Claudia Ruiz Massieu Salinas y las dinastías políticas

La señora Ruiz Massieu llega al segundo puesto en importancia en el PRI, sólo abajo del líder nacional

Compartir:

Por esas cosas del destino, Claudia Ruiz Massieu ya ocupa la oficina del PRI que fue de su padre, José Francisco Ruiz Massieu, asesinado a las 9:30 del 28 de septiembre de 1994 en su vehículo, frente al hotel Casablanca, ubicado al lado del edificio que con el tiempo se convertiría en sede de la CNOP.

La señora Ruiz Massieu llega al segundo puesto en importancia en el PRI, sólo abajo del líder nacional, Enrique Ochoa Reza, en tiempos de emergencia, después de haber tenido a su cargo la Secretaría de Relaciones Exteriores, en la que no mostró dotes para enfrentar una circunstancia traumática, como lo es la embestida que el nuevo Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha emprendido contra México.

El Presidente Peña Nieto consideró relevarla con Luis Videgaray, quizás el funcionario mejor dotado de los colaboradores presidenciales, que, a su vez, había salido de Hacienda para calmar la sed de sangre del público que abarrota el circo de la política después de haber invitado a Trump, entonces sólo candidato, a dialogar, en Los Pinos, con el mandatario mexicano.

Hoy, doña Claudia tendrá que demostrar que no sólo es producto de sus apellidos, Ruiz Massieu y Salinas, porque siendo hija de Adriana, hermana de Carlos Salinas, es sobrina del ex Presidente.

Ser Secretaria General del PRI en vísperas de las elecciones en el Estado de México, Coahuila y Nayarit no es un obsequio de despedida, un regalo o la satisfacción de la petición de un tío influyente. No. Es cargar sobre la espalda una de las responsabilidades más graves del último tercio del sexenio: Mantener al PRI en el poder.

José Francisco, su padre, estaba llamado a cosas mayores. Cuando fue asesinado ya era líder “virtual” de los diputados de la primera Legislatura de lo que sería el gobierno de Ernesto Zedillo; aspiraba a ser después secretario de Gobernación y luego candidato del PRI.

Es probable que por estas justas ambiciones, ya declaradas desde que apenas se disponía a encabezar la Legislatura, fuese asesinado.

Sin duda, otra habría sido la historia si José Francisco, y no Francisco Labastida, hubiese sido el candidato presidencial del PRI en el 2000. Vicente Fox no la habría tenido tan fácil. Ruiz Massieu era un intelectual que debatía con ideas, pero también podía ser mano dura, como lo demostró al disolver a un grupo que pretendía tomar el aeropuerto de Acapulco cuando gobernaba Guerrero. El candidato del PAN habría encontrado respuesta inteligente y viril a todas sus bravatas.

El hubiera no existe, pero quizás el PRI no habría perdido la Presidencia por más que Zedillo se hubiese comprometido a la alternancia con Bill Clinton.

Pero esto es historia vieja; la nueva la está escribiendo su hija Claudia.

Por lo pronto se espera de ella que tenga más tamaños que su antecesora, Carolina Monroy, que ella sí llego a ese puesto más por su apellido que por méritos para hacer política en esos niveles.

Demostró su inexperiencia cuando creyó que sucedería, en automático, a Manlio Fabio Beltrones después de su renuncia pública mediante un discurso a la Presidencia del CEN del PRI.

Ni siquiera esperó a que Beltrones renunciara por escrito; apenas lo escuchó emitió un boletín asegurando que la decisión, que no era suya, era irrevocable y se mudó a la oficina del sonorense con todo y el Árbol de la Vida que adornaba su oficina de Secretaria General y con su propia jefa de prensa, una figura inexistente en el organigrama del PRI. Cuando arribó Ochoa Reza, ambas regresaron con todo y Árbol de la Vida a la oficina que abandonó ayer de manera definitiva.

Quería ser candidata del PRI a gobernadora del Estado de México y no pudo; al final, su relación con el líder nacional fue irreconciliable, y si no la alojaron en el DIF fue porque se comportó de la misma manera en que ocupó la oficina de Beltrones. Lo festinó anticipadamente.

Claudia tendrá que demostrar que llegó a Secretaria General por méritos propios y no por cuestiones dinásticas o por compromisos por cumplir del Presidente Peña Nieto. Ochoa Reza necesita más ayuda de la que se permite reconocer. No llegó a adornar la oficina, sino a trabajar para evitar que el Presidente sufra la pena de entregar Los Pinos a otro partido político o a un independiente.

Compartir: