Asustando a López Obrador con petates de muerto

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Cuando antes de concluir su Presidencia, José López Portillo impactó al país con el acto dramático de nacionalizar la banca y la promesa de que el pueblo mexicano ya no sería esquilmado, estaba lejos de saber que la venganza del grupo hasta antes intocable sería del tamaño de la agresión: aprovecharon su promesa incumplida de defender como perro al peso para perseguirlo el resto de sus días.

Ahora nos enteramos que, no obstante el apoyo expresado por algunos de los hombres más ricos del país, como Carlos Slim, la familia Bailleres, Emilio Azcárraga y Valentín Diez Morodo, al igual que el de ciertos empresarios del poderoso Grupo Monterrey, las clases empresariales agrupadas en cámaras están en plena rebelión y, en todo caso, podrían ser ellos y no los desposeídos el tigre que dijo a los banqueros anda suelto por ahí con ganas de retozar.

En sus comunicaciones grupales, arriesgándose a pantallazos telefónicos de sus temeridades, hay quienes se han atrevido a sugerir esperar a 2022 para aprovechar la oportunidad que les daría la revocación de mandato.

Sin embargo, el Presidente López Obrador sabe que no hay mucho de la supuesta rebelión empresarial que le pueda preocupar, en mucho porque se trata de una clase acostumbrada a ganar-ganar sin importar las siglas, el color partidista o la ideología de quien tenga en sus manos el poder público.

En los apellidos de los más grandes, los que de inmediato le ofrecieron en senda comida su apoyo incondicional, están los más conspicuos representantes de este deporte tan mexicano. Slim, Bailleres, Azcárraga (a los que se deben añadir Alemán, Larrea, Salinas Pliego, etcétera) que ganaron con el PRI, lo hicieron con el PAN, lo volvieron a hacer con el PRI y ahora lo hacen y lo harán con Morena.

Además, está comprobado en el mundo que con los gobiernos de izquierda, incluso los llamados socialistas, los ricos suelen hacerse más ricos. Los ejemplos sobran.

El Presidente sabe que de los muy ricos no debe preocuparse; no mucho, al menos. Para tranquilizarlos y tenerlos a su lado le bastará con abrirles poco a poco la llave o con la promesa de hacerlo pronto, tan pronto como se pueda y, de ser necesario, darles gotas de agua como a los sedientos en el desierto.

El riesgo no está en su base electoral que ha demostrado estar con él en cualquier circunstancia, ni en las clases populares, a menos se agote la billetera y no pueda seguir entregando dinero directamente y sin intermediarios, sino en las medias que normalmente sufren las peores consecuencias de todo tipo de crisis, sean creadas o no por el grupo en el poder.
Las clases medias que le dieron los votos faltantes para sacar al PRI de Los Pinos y bloquear al PAN, están temerosas y enojadas y no temen demostrarlo por las vías ahora a su disposición, especialmente las redes sociales, pero siguen hartas de tricolores y de azules, con el agravante de que si fueran el famoso tigre carecerían de garras, pues no tienen a quién seguir y no se sienten representadas por nadie, ni en el poder, en la oposición partidista, en los dueños del dinero, las cámaras empresariales ni en ellas mismas.

Por ahora todo se reduce a petates de muerto, sin embargo el Presidente sabe que al tigre habrá que darle algo más que la retórica que ya ofrece señales de agotamiento.

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