de los temas a tratar y por su nuevo estilo para enfrentar ese tipo de eventos y que a partir de ese momento empezará la verdadera contienda.

Por ahora, aunque no ha logrado salir del tercer lugar en que lo han sumido las encuestas y sus equipos de campaña, sus seguidores advierten que mientras él ha empezado a levantar poco a poco, pero sostenidamente, Anaya permanece estancado y López Obrador, que ha llegado a su tope histórico, empezará, necesariamente, a bajar.

Eso calculan y el tiempo dirá si tienen razón, pero por lo pronto, además de traer en la espalda la carga de salvar al país y a las instituciones del riesgo que significa López Obrador, según reza la propaganda priísta, Meade tiene que soportar la presión de un sinnúmero de personajes desesperados porque su futuro depende de su triunfo o derrota.

Ignoro si ha registrado el malestar de muchos que, si pudieran, estarían dispuestos a protagonizar el más grotesco de los espectáculos, el de las ratas abandonado el barco.

Hay algunos de sus antiguos compañeros de alto rango en la administración pública convencidos, de antemano, de que su nave no llegará a puerto. Son los mismos que apenas unos meses atrás le buscaban la cara, se atravesaban en su camino con cualquier pretexto y le prometían lealtad eterna.

Hoy, si te vi, no me acuerdo, pero cuando lo hacen es para comentar lo mal que va, según dicen. Las palabras que he escuchado es que “están echados para atrás”.

Es una práctica nada novedosa en política, pero para una persona de su contextura moral debe ser una experiencia traumática observarlos haciendo maromas para subirse a las lanchas salvavidas sin que el jefe de todos se entere o tendiendo puentes para que, llegado el momento, les sean perdonadas sus culpas por quien sea el nuevo inquilino de Los Pinos si el candidato priísta pierde.

En contraste están quienes juegan decididamente con Meade, sin embargo, por razón natural se notan más los que si no mueven un dedo en contra, o no han dado el paso para llegar al Jordán y ser redimidos de sus pecados, se mantienen inmóviles para que, en un futuro inmediato, nadie los pueda acusar de haber auxiliado al candidato priísta.

Tienen pretexto; aseguran que no levanta con nada, no hace una declaración que impacte y no encabeza eventos apabullantes que recordar; si el gobierno hace un movimiento (como la PGR contra Anaya), el beneficiario es Andrés Manuel López Obrador, etcétera.

Le conceden, al menos, que ha cambiado en alto porcentaje, pero argumentan que la transformación es insuficiente, pues no se refleja en las encuestas (la mayoría elaboradas al gusto del cliente) ni en las páginas de los diarios o en los mejores tiempos de los medios electrónicos, pues los magnates de la prensa, fieles a su naturaleza, cuidan sus intereses y se dejan conducir por donde el viento mueve a la veleta.

Es curioso, pero en el entorno más íntimo de Meade, la percepción es un tanto diferente. En poco o en nada ha recibido auxilio de quienes en su momento lo abrazaban y felicitaban diciéndole que su candidatura fue lo mejor que pudo pasar a un partido manchado por la corrupción; que contaría con ellos hasta el final y que no los olvidara en un futuro que vislumbraban glorioso.

No acostumbrado a estas cosas, el desengaño podría resultar doloroso para el candidato del PRI, pero no es así; ahora sabe que su buque puede soltar las lanchas salvavidas para que las ratas se salven con su propio esfuerzo y dejen de colgarse a las faldas de su camisa, en especial quienes tienen el rabo largo y maloliente.

Meade debe sentirse afortunado de haber descubierto a tiempo, cuando aún le es posible ganar, que con la excepción de quien le confió la misión de salvar al PRI (y puso en sus manos su integridad personal y su futuro inmediato,) y la de dos o tres amigos leales que aún le quedan en la administración, el resto le mostró su verdadero rostro.

Queda poco para el desenlace, así que no hay tiempo para la decepción ni los reclamos; ya le sobrará si logra convencer a los indecisos y las huestes de René Juárez mueven a la estructura partidista.

Por ahora basta con sacar el lápiz y elaborar la lista de quienes dudaron, por aquello de que la memoria falle.

La oportunidad de restregarles la traición la tendrá, en Tijuana, el domingo próximo, en el segundo debate del INE.

Aunque quizás sea la última si, como es consenso, no desperdicia la fecha y se levanta con el triunfo. Si lo consigue se habrá incorporado a la madre de todas las batallas y hasta podría presenciar un espectáculo más grotesco aún, el regreso de las ratas a bordo.

 

 

 

 

 

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