Camino a la utopía

Las utopías se acumulan; se trata de moldear la realidad a la fantasía; así llegó Santa Lucía como opción, el perdón como solución a la inseguridad, la honradez de AMLO que hará desaparecer la corrupción, visas de trabajo a centroamericanos, servicios de salud como en Inglaterra y Dinamarca, y la historia sigue ad infinitum

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La utopía habita en el deseo, en la fantasía y la esperanza, no en la realidad, no en el demonio de los detalles del día a día o en los infiernos de la injusticia.

Al inicio de cada sexenio, el presidente electo recibe el bautismo de esa gélida realidad, prisionera del presupuesto y de la maquinaria de corrupción imparable, herencia del anterior, que, seis años atrás, él también recibió.


Vicente Fox lo señaló, en su estilo rupestre, a inicios del 2001: “Te encuentras con gran presupuesto, pero al restarle los sueldos, jubilaciones, enormes gastos en salud, educación, seguridad, etcétera, no te queda nada”.

Felipe Calderón dijo en Estados Unidos que la oposición era el cielo, y el gobierno el infierno. Enrique Peña Nieto depositó al PRI en la morgue y al país en el peor ranking de corrupción de los últimos sexenios.

Utopía es pensar en el perdón como solución a la inseguridad, en que la virtud del líder es suficiente ejemplo para desaparecer la corrupción entre sus fieles.

Utópico es creer que la bondad de los ciudadanos los hará cumplir con sus obligaciones fiscales, y que la sabiduría del pueblo lo ayudará a gobernar, cuando este lo único que desea es soluciones efectivas y rápidas a sus problemas.

Hay ingenuidades que dan miedo; la de Andrés Manuel López Obrador es de estas, si en verdad teje utopías en ese telar y no se trata de una perversión política rumbo al poder absoluto.

“Es un cabrón”, dice Gustavo Madero en una conferencia de prensa convocada para criticar la consulta del nuevo aeropuerto rodeado de senadores panistas, una palabra que está muy alejada de definirlo.

La utopía se alimenta del autoengaño.

Desestimar los grandes negativos de la base aérea militar de Santa Lucía como aeropuerto alterno al de la CDMX y al de Toluca, en pro de una solución idealizada al interior de su equipo, nutrida con medias verdades, nos meterá en muchos problemas.

La realidad adaptada a la quimera.

Escucho al presidente electo con una nueva tesis del sueño mexicano, metáfora del sueño norteamericano de los migrantes: “Nosotros, a partir del 1 de diciembre, vamos a dar trabajo, empleo, a centroamericanos. Es un plan que tenemos, que el que quiera trabajar en México va a tener una visa de trabajo no sólo con deportaciones, sino dando opciones, dando alternativas… lo ideal es que nadie se vea obligado a migrar y los que se ven obligados a dejar sus pueblos que tengan oportunidades de trabajo en México”.

Utópico pensar que el destino final de los migrantes es México. Basta recordar la ilusoria propuesta del gabinete de Peña Nieto y de Claudia Ruiz Massieu, titular de Relaciones Exteriores, al ofrecer a los “dreamers” de padres mexicanos un retorno rosa a la patria de origen cultural en el pánico de la victoria de Donald Trump.

NO queremos vivir en México”, respondieron los dreamers enfáticos. De igual forma, la migración centroamericana apunta arriba del Río Bravo; tal vez tengan una estancia transitoria en nuestro país, pero con el enorme déficit laboral continuarán la marcha. Por eso Trump quiso detener la caravana de 2 mil hondureños.

Y para terminar el día de utopías, en Tamaulipas, y ante un desconcertado gobernador Francisco García Cabeza de Vaca, Andrés Manuel prometió servicios de salud, en México, de primer mundo, como en Inglaterra, Dinamarca y Suecia, pero NO se vaya con la finta; el objetivo es arrebatar a los gobernadores los servicios de salud de los estados y centralizarlos para debilitarlos, algo así como la estrategia contra el Poder Judicial, pero ahora contra la autonomía de los estados. Mañana será otra utopía; la historia sigue ad infinitum.

 

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