Apunte matemático mata encuestas

El próximo domingo, el voto podrá ser ‘útil’, ‘reflexivo’ o de ‘castigo’, pero, con base a las propuestas y cordura, a la urna entrará la convicción en una bolsa a repartirse de, digamos, 55 millones de sufragios

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Aunque ya muchas teorías lo ponen en duda, las matemáticas siguen siendo la única ciencia exacta.

Esto, claro, mientras en los resultados no se entrometa la pifia o la mala intención humana. Más aún, la exactitud conlleva a un resultado positivo o negativo. O a una situación de cambio.


Digamos que, en el espectro de cifras y números, todo es posible hasta la ecuación y punto final.

En las encuestas, sin embargo, a propósito de la semana que falta para la elección presidencial del 1 de julio, los resultados son efímeros, aunque pudiesen aproximarse a la “exactitud” porque corresponden a un determinado lapso de tiempo, aun en el entendido de que varias coinciden.

Sus algoritmos son parte de un proceso cambiante que, incluso, como se ha visto en otras elecciones ha modificado la percepción inmediata anterior a la votación, obligando a las encuestadoras a explicar “qué pudo haber sucedido”.

El detalle está, como decía “Cantinflas”, en que a las “matemáticas” de las encuestas se suman otras ciencias inexactas, como la psicología, en donde incide la conducta humana.

Rumbo a la votación dentro de siete días, los números de las encuestas lo único que provocan es el relajamiento de algunos candidatos (Andrés Manuel López Obrador o Ricardo Anaya, más del primero) y el estrés de otros (José Antonio Meade, aunque la despiste). O, de plano, la resignación de uno más (Jaime Rodríguez “El Bronco”).

El muestreo no de encuestas, sino de resultados oficiales finales, de los procesos de 2006 y 2012 pueden sugerir sorpresas para el siguiente domingo partiendo de una bolsa de, digamos, 55 millones de sufragios

¿Por qué en el PRI (y sus aliados Panal o Verde) no cunde el pánico y todavía apuestan a que obteniendo el 33 por ciento de esos 55 millones logren ganar la elección?

En principio, por la estructura de partido que, algo herrumbrada (por las derrotas recientes en elecciones locales), sobrevive en los estados del país.

Ese 33 por ciento (18 millones 150 mil sufragios) también es viable para Anaya como para López Obrador. Es decir, se disputan el tercio de los votos o de los votantes. ¿Pero quién arrebatará a quién parte de su 33 por ciento?

El candidato de Morena lo habría hecho ya desde hace meses si no se inmolara tan fácil con su propio inverosímil discurso y su falsa sencillez, que lo volverían vulnerable ante un mundo político de lobos y alacranes.

Para el panista convertido en frentista funcionaría más por el segundo lugar que le dan las consultas a manera de opción alterna ante el de Morena, y el supuesto enojo contra el PRI, que por trayectoria política o administrativa.

Veamos cómo se repartieron en el 2006 40 millones 588 mil 729 votos:

Felipe Calderón, el ganador, obtuvo 15 millones 284 sufragios. López Obrador 14 millones 756 mil 350; Roberto Madrazo 9 millones 301 mil 441; Patricia Mercado y Roberto Campa, juntos, 1 millón 530 mil 654.

Entre Calderón y Andrés Manuel hubo una diferencia de 243 mil 934 votos. Pero entre el tercer lugar, el priísta Madrazo, y el segundo y primero, los números se iban hasta un margen de 5 millones y un poco más.

Si nos vamos hasta el 2012, es decir, cuando, después de 12 años (Vicente Fox lo tumbó en el 2000), el priísmo parecía predestinado a no regresar, Enrique Peña Nieto obtiene, en principio, 10 millones más que el candidato de su partido (Madrazo) seis años antes. Pero, además, supera a Andrés Manuel por 3 millones 329 mil 785 votos. Y no se diga al ahora tercer lugar, el PAN, representado por Josefina Vázquez Mota, a quien venció con diferencia de 6 millones 440 mil 137 sufragios.

Es decir, Peña Nieto reconvenció a 10 millones de mexicanos en un lapso de seis años. Eso, quizá, ante los cuestionamientos al actual gobierno pudiera ocurrir en favor de López Obrador.

En el 2006, dijimos, votaron 40 millones 588 mil 729 mexicanos; en el 2012 49 millones 061 mil 092. Y si tomamos en cuenta seis años más y el crecimiento demográfico, así como los nuevos votantes, aunque también se debe restar a quienes ya no están, esta vez votarían algo así como 55 millones si el abstencionismo no reaparece.

El común denominador en las tres elecciones, la del 2006, la del 2012 y la del 2018, se llama Andrés Manuel López Obrador. En la primera obtuvo 14 millones 756 mil 350 votos y en la segunda 15 millones 896 mil 999. Una diferencia hacia arriba de 1 millón 140 mil 649 sufragios.

Ahora estamos suponiendo que votarán 55 millones de mexicanos, es decir, casi 15 millones más que en 2006 y 6 millones más que en 2012.

En elecciones pasadas, salvo Madrazo en el 2006 y Vázquez Mota en el 2012, los primeros y segundos lugares han estado muy cerca relativamente.

Si López Obrador tiene el arrastre que reportan las encuestas, esta vez, de los 55 millones de sufragios, recibiría entre 20 y 25 millones. Esto implicaría que al menos en el PRI y el PAN, sus padrones de militantes no tuvieron peso. A saber, de los partidos, el tricolor sigue teniendo el mayor número de miembros y la mejor estructura. El PAN sí ha padecido merma, incluso reconocida por sus dirigencias nacionales.

Como todos sabemos, a mención de las empresas encuestadoras, hay un buen porcentaje de indecisos, y a ellos apuestan tanto el Frente de Anaya como el PRI. De parte de la coalición “Todos por México”, tanto su dirigente nacional, René Juárez, como el líder nacional de la CNOP, Arturo Zamora, han dicho que de ese nicho saldrá la victoria de su candidato.

Vaya, en el conjunto de mecanismos, ficheros, referencias, las encuestas son sólo una parte. Los apuntes matemáticos nos hablan de muchas direcciones y de posibilidades, incluso cambiantes, el mero día de las elecciones. Los ejemplos de 2006 y 2012, como el propio movimiento de votos hacia todos lados, nos indican que no todo está dicho.

 

LA ALIANZA EMERGENTE

A estas alturas, un llamado a una alianza de “facto” de cualquiera de los candidatos que van debajo de Andrés Manuel López Obrador, para frenar la llegada de éste a la Presidencia de la República, se vería casi en el nivel de como calificó, hace años, Manlio Fabio Beltrones las alianzas entre la Izquierda y la Derecha para vencer al PRI: “Contranatura”.

Pero no porque entre el candidato de “Por México al Frente” y el de “Todos por México” existan diferencias ideológicas irreconciliables, sino porque el cruce de agravios entre los dos equipos está en niveles de “rompimiento de relaciones”.

De hecho, el PRI, principal integrante de la alianza (conjunta con Nueva Alianza y Verde), es un partido que se mueve para ambos lados, para ambos extremos.

Los tiempos de las alianzas bajo registro pasó, ya, hace rato en el Instituto Nacional Electoral, y quien aprovechó, aprovechó.

Por ejemplo, Morena, con López Obrador al frente, no dudó en aliarse con el Partido Encuentro Social, de corte derechista, encabezado por una agrupación de corte religioso. Ni con el PT, donde milita ahora Manuel Bartlett, personaje siempre cuestionado por la Izquierda y acusado de ser el autor de una aparente “caída del sistema”, en 1988, que arrebató entonces el triunfo a Cuauhtémoc Cárdenas.

Tampoco dudó en abrir las puertas de su campaña a personajes y políticos cuestionados por diversas índoles, como Elba Esther Gordillo, Napoleón Gómez Urrutia, Nestora Salgado, Layda Sansores. O de ofrecer respaldo público a la Sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. O de prometer amnistía al crimen organizado.

Para ganar, los pactos son viables hasta con el diablo.

Por el lado del PAN ocurrió lo contrario. Se alió con la fracción minoritaria de la Izquierda mexicana, es decir, el PRD (además de Movimiento Ciudadano)

El PRI prefirió seguir con sus mismos amigos, el Panal, que sabrá Dios si realmente le funcionará, pues su fundadora trabaja para el de enfrente, es decir, Elba (y algunos de sus familiares) para Andrés Manuel. Y el Verde, que le anda poniendo los cuernos por todos lados, principalmente en Chiapas. Pero, además, debió registrar como candidato a la Presidencia de la República a un “simpatizante”, como lo es José Antonio Meade.

En medio de toda esta melé de números, principalmente desatada por las encuestas, surgieron las reflexiones tomando en cuenta los resultados de las elecciones federales del 2012 y 2006.

La principal, pensando sobre la posibilidad, cuando era viable hacerlo legalmente y ahora que ya sólo es en términos de “facto”, un solo camino entre las dos alianzas que están por debajo de López Obrador.

Resta una semana para la elección presidencial, que da, por vez primera, más posibilidades a la Izquierda de gobernar el país. Las encuestas, que no el apunte matemático, avizoran un ganador, sin embargo, no digamos a una semana, el mismo día de la votación, las sorpresas se dan.

Podría ser que, esta vez, las empresas encuestadoras no salgan a explicar lo imprevisto.

 

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