AMLO y la prensa

Para estar a tono con sus héroes históricos se da gusto igualando su relación con los medios con la mantenida por su antecesor, el tercer transformador

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No obstante su capacidad, inigualable, para comunicar, la relación del Presidente López Obrador con la prensa es, por lo menos, extraña, pero, por fortuna hasta hoy, no ha pasado de mera anécdota, salpicada con calificativos que divierten más que asustar, si bien en las redes sociales hace mucho que ejércitos de bots o personas reales se pasan.
Para estar a tono con sus héroes históricos, Andrés Manuel se da gusto igualando su relación con la prensa con la mantenida por su antecesor, el tercer transformador. Según el “Bloque Liberal Renovador” de los diputados en 1913, los ataques periodísticos contra Francisco I. Madero eran tolerados por el secretario de Justicia, Manuel Velázquez Tagle.
Cuando el Presidente habla, en sus conferencias mañaneras, de la prensa fifí, neoliberal, porfirista y conservadora, por lo general se piensa en el periódico Reforma porque, además, es al único que se refiere por su cabezal.
En una ocasión lo hizo con El Universal y Excélsior, pero fue para preguntarse por qué a los periódicos de Juan Francisco Ealy y Olegario Vázquez Raña no les fue filtrado el borrador de la carta que contiene sus exigencias de perdón al Rey Felipe VI por la conquista de España a lo que hoy es México.
Más extraña resulta la relación si algunos de los propietarios de los grandes medios de comunicación mexicanos, como Ricardo Salinas Pliego, de TV Azteca, Bernardo Gómez, de Televisa, y Vázquez Aldir, de Grupo Imagen, forman parte del selecto grupo de empresarios que le rogó permitirle transmitirle su sapiencia empresarial, demostrada a lo largo de sexenios de éxitos con presidentes de todas las siglas partidistas.
En realidad, el Presidente tiene problemas con Reforma porque en ese periódico ha centrado su atención por razones estrictamente mediáticas, pero también la tiene con la mayoría de los columnistas, editorialistas y opinadores de todos los medios que día a día lo tienen bajo escrutinio crítico, en algunos casos severo. Conforme a su léxico, todos forman parte del ejército conservador de fifís.
Él suele contraatacar asegurando que los columnistas estuvieron a sueldo en la época neoliberal, y si no da nombres ni cantidades, aunque posee las pruebas, es sólo porque no le gusta meterse con la dignidad de las personas.
Al Presidente le gusta poco o nada la prensa nacional; si acaso La Jornada, pero es rumor que ahora este diario, el único realmente identificado con la izquierda, tiene problemas no con él, sino con la única figura de la Cuarta Transformación que se supone mantiene la relación oficial con los periodistas, aunque su teléfono nunca tiene tiempo aire o, simplemente, no le gusta o no sabe usarlo.
En realidad, el Presidente y Reforma no pueden vivir uno sin el otro y se utilizan a placer porque a ambos favorece el clima de encono en que parecen vivir.
Los hallazgos cotidianos del diario y las sistemáticas críticas de sus columnistas y opinadores dan materia al mandatario para repetir sus conceptos sobre la prensa fifí y alimentar su identificación con el Apóstol de la Democracia.
Y Reforma consigue que, casi cada mañana, el Presidente sea su mejor publicista, algo similar a lo que ocurre en Estados Unidos con Donald Trump y The Washington Post y The New York Times.
Por fortuna, por ahora todo se reduce a eso y a los bots que por millares golpean a unos y a otros en las redes sociales.
López Obrador, un estudioso meticuloso de la historia, conoce a detalle lo que ocurrió den 1913. A partir de esto tengo la seguridad de que mandaría por un tubo a quien se atreviera a aconsejarle lo que en un memorial le propusieron, descaradamente, los diputados del “Bloque Liberal Revolucionario” a Madero antes de que Victoriano Huerta hiciera de las suyas:
“Suprimida, por los medios legales de represión, la prensa de escándalo, quedaría cegada la fuente que esparce del uno al otro confín de la República la simiente contrarrevolucionaria. El gobierno sería respetado y temido; se haría la paz en los espíritus y la pacificación del país se aceleraría considerablemente. Mucho más funestos que los bandidos que incendian los campos y asesinan mujeres son los bandidos de pluma que envenenan el criterio nacional. Y muchos más dignos son los primeros, que esgrimen la tea incendiaria, que los últimos, que blanden el más noble atributo del pensamiento”.
Sí, por fortuna, estos no son aquellos tiempos.

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