AMLO y Poncio Pilatos

No hay razón para que Andrés Manuel suponga que hay quienes lo quieren ver lavándose las manos después de enviar a prisión a Rosario Robles para dar un marco glorioso a su primer informe de gobierno

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Por la razón que sea, en las más de las ocasiones nos da por acudir a lugares comunes para salir al paso de cuestiones espinosas; quizás porque nos resulta imposible sacudirnos lo aldeano y repetimos lo escuchado a los abuelos, o para mostrarnos culteranos, más que cultos.
No sé cuál fue la razón que llevó al Presidente López Obrador a negarse a ser comparado con Poncio Pilatos en la conferencia mañanera en que habló de la vinculación a proceso de Rosario Robles y de su reclusión, a todas luces violatoria al espíritu del nuevo sistema acusatorio penal.
Pudiera ser que no encontró la manera de desvincular la realidad de la ex titular de Sedesol y Sedatu con su reiterada afirmación, como candidato y Presidente, de que no es culpable, sino “chivo expiatorio” de los de “arriba”.
Tal vez su acendrada religiosidad lo llevó a creer cierta la historia inventada por Marcos para evangelizar a los romanos, liberarlos de la culpa de haber dado muerte a Jesús y cargarla al pueblo judío.
No hay registro histórico, salvo la mención de Marcos, retomada luego por los demás evangelistas, Mateo, Lucas y Juan (este escribió casi 100 años después de iniciada nuestra era), de que Jesús y Pilatos hubiesen estado frente a frente, uno para ser enjuiciado y el otro para ser condenado a la crucifixión. Era un método usual en la antigüedad, pero los romanos lo utilizaban para humillar a las víctimas y disuadir a quienes se oponían a su dominación. Primero eran ejecutados y luego colocados en la cruz.
La dramática historia inventada por Marcos en la que Pilatos ofrece a la multitud escoger entre el Mesías y Barrabás, un ladrón acusado de haber asesinado a un soldado romano durante la rebelión en el templo, fue aderezada por Mateo con la participación de la mujer de Poncio, que le habría advertido no meterse con aquel hombre justo. Por su parte, Lucas añade que el prefecto romano intentó disuadir hasta en 3 ocasiones a los judíos que pedían su crucifixión. Finalmente, Juan escribió que Jesús dijo a Pilatos que quien lo puso en sus manos fue culpable de un pecado mayor.
Pilatos, un funcionario romano acostumbrado a enviar gente al matadero, difícilmente habría reparado en Jesús e intentado salvar su vida a cambio de la de Barrabás, y mucho menos habría acudido al episodio dramático de lavarse las manos para librarse de culpa del asesinato. Los problemas de conciencia no eran lo suyo.
Sin embargo, la historia resultó magnífica para sentar las bases del antisemitismo, pues dejó sin culpa a los romanos, cargándola a los judíos, que, conforme a los evangelios, aceptaron que la sangre de aquel justo cayera sobre ellos y llegaron al extremo de reconocer al César como su único rey.
Como sea, acudir a Poncio Pilatos para fincar su posición ante la situación de su antecesora en la jefatura de gobierno de la capital de la República me parece un exceso impropio del Presidente, incluso si se tratara del lavatorio de manos que sólo es una fantasía evangélica.
Si existen problemas de conciencia porque, inocente o culpable, Robles debería enfrentar su proceso en libertad y está en prisión, ¿por qué el Presidente tendría que lavarse las manos de una acción cometida por agentes de la Fiscalía General de la República y el juez Felipe de Jesús Delgadillo?
Y si la ex colaboradora del Presidente Peña Nieto es responsable del delito de omisión, ¿por qué López Obrador tendría que enredarse en episodios bíblicos improbables para justificar que, pese a su agradecimiento porque Rosario le ayudó a ganar su primera elección, la de jefe de Gobierno capitalino, tiene que permitir, en aras de la autonomía de la Fiscalía y de la independencia del Poder Judicial, que la ley se le aplique?
En definitiva, no hay razón para que Andrés Manuel suponga que hay quienes lo quieren ver lavándose las manos después de enviar a prisión a Rosario para dar un marco glorioso a su primer informe de gobierno.
Hasta hoy no sabemos si la señora Robles es culpable de omisión, es decir, de uso indebido del servicio público, que se traduce en no haber impedido las tropelías de que fue informada ni denunciarlas a su superior jerárquico, el Presidente Peña Nieto, pero es evidente que su delito capital es traición, tal y como lo dijo, en unas cuantas palabras, Epigmenio Ibarra en su colaboración en Milenio: “Fracasó Robles; fracasaron quienes, en el PRI y en el PAN, con ella conspiraron. Hoy, AMLO despacha en Palacio y ella enfrenta, en prisión preventiva, un proceso penal…”.
Si Rosario es responsable del desvío de 5 mil millones de pesos del erario está bien que se le juzgue, se le sentencie y purgue con cárcel su delito, si la ley contempla la reclusión, pero bien merece una lavada de manos quien la haya enviado a prisión sólo por aliarse al “viejo régimen” en su infructuoso “esfuerzo estratégico por perpetuarse en el poder”.

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