Ya hay grito en el ejido. Andrés Manuel López Obrador amenaza con no reconocer el resultado electoral, pero Marcelo Ebrard dice lo contrario: Será reconocido, aunque la distancia entre ganador y perdedor sea corta.
No es novedad; fue el mismo acuerdo que ambos formalizaron cuando compitieron por la candidatura presidencial. Quien perdiera, aún por la mínima diferencia, aceptaría su derrota.
No fue necesario poner a prueba a Andrés Manuel, porque ganó en tres de las cinco preguntas de la encuesta, es decir, se impuso al jefe de Gobierno del DF, por 20 por ciento, con un agravante: En las dos preguntas en las que ganó Marcelo, la diferencia fue mínima, en tanto que en las tres del triunfo de López Obrador, la diferencia fue abismal.
En realidad se trató de una paliza que, sin embargo, no resta mérito a Marcelo. Perdió y reconoció.
El dicho de Ebrard tiene significación porque, en 2006, Andrés Manuel perdió por menos de un punto. Tan estrecho margen le dio pretexto para tomar Paseo de la Reforma, Madero y el Zócalo, además de que intentó impedir la toma protesta de Felipe Calderón.
En esa aventura, que causó un gran daño al país, lo siguieron, con entusiasmo inocultable, Ebrard, Manuel Camacho y todos los dirigentes de las izquierdas. Sólo Javier Garza y Carlos Navarrete actuaron con cordura.
Conforme a un libro del senador guanajuatense, “El Güero Garza” despojó a diputados perredistas de bombas de gases lacrimógenos con que planeaban impedir la apertura del periodo de sesiones, del Congreso de la Unión, en la que Vicente Fox entregaría, formalmente, la banda presidencial a Calderón. La actitud de Navarrete y Garza evitó no el vacío constitucional y sus consecuencias de ingobernabilidad, sino la muerte de legisladores e invitados especiales que abarrotaban el Palacio Legislativo de San Lázaro, cuyas puertas habían sido atrancadas con curules, por dentro, por diputados de las izquierdas.
Mirando hacia 2006, la revelación de Ebrard sobre el reconocimiento de la derrota, aún sea por la mínima diferencia, debe tranquilizar a quienes ya ven a López Obrador con la cara pintada, tocando los tambores y bailando la danza de la guerra.
La mala noticia, sin embargo, es el irrelevante liderazgo del jefe de Gobierno en las tribus de las izquierdas. Aun siendo ex priísta, como Andrés Manuel, y teniendo el control de la tesorería del Distrito Federal, no es el jefe.
Lejanos están los tiempos en que esperaba, en la autopista México-Puebla, al tabasqueño con la cajuela de su carro abierta para liquidar los gastos de las movilizaciones con que paralizaban la Ciudad de México.
En aquella época, López Obrador era sólo un empleado de Marcelo; hoy, la situación es diferente. El poder lo tiene Andrés Manuel y el jefe de Gobierno es un accesorio que, si llega a oponerse en serio a las estrategias del candidato presidencial, puede ser tachado de traidor.
Las diferencias afloraron, públicamente, en la lucha por la construcción de una alianza PAN-PRD en el Estado de México. Marcelo la empujaba y López Obrador la abortó. Sabía el tabasqueño que ahí se jugaba la candidatura presidencial. Ganó.
No falta mucho para ver cuál de los dos se impondrá. Si pierde por pocos o muchos votos, Andrés Manuel tomará las calles de la Ciudad de México y las de muchas otras entidades, y, desde luego, tratará de impedir la toma de posesión del triunfador. Inclusive, no se descarta que intente apoderarse de Palacio Nacional. Más aún que a sus huestes habituales incorporará a los muchachos del movimiento “#yosoy132”.
Ya veremos, entonces, si Marcelo lo secunda o acepta la derrota.
