Cuauhtémoc Cárdenas, por fin, será director de Pemex... si Andrés Manuel López Obrador gana la Presidencia de la República.
Ha transcurrido casi un cuarto de siglo para que la tan anhelada oficina esté al alcance de la mano de Cuauhtémoc, sin embargo, al igual que en el gobierno de Miguel de la Madrid, está lejana, muy lejana.
En aquella remota ocasión, cuando había concluido su gobierno en Michoacán, De la Madrid fue díscolo con él; hoy necesita que su candidato presidencial, Andrés Manuel, que no lo es tanto, supere, primero, el segundo lugar y, luego, haga un esfuerzo supremo por empatar, de nueva cuenta, con el primero, como en 2006.
El ofrecimiento de ayer parece generosidad de López Obrador, pero, en realidad, encuera en público a Cuauhtémoc y lo muestra tal cual ante los pocos que lo siguen respetando como líder espiritual del perredismo.
En los años remotos que con Porfirio Muñoz Ledo encabezó la escisión del PRI que devino en fundación del PRD, no fueron la ideología y las zarandajas que se han escrito las provocadoras del rompimiento. Se trató de chamba, de presupuesto, de no quedar fuera del erario, una situación que De la Madrid no entendió o ante la que reaccionó con el hígado. Habría salido más barato al PRI si le hubiesen entregado la dirección de una empresa que en sus años jóvenes había sido suya, enteramente suya. ¿Y cómo no si su padre la había expropiado?
Más allá de la leyenda de hombre de izquierda y demócrata construida sobre sus hombros, Cuauhtémoc ha sido sólo un brillante usufructuario del apellido paterno y del amor materno. De no llamarse Cárdenas no habría ido muy lejos en política; menos aún si doña Amalia no hubiese pujado con vigor ante los presidentes en turno para conseguirle los puestos anhelados. Fue su madre quien pidió a José López Portillo (y obtuvo) la Subsecretaría Forestal y, también, la candidatura a gobernador.
Cuando ya no le quisieron dar Pemex, entonces vino la ruptura.
Con Muñoz Ledo ocurrió uno de esos asuntos propios de psiquiatría.
Porfirio tiene un alto concepto de sí mismo. Cada mañana se sigue plantando frente al espejo a preguntarle quién es el más guapo y el más inteligente. La respuesta debe ser la misma: Él.
Conoció a Miguel de la Madrid en la Universidad; desde entonces lo menospreció. Lo consideraba mediocre. En cambo, él estaba destinado a las alturas. Así lo entendió Luis Echeverría, que lo llevó al gabinete para colocarlo en la antesala de la Presidencia.
Para darnos una idea del concepto que de sí mismo tiene Porfirio, por ahí, en algún libro, constan los placeres que el maestro Mario de la Cueva experimentaba cuando abría el arcón para leer los recortes periodísticos del más brillante y amado de sus discípulos, recortes que, está por demás decirlo, almacenaba amorosamente.
Es de imaginar las sesiones que debió pagar Muñoz Ledo al psiquiatra cuando De la Madrid, y no él, resultó presidente de México.
Como sea, sus valiosos servicios fueron utilizados en la ONU. Sin embargo, por un borrachazo y la exhibición de pavoroso pistolón usado para disputar un cajón de estacionamiento a un inerme ciudadano norteamericano, lo regresaron de Nueva York.
La fatalidad unió a los dos grandes hombres de izquierda. Uno quería ser director de Pemex, y el otro, embajador en Francia, pero De la Madrid se los negó. Así fue como el priísmo empezó a adueñarse de la izquierda.
Jorge de la Vega Domínguez es hombre incapaz de mal hablar de sus semejantes, pero los vio a ambos desde su atalaya privilegiada de líder nacional del PRI, cuando ambos abandonaron al partido al que debían todo. En el libro de Martha Anaya “1988: el año que calló el sistema”, los retrata:
“Conocía yo la discrepancia desde que eran estudiantes y, después, en la administración pública entre el licenciado Miguel de la Madrid y Porfirio Muñoz Ledo. Por su parte, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas había terminado una función pública importante (gobernador de Michoacán) y no le habían ofrecido ninguna otra tarea relevante… ¿Cómo explicar aquella circunstancia?...”.
