Amlodipino al PRI y al PAN

Mientras a la ciudadanía le presenten como ‘renovación’ o señal de ‘cambio’ a un rostro vinculado a la repulsión social, la receta médica será la misma para los dos partidos. Para recuperar el poder hay que aprender a perderlo

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Por increíble que parezca, Andrés Manuel López Obrador será no sólo el impulsor de cambios en los dos grandes partidos políticos aplastados el pasado 1 de julio, el PRI y el PAN, sino hasta su medicina.

No serán ni sus dirigencias, ni sus grandes nombres, y ni siquiera sus documentos ni sus estatutos los que los forzarán a reconvertirse o, de plano, a buscarle por otro lado o resurgir con otro nombre y con rostros nuevos. Quien los tiene con el pie sobre el cuello se apellida López Obrador.


Podrá parecer insultante, pero las “viejas guardias” en ambos institutos perdieron el derecho hasta de volver a asomarse, so pena de sufrir otra fulminante caída. Están reconocidos y los volverían a tumbar.

Y algo de la misma talla, fulminante, deberán hacer antes de que votar por Morena se vuelva sintomático y difícil de desterrar.

Ante el resultado de la elección y lo escandaloso de los números, la situación para ambos partidos fue de brutal para arriba: El efecto Morena los lanzó como empujados por una onda explosiva a 12 y seis años atrás.

A José Antonio Meade (que tiene, aunque sea para él mismo, la consideración de no ser priísta) lo colocó por detrás de Roberto Madrazo que en la presidencial del 2006 quedó en tercer lugar, debajo de López Obrador y Felipe Calderón.

A Ricardo Anaya (que no tiene ninguna consideración, sino al contrario señalamientos de “canallín”) lo puso detrás de Josefina Vázquez Mota que en la presidencial del 2012 también ocupó el tercer lugar, por debajo de López Obrador y Enrique Peña Nieto.

Es decir, ahora son “cuatreros”.

Pero a semana y media de los comicios, de las dos dirigencias, sólo a René Juárez, líder nacional del PRI, se le ha visto una y otra vez cuando menos intentar lavar las heridas. De su candidato ya se supo, y hasta fotos envió, recuperándose en Acapulco.

Por el lado del PAN, a quien le han dejado la carga de medio despistar la garrotiza es a Damián Zepeda, porque de Anaya ni sus luces. ¿Dónde andará? ¿Algún lugar predilecto?

Para ambos partidos el efecto psicológico del “morenazo” debe ser casi de sesiones en el diván. Lo saben, pero no lo dicen (o se lo guardan con mucha pena), porque para recuperarse, primero les llevará no meses, sino años. Y de ahí para volver a ganar una elección deberán, aunque suene dramático, como lo dijo ayer René Juárez, aprender a ser humildes. ¿Quién lo aprenderá primero?

Porque el triunfo del 1 de julio de Andrés Manuel no es ni siquiera mérito suyo, sino “desmérito” de sus contrincantes. Ya lo dije, el candidato de Morena fue apabullante por la combinación de dos situaciones que se vieron venir como ráfagas de viento, lo estrambótico de sus propuestas y la repulsión social.

En una entrevista con el periódico Reforma, el líder priísta, después de mencionar falta de democracia interna, error en la elección de candidatos ajenos a la base del partido y criticar el oportunismo de algunos militantes, admitió lo evidente: “Hubo un problema de irritación social que fue expresado en las urnas. Solamente quien se quiera engañar a sí mismo no se dará cuenta. Reconozco que había una irritación social muy grande, muy amplia, lo percibí”.

En medio del trauma, Juárez dice que es buena la propuesta del ex candidato presidencial Francisco Labastida, de establecer “cláusulas de admisión” para evitar que el PRI mantenga en sus filas a corruptos. No, un golpe como el de hace 12 días no se arregla así.

Por parte del PAN ya hay quienes hasta enumeran cinco grupos los que codician el control del partido, viejo dilema y peor escenario, hace años sólo eran dos.

Pero el asunto, y lo digo para ambos partidos, es como el dicho de que “perro que come huevo…”.

En estos aleccionadores episodios siempre hay quienes dan la cara por el resto, así todo el tiempo se la pasen adustos o riéndose; es el caso tanto de René Juárez como de Damián Zepeda. Aguantaron vara y cargarán con el peso negativo de la historia. Son, creo, los menos culpables de una ansiedad ajena de poder en el que se involucraron sus partidos antes de ver hacia afuera, donde alguien ya les comía el mandado.

Para el albiazul ya levantaron la mano, lea usted, Jorge Luis Preciado y Ernesto Ruffo en el extremo de no aportar un antídoto a la causa de la histórica derrota. En medio, independientemente del grupo al que representen, están Rafael Moreno Valle y Marko Cortés, menos señalados, menos tradicionales, aun cuando el último lleve la carga de ser anayista.

El reto es el mismo para PRI y PAN. Mientras a la ciudadanía le presenten como “renovación” o señal de “cambio” a un rostro vinculado a la repulsión social la receta médica será la misma, Amlodipino.

Para recuperar el poder a veces también hay que aprender a perderlo.

 

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@RobertoCZga

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