Aurelio Nuño va a la guerra

Para ganarla necesitará algo más que generales, armamentos y suministros

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Aurelio Nuño se fue a una guerra que para muchos, incluidos priístas desalentados, parece perdida de antemano; para ganarla necesitará algo más que generales, armamentos y suministros.

Tendrá que encontrar, y convencer, a los militantes comprometidos, no a los de las selfies que brincan de gusto cuando las consiguen, pero que una vez que la instantánea está en Instagram, para probar a su jefe que cumplieron lo ordenado, regresan a casa en espera de ser requeridos, de nueva cuenta, para lo que sea.

Al candidato José Antonio Meade debe dejar la tarea de convencer a los indecisos, a la clase media y a los panistas desbalagados.

El día que nos sentamos a platicar, Aurelio Nuño me comentó que un amigo mutuo nos unía. Pensé que se refería a Enrique Peña Nieto, pero de quien habló fue de Ricardo Castillo Peralta, aquel priísta sonorense que, no obstante que le decían “El diablo de Sahuaripa”, era inigualable para hacer milagros políticos (alianzas, negociaciones y, desde luego, ganar elecciones).

En la oficina de José Vasconcelos, Nuño recordó cuando coincidió con Ricardo y José Luis Lamadrid en la asesoría del coordinador de la bancada priísta del Senado de la República, Enrique Jackson.

Eran los tiempos en que Castillo Peralta hacía travesuras, como frustrar los afanes de Santiago Creel de someter a juicio político a los gobernadores priístas Víctor Cervera Pacheco y Roberto Madrazo.

En mancuerna con Miguel Quiroz, Ricardo encontró la fórmula: El IFE perdonó al Partido Verde 11 millones de aquellos pesos de gastos sin comprobar y consiguió los votos para reducir la edad de ingreso al Senado, a fin de que el “Niño Verde” pudiera ser padre de la patria. La consecuencia fue que los gobernadores de Yucatán y Tabasco mantuvieron la cabeza en su lugar.

Operadores como Ricardo necesitará Aurelio para sacar adelante a José Antonio Meade en la que, se adivina, será la madre de todas las batallas. El problema es que no se dan en maceta y que quienes todavía andan por ahí fueron menospreciados y arrumbados durante casi los cinco años del sexenio. Quizás nada quieran saber de la campaña.

Ricardo era priísta y leal; a pesar de su origen sonorense, permaneció al lado de Manuel Aguilera y, consecuentemente, al de Manuel Camacho cuando Luis Donaldo Colosio ganó la candidatura presidencial del PRI.

Con Aguilera mantuvo, para el priísmo, el control de la Ciudad de México aún después de la muerte de Colosio y la deserción de Camacho y Marcelo Ebrard.

Aurelio me contó que en la asesoría de Jackson, Ricardo le platicaba de mí. No lo creí y sigo sin creerlo; no puedo imaginar al “Diablo” perdiendo el tiempo hablando de que conocía a un periodista con el que la Ley de Fomento Agropecuario…

Entendí que sólo fue un gesto amable del Secretario de Educación que agradecí, y agradezco, porque me recordó a uno de los mejores amigos que el oficio me ha obsequiado.

Ayer, cuando Aurelio se marchó a la aventura que marcará su vida política, porque suya será la responsabilidad de mantener al PRI en el poder en una lucha que librará en condiciones más adversas que cuando Peña Nieto recuperó la Presidencia de la República, recordé, inevitablemente, a Ricardo y me dije que el ex secretario de Educación Pública necesita, con urgencia, ubicar a los Castillo Peralta menospreciados en el último lustro.

Por más que lo tenga en alta estima no puede recurrir a Jackson porque Enrique nunca ha ganado una elección; siempre ha sido plurinominal y, por si fuera poco, perdió Veracruz cuando fue el asesor político de Javier Duarte.

Puede preguntar a Emilio Gamboa qué hicieron mal los priístas para perder el poder con Francisco Labastida; desde luego, necesita platicar con su sucesor en la SEP, Otto Granados, y muy en especial con Pepe Carreño, para saber qué hizo Carlos Salinas para que Ernesto Zedillo, tampoco priísta, hiciera la hombrada de ganar a Diego Fernández de Cevallos y a Cuauhtémoc Cárdenas.

Puede preguntar a Manlio Fabio Beltrones cómo fue que los pleitos entre los colaboradores del Presidente Peña Nieto, de los que está mejor enterado que cualquiera porque pertenecía al primer círculo, ocasionaron que, en 2016, el PRI perdiera, al menos, cinco de las siete gubernaturas.

Gamboa y Beltrones fueron coordinadores de campañas presidenciales que el PRI perdió. Uno sabe cómo fue que un candidato que parecía grande se hizo chiquito y el otro vio a los gobernadores bajar los brazos y, haciendo como que hacían, dejar pasar la segunda oportunidad de recuperar la Presidencia.

Ya no está Ricardo para asesorar a Aurelio, pero aún hay priístas por ahí que le entienden a esto de las elecciones. Es buena señal que Meade se sentara con Luis Castro, el líder de Nueva Alianza, pero al coordinador le urge convencer al priísmo de que, como Jerusalén, la Presidencia  vale todo.

 

 

 

 

 

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