Andrés Manuel del ascenso a la debacle electoral

Imposiciones, tradición priísta ahora en Morena

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Andrés Manuel López Obrador, imposibilitado, permanentemente, para hablar del nepotismo de los Moreira en Coahuila, de los Yunes en Veracruz y de los Moreno Valle en Puebla

Cada vez que Andrés Manuel López Obrador se refiere a las encuestas de las dos campañas presidenciales anteriores siempre aseguró ir 6, 7 u 8 puntos arriba de sus adversarios políticos.  Así sucedió en el 2006, cuando advertía que nada tenían Felipe Calderón y Roberto Madrazo para derrotarlo, y así también, en el 2012, vaticinaba la derrota de Peña Nieto.

En un acto de tintes mesiánicos, y de extrema soberbia, confiaba a sus simpatizantes que le bastaba el voto del pueblo para ganar.  Se olvidó de que competía por la Presidencia de México, y no por la de un país democrático. Quiso desafiar al corrupto sistema político mexicano y terminó sepultado electoralmente.

Cuando la profesora Elba Esther Gordillo le ofreció apoyo para incorporarse a su campaña desdeñó la oferta política bajo el argumento de la enorme inmoralidad que privaba hacia el interior del poderoso sindicato de maestros.  La participación de la maestra al lado del PAN y la traición de 13 gobernadores priístas fueron esenciales para el triunfo, haiga sido como haiga sido, del usurpador Felipe Calderón.

Se sumaron a ese compló (sic) el poder de la Presidencia de la República para hacer presidente ilegítimo a Calderón.  El entonces candidato del PRD minimizó también a Vicente Fox, que, aún ignorante y mediocre, era el hombre más poderoso del país, como todos sus antecesores lo fueron por seis años.

Tres datos corroboran este aserto.  El primero, cuando Vicente Fox, desde la Procuraduría General de la República, ordenó el desafuero de Andrés Manuel como jefe de Gobierno del Distrito Federal.  Después vino el fallo del tribunal federal electoral, a cargo de la magistrada ponente Bertha Alfonsina Navarro, al afirmar, sin ningún recato: “Se advirtió intromisión presidencial en el proceso electoral, pero no fue determinante en el resultado final”.  Y, ya ex presidente, Fox aceptó su abierta participación para hacer ganar al espurio Calderón y declarar públicamente: “Cómo me dio lata López Obrador, pero al fin me vengué de él.”

Sólo que López Obrador también ha abonado a la causa de su derrota.  Aquel desafortunado insulto de “cállate chachalaca” resultó lapidario para sus aspiraciones presidenciales al acusar una caída vertiginosa en las preferencias electorales cuando pretendió ridiculizar a Fox y ofender a las chachalacas con esa comparación.

Ciertamente, en las dos elecciones presidenciales anteriores, Andrés Manuel ha encabezado las encuestas al principio del proceso electoral.  Ahora mismo va en primer lugar, seguido por Ricardo Anaya y, en el sótano electoral, el rezagado José Antonio Meade.  Bajo ese escenario siempre se recurre al mismo axioma transitorio: “Si hoy fueran las elecciones, Andrés Manuel López Obrador sería el ganador”.

Lo malo para el candidato de Morena es que a media carrera presidencial le llega la fatiga política y termina por sucumbir al llegar a las urnas.   Si fuera absolutamente auténtica y verdadera la base social que dice representar, ningún fraude electoral sería suficiente para contener la votación del electorado.  Ilustra también este aserto la campaña del 2000 para jefe de Gobierno del Distrito Federal.  La tendencia de las últimas semanas indicaba que si la campaña hubiera tardado un mes más, el candidato opositor, Santiago Creel, habría remontado los cinco puntos por los cuales perdió.

Con todas esas experiencias, al parecer, Andrés Manuel aprendió algo de las dos elecciones presidenciales anteriores.  Ha incorporado a su “proyecto de nación” lo que en el pasado desdeñó.  Ahora sí  va en busca de los apoyos de la maestra Elba Esther Gordillo con la presencia, en el cuarto de guerra, de René Fujiwara, nieto de la ex lideresa sindical, con la esperanza del voto magisterial en contra de Aurelio Nuño, coordinador de la campaña de Meade.

Sin embargo, también Andrés Manuel, en su afán de ganar, recoge el cascajo llegado de otras latitudes partidarias.  Con gran estridencia se publicitó que la senadora Gabriela Cuevas había abandonado el PAN para sumarse a la filas de Morena cuando, con el traslado de la legisladora, el frente o el PAN únicamente perdieron un voto el día 1 de julio.

Sólo que Cuevas es impresentable ante Morena.  Basta recordar que junto con Jorge Lara, ambos diputados a la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, pagó la ridícula fianza de 2 mil pesos para evitar que López Obrador fuera detenido por violación a un amparo en el caso del predio El Encino.

Esa sumisa actitud de los legisladores ante Fox, para librarlo del ridículo mundial y nacional al encarcelar al aspirante más fuerte a la Presidencia de la República, constituyó una intromisión y un atentado a la voluntad personal de López Obrador para decidir entre su reclusión y su libertad.  El mismo Andrés Manuel sentenció desde Tabasco: “Eso es una infamia”.  Ahora, esa infamia forma parte de su propósito sexenal rumbo al 2018.

Otro de los grandes pasivos de Andrés Manuel es su formación priísta, que todavía permanece en él y con frecuencia recurre a las mismas artimañas practicadas durante más de 80 años.  Cuando en 1987, al lado de Cuauhtémoc Cárdenas, protagonizó la disidencia en contra de la imposición de Carlos Salinas, el alegato para oponerse a esa designación presidencial unilateral era la ausencia de democracia.

Como propietario del PRD primero, y de Morena después, igual que en el viejo PRI, Andrés Manuel decidió su nominación por encima de la opinión de sus correligionarios y se siguió de frente con la imposición de candidatos sin consenso.  En la Ciudad de México, su voluntad prevaleció por sobre toda la militancia para anunciar que Claudia Sheinbaum sería la candidata al gobierno de la capital mexicana, a pesar de que Ricardo Monreal tenía mayor trayectoria, presencia y experiencia, además de estar mejor posicionado.

La ciudad de México es bastión perredista desde 1997, cuando Cuauhtémoc Cárdenas ganó la primera elección a jefe de Gobierno. Ese antecedente permite inferir que Miguel Ángel Mancera hará hasta lo imposible para conservar ese espacio de poder, sobre todo para asegurar la sucesión hereditaria  transexenal con la incondicional Alejandra Barrales.

En Chiapas sucedió similar situación para imponer a Rutilio Escandón Cadenas, presidente del Tribunal Superior de Justicia.  Esa nominación evidencia la pobreza de Morena en Chiapas y descubre que los lazos familiares son trascendentales para acceder a cargos de elección popular.

Camuflado en el emblema del Poder Judicial de Chiapas, Escandón Cadenas utilizó el aparato y los recursos de la administración de justicia para hacer campaña durante cinco años.  Políticamente no despegó y de ello pudo darse cuenta López Obrador en su reciente gira por Chiapas.  Desde luego que la figura del candidato presidencial arrastró a Escandón Cadenas, aunque los abucheos estuvieron presentes.  Ahora ya sin López Obrador vendrá la realidad de que por sí solo no convence, no levanta y no conecta con el electorado.

Con antecedentes de dos severas derrotas electorales, su nominación la debe a su cuñado, Adán Augusto López Hernández, cercano colaborador de López Obrador y seguro candidato a gobernador de Tabasco. Por eso el otro precandidato, Alfredo Kánter, fue bajado del entarimado y amenazado con pistola por hacer sombra a Escandón Cadenas, a pesar de que Kánter, en apenas un mes, había despertado más simpatías y apoyos que el candidato oficial de Morena en un lustro.

Así, Andrés Manuel está imposibilitado, permanentemente, para hablar del nepotismo de los Moreira en Coahuila, de los Yunes en Veracruz y de los Moreno Valle en Puebla.  Ampliaremos…

 

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