Andrés Manuel López Obrador tiene derecho a creer a la encuesta del periódico Reforma porque de la noche a la mañana, cuando parecía que no podría superar ni siquiera a Josefina Vázquez Mota, lo colocó a sólo cuatro puntos de Enrique Peña Nieto, es decir, en casi empate técnico.
El candidato de las izquierdas aprovechó el inesperado, pero no tan inexplicable empujón de Reforma, si se toma en cuenta al yerno de oro, Alfonso Romo, para, tres o cuatro días después, propalar haberlo rebasado.
Desde luego, olvidando que en el pasado denostaba las encuestas de Reforma porque no le eran propicias, aprovechó sus números para anunciar que habrá fraude electoral y que nuevamente le será escamoteado el triunfo.
En su encuentro con los periodistas de Tercer Grado se negó a debatir sobre encuestas y se aferró a las suyas, unas anónimas que, obviamente, le dan el triunfo. Fiel a su estilo se concretó a decir que las empresas encuestadoras que dicen lo contrario de la de Reforma y a las suyas “se ponen de acuerdo”… en su contra.
Lo cierto es que las encuestas públicas, obligadas a cumplir con los requisitos exigidos por el IFE, dicen lo contrario de la de Reforma. La distancia de López Obrador y Peña Nieto sigue siendo de dos dígitos (entre 16 y 18 puntos en alguna, y un poco menos en otras), pero, eso sí, todas coinciden en que ya consiguió superar a Vázquez Mota.
No obstante, hay otras encuestas que no se publican, pues son elaboradas para planear estrategia o, simplemente, para no dejarse engañar por “cuchareos” o discursos de plazuela. Esas no circulan, y sólo son conocidas por los iniciados.
Hay dos en especial, relacionadas con los principales intereses en discordia, que coinciden en situar al candidato del PRI a 13 puntos del de las izquierdas y a 14.5 de las de la panista. Ambas son realizadas con rigor extremo, pues no se trata de engañar nadie, y mucho menos a los interesados.
En esas condiciones llegaron los candidatos al debate en Guadalajara; en el transcurso de la semana sabremos cómo se mueven los números. La primera en anunciarlo será GEA-ISA que, sin embargo, por razones del método no podrá medir de inmediato y sus sondeos corresponderán a dos o tres días anteriores al debate. Roy Campos, de Mitofsky, los anunciará mañana, o hasta el viernes, en el programa radiofónico de Joaquín López-Dóriga. El resto llegará en cascada.
A partir de hoy quedan tres semanas, menos un día, para las elecciones. Conforme a las encuestas que no se publican, López Obrador tendría que ganar casi un punto diariamente y Peña Nieto perderlo para que el candidato de las izquierdas gane la elección.
Se antoja imposible porque se requiere que Enrique cometa un error garrafal impensable, que Andrés Manuel invente un nuevo rostro o el gobierno federal saque de la chistera un conejo lo suficientemente explosivo como para variar de manera dramática las tendencias electorales. No bastará con continuar con la persecución a Tomás Yarrington y Eugenio Hernández, o su eventual aprehensión.
Lo previsible, en todo caso, es el esfuerzo del partido gobernante para alcanzar a López Obrador y desplazarlo al tercer lugar. Es sólo un punto y medio. El milagro esperado por Vicente Fox podría ocurrir si Josefina hace su tarea para situarse en el segundo lugar de la contienda.
Como sea, lo único seguro es la reacción de Andrés Manuel si, en la noche del 1 de julio, los conteos favorecen a cualquier otro candidato. Lo incierto es la reacción del otro sector de la izquierda.
Por convicción o porque no podía decir otra cosa, Marcelo Ebrard reveló la disposición, de él mismo y de su corriente, a reconocer el triunfo o derrota sin importar el tamaño de la distancia.
Puso como ejemplo su propio caso. Acordó con Andrés Manuel, en la contienda interna de las izquierdas, que el perdedor reconocería al triunfador fuese cual fuese la diferencia en las encuestas. Él cumplió y se quedó sin candidatura.
La posición del jefe de Gobierno del DF es diametralmente opuesta a la del candidato presidencial. Es buen augurio porque podría significar que también encarga encuestas para su propia estrategia y está consciente de lo que ocurrirá el 1 de julio.
Si Marcelo reconoce el triunfo de un candidato contrario al suyo, y sólo está dispuesto a acudir a los tribunales en caso de existir irregularidades en el proceso, significa que los capitalinos no sufriremos como en 2006.
Que así sea.
