Aquellos profesores sin Reforma Educativa

No me atrevo a poner palabras en la boca de todos los que, como ellos, fundaron escuelas de la nada, se capacitaban en las normales superiores para alcanzar el grado de ‘Catedrático’ y seguían estudiando para poder dar a sus alumnos, que seguimos honrándolos, lo mejor de ellos, que era, que es mucho

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A mis hermanos, los ‘Gavilanes’ de la ESFAA, muy en especial a Lulú y ‘El Cocos’ Pérez Molina

 

Releo el prólogo de mi novela favorita, de Morris West, “La Última Confesión” (Vergara), para emocionarme, una vez más, con el relato de la muerte del autor sentado frente a su escritorio mientras preparaba “… al final de un párrafo particularmente bueno…” los postreros capítulos de la narrativa de los días previos de Giordano Bruno en las celdas de la Inquisición, en espera a que lo condujeran a la hoguera en Campo de’ Fiori, en Roma.
Y lo releo porque Lourdes y Jorge me recuerdan que la vida quiso que un día del maestro, hace 23 años, su padre, el mejor de mis profesores en la secundaria, Jesús Pérez Torreblanca, fuera recibido por la tierra en su seno; había muerto un día antes.
Se trata sólo de una efeméride, como anecdótica es la historia de la muerte de Morris West, pero siéndolo está cargada de un simbolismo inenarrable porque su adiós coincide, 23 años después, con el anuncio triunfal del Presidente López Obrador de la constitucionalidad de su Reforma Educativa, una “gatita” revolcada (la llamó la profesora Elba Esther Gordillo) de “la mal llamada” Reforma de Enrique Peña Nieto, que cometió el pecado de ser punitiva con los profesores de la CNTE, reacios a ingresar, crecer y permanecer en el sistema educativo vía la evaluación y la capacitación para ser evaluados cuantas veces fuese necesario.
Pérez Torreblanca modeló a centenares de jóvenes, millares diría, que pasaron por la escuela que se atrevió a fundar en Teziutlán, Puebla, la Secundaria Federal Antonio Audirac (ESFAA), con maestros de la talla de Nicolás Reyes Alegre, Manuel Pascual, Hugo Reyes Castañeda y muchos otros que la senilidad de las neuronas empieza a borrar de mi mente, aunque me consuela saber que cierto estudio asegura que seguimos produciéndolas hasta el final de la existencia, la que hayamos vivido, algunos al máximo.
¿Cómo recordar al gran Torreblanca? ¿Con la huelga organizada, al alimón, con Víctor Backre Parra y muchos otros compañeros para evitar que lo despojaran de la escuela que fundó y por la que empeñó los mejores años de su vida?
Prefiero recordarlo en la hora de matemáticas, su materia, pasándome al pizarrón para dar la clase y yo, en excusa por mi supina ignorancia, argüía que, si recordaba, la noche y madrugada anterior algunos la habíamos pasado con él recorriendo las calles de Teziutlán, llevando serenata por aquí y por allá.
“¿Te sabes la clase o no?”, preguntaba ante el grupo azorado, cómplice del alumno, pero también del profesor.
Ante la respuesta negativa me enviaba a la Dirección, es decir, a su oficina. Una hora después, con su lenguaje suave, pero con firmeza, me hacía comprender una de las varias enseñanzas inolvidables de doña Clemen que he llevado como divisa: “Ayer como rey; ahora como buey”. Es decir, la fiesta no es pretexto para no cumplir con las obligaciones.
De aquellos millares de sus estudiantes cada quien siguió su camino, pero todos llevamos su huella indeleble.
Con uno de los personajes de Giordano Bruno, “El Gallo”, todos podríamos decir que cumplimos, a rajatabla, con las enseñanzas de don Jesús: “Mucho he luchado; pensé que podía ganar, pero el destino y la naturaleza sofocaron mis meditaciones y esfuerzos. Pero ya es algo estar en el campo de batalla porque ganar depende mucho de la suerte, pero hice cuanto pude y no creo que nadie en las generaciones futuras lo niegue. No temí a la muerte; nunca me rendí a nadie…”.
Todos sus muchachos de la ESFAA hemos estado en nuestros campos de batalla y hemos hecho cuanto hemos podido, sin importar que al final ganemos o perdamos.
Quiso también la vida que 23 años después de su ingreso al seno de la madre tierra, el Presidente López Obrador obsequiara al profesorado nacional una Reforma Educativa que ya no lo obligará a evaluarse para ingresar, crecer y permanecer en el sistema educativo nacional, algo que don Jesús y sus compañeros fundadores de la ESFAA jamás habrían comprendido y tolerado.
Con él rindo homenaje a profesores como Reyes Alegre, Pascual, Reyes Castañeda, Mendizábal, Palacios, Salmerón, Carsi, Matoso, “El Chis”, Cotepa, Domínguez, Pompeyo, Octavio “mi compadre”, “El Pelos”, que nunca me ganó en carambola, la maestra Jose, que ni aventándome el borrador logró que me entonara para berrear las rancheras, Clemen, Chabela, y a su querida y admirada esposa, la maestra Rosita Molina, que no me leyó “Corazón” de Edmondo De Amicis porque el Instituto Teziutlán era para mis amigos fifís de aquella época y no para nosotros, que pagábamos 8.50 pesos mensuales de cooperación para que la escuela pagara la renta a los Lapuente de Pita y Lourdes.
Llegué a la ESFAA proveniente de la Escuela Primaria Federal Soledad Orozco de Ávila Camacho de Pueblo Viejo, conocido después como Francisco Sarabia, Veracruz, en donde tuve la suerte de encontrar a otro gran profesor, Raúl Hernández Meza, de la misma estatura de Torreblanca; fue quien me enseñó a usar la máquina de escribir, el fundamento del oficio que aún hoy practico con entusiasmo y emoción.
Y, con ellos, a dos orgullos de la familia, la maestra Carolina y su hija Kris, mi sobrina, que siguió sus pasos y modela a sus alumnos de primaria poseyendo un doctorado en pedagogía y dominando 3 idiomas y rudimentos de Náhuatl.
Ignoro, aunque imagino lo que piensan y dirían de la Reforma Educativa, pero no me atrevo a poner palabras en la boca de todos los que como ellos, surgidos de las normales rurales, con apoyo de los padres de familia y ninguneados por los gobiernos del momento, fundaron escuelas de la nada, se capacitaban en las normales superiores para alcanzar el grado de “Catedrático” y seguían estudiando para poder dar a sus alumnos, que seguimos honrándolos, lo mejor de ellos, que era, que es mucho.
Gracias, Chucho, en donde estés. Como creías en el buen Dios, seguramente estás con él… dando clases.
¡Feliz Día del Maestro!

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