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Tanda final de relevos en el gabinete presidencial, a la par del último año del sexenio

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En los recientes 100 años mexicanos, es la novena ocasión en que se designa a un titular de la Secretaría de Gobernación para el sexto año sexenal

Llegó el último año del sexenio y, con ello, la última tanda de relevos en el gabinete presidencial. Desde luego, suponiendo que ésta fuera la última, que no podríamos asegurarlo.

 

En los recientes 100 años mexicanos, ésta es la novena ocasión en que se designa a un secretario de Gobernación para el sexto año sexenal. Ellas han obedecido a diversas causas y motivaciones. En seis relevos, el origen se debió a que la candidatura presidencial recayó en el titular de la Secretaría de Gobernación y tuvo que separarse del Palacio de Cobián.

El primero fue el caso de Romeo Ortega, quien, en 1923-24, sucedió a Plutarco Elías Calles. De allí no sucedería hasta 1945-46, cuando Primo Villa Michel ocupó la vacancia que dejara Miguel Alemán Valdés. Después de ello, en el sexenio inmediato, Ernesto P. Uruchurtu dirigió Gobernación ante la candidatura de Adolfo Ruiz Cortines; Luis Echeverría ante la candidatura de Gustavo Díaz Ordaz y Mario Moya Palencia ante la postulación de Luis Echeverría. De ese 1970 nos vamos hasta el 1999-2000, cuando Diódoro Carrasco sucedió a Francisco Labastida con motivo de su candidatura.

Esa media docena tuvo, desde luego, signos diversos. Ortega, Villa Michel y Carrasco fueron secretarios-de-cierre-de-sexenio, muy identificados con el presidente terminal y depositarios de toda su confianza, pero Uruchurtu, Echeverría y Moya Palencia gozaban, plenamente, de la confianza del inminente futuro presidente. En palabras llanas, fueron emisarios del futuro.

Además de esos seis relevos por candidatura presidencial tenemos la muy reciente, por una candidatura senatorial, que, seguramente, recaerá en Miguel Ángel Osorio Chong. Otra fue por el trágico deceso de Francisco Blake, sucedido por Alejandro Poiré Romero. Y una más se debió al despido de Patrocinio González Blanco, quien recibió el enojo de Carlos Salinas de Gortari por el levantamiento zapatista en Chiapas.

Independientemente de los relevos, lo cierto es que, en muchas ocasiones, el sexto año del sexenio ha sido particularmente complicado para la política mexicana. Más aun, en algunos casos ha sido riesgoso y hasta peligroso.

Me han narrado las dificultades que enfrentó el gobierno en el 1958. Amago o estallamiento de huelgas muy graves, entre ellas la magisterial, la ferrocarrilera y la petrolera. En algunos casos concluyeron con el encarcelamiento de los líderes sindicales y la toma de calles, en señal de protesta, así como la amenaza de ingobernabilidad. Es decir, algo mucho más grave que la mera controversia laboral, ya de suyo grave. El presidente Ruiz Cortines asumió, directamente, la operación del conflicto y, en mucho, pudo resolverlo o conjurarlo, pero no dejó de ser un año riesgoso.

De allí, 18 años después llegamos al 1976. El ambiente político estaba muy enrarecido. Rumores de golpe de Estado. Premoniciones de conclusión de la normalidad constitucional. Ruptura de 22 años continuos de estabilidad monetaria. Desorden presupuestario. Indiferencia electoral. Sin embargo, el gran derrotado en la contienda presidencial, Mario Moya Palencia, operó con inteligencia, con serenidad y con patriotismo. México libró el año de peligro.

Sin embargo, eso fue dulce en comparación con el último año de José López Portillo. Suspensión internacional de pagos. Reservas monetarias inexistentes. Devaluación del 300 por ciento. Expropiación bancaria. Control de cambios. Pérdida del control presidencial. Enfurecimiento social. Frivolidad irrefrenada. Creo que Enrique Olivares Santana ayudó a que no sucediera algo peor.

Para no variar, el 1988 fue del mismo tenor de riesgo. Inflación insólita. “Caída del sistema”. Impugnación electoral. Final de un sexenio muy malhadado por las desgracias y por las herencias. Siempre he laudado la valiosa aportación de Miguel de la Madrid y no regateo los méritos del último año de Manuel Bartlett. También fue el gran derrotado, pero asumió bien su final de encargo y ello le habría de valer un lugar en el futuro gabinete y la gubernatura de su estado.

Como cuarto “telonazo” al hilo llegamos al catastrófico 1994. Levantamiento en Chiapas. Berrinches de Manuel Camacho. Magnicidio de Luis Donaldo Colosio. Asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. Posibilidad de suspensión de garantías y debilitamiento de la imagen presidencial y de la autoridad gubernamental.

Jorge Carpizo asumió la Secretaría de Gobernación en ese año, y eso fue providencial. Su prestigio personal, su autoridad moral y su operación política fueron una gran aportación para preservar la normalidad mexicana.

Este año se pronostica muy difícil y de secuelas muy impredecibles para los años inmediatos futuros. El enojo social no se apacigua y se apoya en dos bases irrefutables: La inseguridad y la corrupción, ambas atribuidas al contaminante factor generatriz de la impunidad.

Las campañas electorales están siendo, y proseguirán, plenamente escatológicas. Todos los candidatos quedarán batidos hasta el copete. El próximo presidente tendrá que pasar por un procedimiento de asepsia política de un par de años para que se medio olvide todo lo que se habrá dicho de él en este 2018.

Además, no ganará con mayoría absoluta, sino con menos de la mitad de los votos. Después de la elección sólo quedarán dos partidos. Los que están con el gobierno y los que están en contra de él, y éstos serán la mayoría por cuarta ocasión consecutiva.

Un bálsamo es contar con la presencia de Alfonso Navarrete Prida. He creído, y lo he dicho públicamente, que él debió ser el secretario de Gobernación de todo el sexenio. Conoce de política, de seguridad, de leyes, de lealtades y de valores. Otra hubiera sido la suerte de este sexenio si mis premoniciones hubieren sido acertadas, pero yo me equivoqué. Y creo que Enrique Peña Nieto también. Quizá algún día, en el futuro, me atreva a platicarlo con él.  Quizá, como decía el ranchero que araba, no voltearé para atrás para que no se me enchueque el surco.

 

 

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