(Segunda de dos partes)
Pero nuestros sistemas requieren hoy, desde luego, reconversión, revisión e ineludible transformación. Ese es el desafío generacional mexicano. Los que, de nuestra generación, vivan en el 2025 ya no estaremos al mando. Serán nuestros hijos los responsables de la conducción y administración de nuestro poder, de nuestro tener y, quizá, de nuestro saber.
Una generación, como la nuestra, con gran capacidad consolidadora, una generación que no ha inventado nada, pero que ha protegido todo, será sucedida por una generación que, ineludiblemente, estará obligada a ser refundadora.
Si ese tránsito entre generaciones es brusco, desarticulado, inconexo o incoherente, el futuro mexicano será, seguramente, muy pobre. Se desperdiciarán las virtudes exclusivas de cada generación y se esterilizará su potencial.
Los especialistas de todo el orbe han vuelto los ojos sobre el particular, cada quien en la esfera de sus intereses nacionales, pero hay fuertes coincidencias. Hoy en día, aún en medio de un mundo moderno y vertiginoso, se aprecia, nuevamente, que la transmisión generacional óptima requiere de los mejores vehículos y que, dicho sea con todo respeto, ni la tecnología, ni las creencias, ni los medios masivos, ni los elementos de la cultura primaria, ni los de la avanzada, ni los estímulos prototípicos, ni los temores generalizados, ni la globalización, ni ningún otro factor, pueden superar a las dos insuperables creaciones del hombre para su tránsito generacional: La escuela y la familia. Esa debiera ser la mejor apuesta de México.
Nuestro país cuenta con una gran riqueza humana. Ello es una garantía para el porvenir. En muchos mexicanos de la generación que nos suceda tendrá que reaparecer un nuevo José Enrique Pestalozzi, un nuevo Enrique Rébsamen o una nueva María Elena Montessori que vengan a revitalizar el sistema educacional de los mexicanos. En muchos mexicanos tendrá que reaparecer un nuevo John Strachey, un nuevo Seymour Lipset o un nuevo Augusto Comte que vengan a revitalizar el sistema familiar de los mexicanos.
En muchos mexicanos deberá asegurarse la voluntad de pensar en los demás como síndrome infalible de cultura y de civilización. En muchos mexicanos deberá existir la convicción de la sociedad de servicio, de solidaridad y de un mayor humanismo, remitiendo individualismos y egoísmos característicos de una especie cuya decadencia es ineludible.
Bien lo dijo León Felipe, con precisión inigualable: “Lo importante no es llegar solo y primero, sino con todos y a tiempo”.
Abogado y político.
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- Siete veces ex subprocurador en las procuradurías General de la República y del Distrito Federal
