"El único que puede derrotar al PRI en el 2006 es el propio PRI", pregonaba Roberto Madrazo en noviembre de 2005, justo cuando mantenía un brutal choque con Elba Esther Gordillo.
Eran meses previos a la elección del 2006 y, al interior del partido, muchos se colocaban salvavidas de distintos colores. El barco encallaba, lentamente, desde el 2000 (“ya no hay dedo, se acabó cuando perdimos la Presidencia”, habría dicho, con encogido sarcasmo, el perdedor, Francisco Labastida) y se avizoraba un motín sobre cubierta.
''Día tras día hemos derrotado a los profetas de nuestra destrucción'', señalaba Madrazo tras recibir la constancia como candidato presidencial, refiriéndose a la maestra y, seguramente, a quienes desde el TUCOM (Todos Unidos contra Madrazo) intentaron evitar su postulación.
Semanas después, Elba Esther le dedicaba una premonición personal: “De mi cuenta corre que nunca serás Presidente (de la República)”.
¿Quién recogería los tablones, enderezaría el mástil, reconstruiría el timón, volvería a levar anclas?
En una geopolítica nacional distinta a la del 2000 y 2006, el PRI se apresta a regresar a Los Pinos y a Palacio Nacional, sus antiguas residencias en donde nunca dejaron de rondar los recuerdos de sus ancestros y aun deambulan las ánimas de varias de sus generaciones.
Hace dos sexenios quedaron 70 años para la historia. Las llaves del país pasaron a manos de Vicente Fox. Siete décadas de gobierno suficientes para llevar al adulto mayor ante el geriatra.
La alternancia no fue indigna ni injusta; fue necesaria. Los pleitos “entre familia” comenzaron, en el PRI, a marcarse abruptamente dos años antes del salinismo.
Como en todos los partidos políticos, al interior del tricolor hubo arrebatos por el poder, aunque, fieles a su disciplina, siempre lo disputaron “en orden”, apegados a la decisión final de quien desde el máximo cargo de gobierno dictaba la última palabra.
Para el PRI, la presencia y figura del Presidente de la República era la de “sumo pontífice”, y no tanto en el sentido expresado por Plutarco Elías Calles: “El que quiera la silla (presidencial) que se forme”.
La disciplina era vertical. La ropa sucia, entonces, se lavaba en casa, y los trapos nunca se ponían al sol.
Cuando Ernesto Zedillo asumió la Presidencia en diciembre de 1994, la nave priísta ya estaba a la deriva. Fue un año toral en el declive. Seis años después, el apresurado reconocimiento de la derrota de Labastida ante Fox era su pasaporte a la eternidad democrática.
El fin del sexenio salinista y el inicio del zedillista confluían en una gran confrontación por la devaluación del peso y el llamado “error de diciembre”, uno de los peores momentos en la economía del país.
En los meses anteriores a diciembre de aquel año ocurrieron los crímenes de Luis Donaldo Colosio y de José Francisco Ruiz Massieu, así como la aparición, en Chiapas, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Sin embargo, desde 1986, el barco comenzaba a hacer agua. De sus filas salieron Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y Rodolfo González Guevara a encabezar la llamada Corriente Democrática del PRI, a la postre la base para la fundación del PRD.
El partido pasó de ser el mejor estructurado a uno dividido, y eso acarrearía las peores derrotas electorales.
La tarea de volver a zarpar la tenían los priístas jóvenes, quienes comenzaron a surgir desde las gubernaturas en donde el PRI conservaba parte de su músculo. Los estados eran, pues, el mejor antídoto al estado de coma.
Después de los episodios maléficos del 94, muchos priístas hablaban de refundar el partido con otro nombre, pero la idea nunca prosperó.
No había bastón de mando; cómo les faltaba el capitán.
La gran preocupación por el efecto negativo hacia la sociedad llevó, en el 2006, a Beatriz Paredes a competir, por primera vez, por la jefatura de Gobierno del Distrito Federal utilizando un logotipo de campaña en donde no destacaba el símbolo priísta.
Una de esas figuras del priísmo joven arribó, en el 2005, al punto de expectación tras una conservadora carrera pública.
Enrique Peña Nieto se metía de lleno a disputar la candidatura de su partido para la gubernatura del Estado de México.
Se enfrentó a toda una pléyade de priístas mexiquenses: Guillermo González Martínez, Óscar Gustavo Cárdenas Monroy, Jaime Vázquez Castillo, Eduardo Bernal Martínez, Fernando Alberto García Cuevas, Cuauhtémoc García Ortega, Isidro Pastor Medrano, Enrique Jacob Rocha, Héctor Luna de la Vega y Carlos Hank Rhon. Finalmente, sólo él se registró ante el convencimiento del resto de sus posibilidades para sacar el triunfo.
Hoy, la historia de éxito de Peña Nieto está a la vista: Ganó la gubernatura (venciendo a Rubén Mendoza Ayala, del PAN, y a Yeidckol Polevnsky, de la Izquierda); recuperó espacios políticos y geográficos perdidos; asumió la tarea de recuperar la unidad en el PRI pensando en dos objetivos fundamentales: Uno, dar continuidad a su gobierno con un personaje de perfil ganador; otro, recuperar la unidad perdida. Le sobraron aspirantes, pero el escogido fue Eruviel Ávila.
El triunfo del PRI el 3 julio de 2011 fue arrollador.
Para entonces, Peña Nieto ya tenía encaminada su trayectoria para competir por la Presidencia de la República. Entregando el mando a Eruviel el 15 de septiembre se dedicó, de lleno, a perfilar su campaña.
El “guía” retornaba al PRI. El “eje de cohesión” perdido en el 2000 regresaba. Su candidatura nunca fue, en el partido, causa de tormenta sin amainar, incluyendo las aspiraciones de Manlio Fabio Beltrones.
Desde el pasado 1 de julio, el PRI está de regreso en Los Pinos. El próximo 1 de diciembre, la historia se revertirá o se reconvertirá.
Un trecho de 12 años modifica el sentido de gobernar un país y hasta el de convivir con un partido, so pena de regresar a la pesadilla.
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CONVENTO DE ARRABAL
‘Quien no ha sabido reconocer el resultado de esta elección… ha venido a engañar o a generar confusión y duda en varios, entre ellos hasta el Presidente de la República’.
LO DIJO Enrique Peña Nieto, virtual Presidente electo
