Colosio, el muchacho que nos dejó huérfanos

Orfandad la sufrió, y sufre, el país que nada cambió en el último cuarto de siglo y que ahora guarda alguna esperanza de dejar de ser, al menos un poco, aquel que veía a días de dirigirse a Lomas Taurinas a encontrarse con un destino que no merecía

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Recuerdo estar en la silenciosa redacción de IMPACTO con Rafa Reséndiz cuando sonó el teléfono. Era doña Clemen, que, llorando, me espetó, sin saludo de por medio: “Hijo, este muchacho nos dejó huérfanos”.
En su modesta casa de Puebla minutos antes había escuchado a Liébano Sáenz confirmar a Jacobo Zabludovsky lo que temíamos.
Luis Donaldo había muerto en Tijuana a causa de los disparos de Mario Aburto. Después leí en un libro del entonces secretario de prensa y propaganda del PRI sobre aquellas trágicas horas que una llamada telefónica mía le había permitido eludir, por minutos, al periodista estelar de Televisa.
Este sábado se cumple un cuarto de siglo de que Colosio cayera en Lomas Taurinas, ejecutado por un asesino solitario, conforme a la versión oficial, pero probablemente víctima de un complot, como sospecha aún quien fuera su secretario particular, el ahora secretario de Seguridad Pública de Andrés Manuel López Obrador y ex secretario particular de Vicente Fox, Alfonso Durazo.
Un cuarto de siglo ha pasado y el México que Luis Donaldo veía antes de morir sigue tan igual que entonces y sin asomo de mejorar, así pase la Cuarta o cuantas transformaciones vengan.
Para no variar, con pretexto de la dolorosa efeméride su nombre será usado para todo tipo de politiquería, incluso, es previsible que, para dar pie a una parrafada de López Obrador en la conferencia de prensa mañanera, como ya ocurrió, algún oportunista use uno de sus discursos, muy en especial el que pronunció en el aniversario del PRI y que ha sido utilizado para sostener el supuesto rompimiento con Carlos Salinas. Por fortuna, el sábado, el Presidente no hablará a la ciudad y al mundo.
Eso sí, no faltarán los que pongan en boca de Pelo Chino conceptos o quejas que nunca le escucharon porque quienes lo conocieron saben de su parquedad y desconfianza. Mucho de lo que muchos dicen haberle escuchado nunca lo dijo y, como ya no está, no tiene manera de desmentirlos.
Prefiero recordarlo de manera nada banal. Conociéndolo con Orlando Arvizu en el vapor de la Santa María al que acudían don Javier García Paniagua y don Jorge Rojo Lugo, o mostrándome el camino al hielo en la casa de San Ángel que todavía no habitaba del todo con Diana Laura. Esa noche agotó, a su manera, su capacidad de humildad en un largo encuentro a solas, bañado con malta fermentada de cereales. Si quería un whisky, o cuantos se me antojaran, que fueron incontables, tendría que ir yo por el agua solidificada porque él se negaba a dar un paso más.
O, ya presidente del PRI, llegando de sorpresa con Orlando, y mejor acompañado aún al bar del Lar Gallego, hoy Taberna del Patrón, a celebrar con sus amigos el Día de San Juan.
¿Cómo olvidarlo silenciando al mariachi para alterar la letra de la canción y cantar que andaba en busca de un día grande para morir por la polla que más quería? “Me gusta el 2 de julio y ayer fue día primero”, entonó afinado y muy emocionado, moviendo los brazos en un ademán similar al que luego haría famoso a Humberto Roque Villanueva.
Estaba seguro de ganar, pero, en esa fecha, Margarita Ortega perdería la elección a gobernadora de Baja California y, por la noche, Zabludovsky acuñaría la frase que dolió a Luis Donaldo hasta su muerte: “Pierde el PRI; gana México”.
Sí, prefiero recordarlo cediendo al ruego de su amigo que lo chantajeaba con la publicación de una columna que, según yo, delataría con anticipación su candidatura presidencial sobre Manuel Camacho. Resultado de la extorsión fue que, poco después, Rafa Reséndiz, que había sido su Oficial Mayor en Sedesol, y Liébano, que lo sucedió, acudieron a El Grullo a anunciar que sus calles serían pavimentadas por instrucciones de Luis Donaldo, como ocurrió. Mi amigo Carlos Rivera Aceves, que gobernaba Jalisco, tuvo que apechugar una merma en el presupuesto de Guadalajara, pero lo que era irrelevante para la capital tapatía detonó el crecimiento del pueblo del zacate grullo, la tierra de donde emigramos los Orozco.
Hay mucho para tenerlo presente. Por ejemplo, releyendo la carta en que disputó con Emilio “El Tigre” Azcárraga el apoyo de mi compa Rafa o las charlas sobre todo y todos, sin límite de tiempo y de nada, en la mesa de a quien consideraba como su “conciencia” porque era el único en atreverse a decirle las cosas como eran o como las veía.
Lástima que mi compadre no guardó las grandes hojas amarillas en las que el candidato barajaba nombres y nombres. Es probable que yo esté mal informado y quizás aún existan y estén a buen recaudo para no desinflar a unos o crecer el ego de otros. Ha pasado un cuarto de siglo y, la verdad, no sé.
O recordarlo en Guadalajara, ya sin don Pancho Galindo Ochoa ni Cesáreo Morales, en los jardines del hotel Camino Real, platicando brevemente, a pocos días de ser abatido en Tijuana, de su desazón por el activismo, sin freno, de Camacho. “¿Quihubo, Cabrón?”, fue el saludo. La despedida, la última, igual de cariñosa. “¡Nos vemos, cabrón”! Ya no lo dejaron cumplir; nunca más nos vimos.
Tengo mucho para y por qué recordarlo, pero como no está para desmentirme prefiero alimentar la tristeza con el lamento de doña Clemen: “Este muchacho nos dejó huérfanos”.
Sí, la orfandad la sufrió, y sufre, el país que nada cambió en el último cuarto de siglo y que ahora guarda alguna esperanza de dejar de ser, al menos un poco, aquel que veía a días de dirigirse a Lomas Taurinas a encontrarse con un destino que no merecía.

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