Buen país a buen precio

Nosotros mismos, lo que se está apostando en la mesa del casino nacional; equiparable a una gran venta, moderno sistema electoral de los países civilizados

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A unos meses de llegar, algo más espectacular que el ‘Buen fin’

Ya sólo faltan unos cuantos meses para que llegue algo más espectacular que el “Buen fin”. El primer domingo de julio se subastará un país. Hay que estar bien preparados y, además, hay que estar muy atentos porque todos los oferentes prometen sus mejores gangas. Cada uno ofrece un país maravilloso. Sin pobres, sin rateros, sin desempleados, sin mentirosos y hasta sin tristes.

Para nuestro confort, los establecimientos estarán abiertos durante 10 horas continuas. Habrá docena y media de personas esperando a los asistentes para brindarles la mejor atención y la mayor vigilancia posible, pero, además de ello, todos los productos propalan el mejor precio. Nada de anticipos ni de enganches. Tan sólo habrá que firmar la boleta que les presenten. Ella surte el efecto de voucher. Para otorgar la mayor comodidad no hay que estampar la rúbrica, sino, como a la antigua, tan sólo poner una cruz.

Esa gran promoción es lo que suele conocerse como el día de las elecciones o, en lenguaje jurídico, la jornada electoral. En esa tan esperada fecha se dará la cesión o la adquisición completa de todo un país. Por cierto, el nuestro. No uno ajeno ni distante, ni distinto, sino México, que es uno de los mejores países del planeta.

Por eso pareciera ser un asunto de nuestro mayor interés. No sólo están jugando los partidos y los candidatos. Por encima de ellos, y más allá de ellos, se está jugando nuestro futuro y nuestro destino. Lo queramos o no, lo que se está apostando en la mesa del casino nacional somos nosotros mismos.

La gran promoción que se avecina es una gran venta porque, de alguna manera, en eso consiste el moderno sistema electoral de los países civilizados. Primero surgen las ofertas, en forma de candidaturas. Después se genera la competencia de mercado libre, en forma de promesas y de contienda electoral. Más tarde se compra la propaganda, en forma de publicidad. Y por último llega el día de la venta mayor.

Los que más pagan, a través de la mayoría de los sufragios, serán los que decidan la adquisición del proyecto de nación o, por lo menos, de lo que les han prometido como el proyecto de nación. Los precios que se ofrecen son bajísimos, y la forma de pago es a plazos.

Como país tripartidista que somos, con 17 millones de votos de llevan el país, y, si me apremian, puede ser que hasta con tan sólo 16. Si fuéramos un bipartidismo, como muchos lo han soñado, entonces, la puja sería mucho más alta. Ganar costaría algo así como 22 millones de votos, cuando menos, y eso sin contar con el sesgo congresional. Sin ello, los precios se elevarían hasta como 25 millones.

Los electores, a su vez, cuentan con mucho tiempo para pagar. En algunos casos serán sus hijos, o sus nietos, quienes tengan que afrontar, con su bienestar y su esperanza, el costo de esa jornada dominical de sus padres o de sus abuelos.

Por eso ¡cuidado, mucho cuidado!, porque, como decían las antiguas consejas, una vez salida la mercancía ya no se admite ninguna reclamación. Es por eso que los electores siguen siendo consumidores totalmente indefensos. Si el producto que escogieron ese fin semana tiene defectos, o si se les descompone, pues, ya ni modo. Con su pan que se lo coman porque no hay cambios ni reposiciones, ni devoluciones.

Por eso vale la pena que los electores se tomen unos cuantos minutos, aunque tan sólo un par, para reflexionar lo que significan esos 7 minutos, dentro de una casilla electoral, con los que van a decidir el beneficiario de sus votos y el destino de su nación.

No vaya a ser que se equivoquen, como ya les ha sucedido. No vaya a ser que los engañen, como ya los han timado. No vaya a ser que destruyan a su nación por la mera equivocación porque está comprobado que en los asuntos de la política, al final de cuentas, todos tenemos la razón. Lo que nos distingue a unos y a otros es que algunos la tuvimos a tiempo, y los otros, por desgracia, la tuvieron cuando ya no había ningún remedio.

 

Abogado y político.

[email protected]

twitter: @jeromeroapis

 

 

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