AMLO por la seguridad de migrantes centroamericanos

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Durante su gira por Chiapas, Andrés Manuel López Obrador urgió a garantizar la protección a migrantes que cruzan la entidad en su camino hacia Estados Unidos.  En su alocución, el presidente electo de México defendió la caravana de centroamericanos con el compromiso de protección humanitaria al decir: “Ofrecí visas de trabajo. ¿Por qué ofrezco eso a los centroamericanos?, porque va a haber trabajo para los mexicanos y trabajo para los centroamericanos en nuestra patria”.

La oferta, con todas las buenas intenciones, es irresoluble y hasta teñida con un tinte demagógico. Tres factores son fundamentales para asegurar que México no está en condiciones de otorgar empleo adicional cuando, según la Organización Internacional del Trabajo, el desempleo lacera a 3.7 por ciento de los mexicanos fuera del mercado laboral y existe una tasa de 27 por ciento de empleo vulnerable, sin  posibilidades de seguridad social y ausencia de servicios básicos. Y, desde luego, el bajo crecimiento de la economía mexicana entre 2013 y 2018.


Se suma a esos dos obstáculos la caída en los precios del café y en la agricultura de plantación, que durante décadas atrajo y dio empleo remunerado a la mano de obra centroamericana, en especial a la de Guatemala. La historia del Soconusco en Chiapas y las inmigraciones masivas así lo sustentan.  Los primeros asentamientos en el Soconusco se dieron en las últimas décadas del siglo XIX.  La agricultura de plantación (café, plátano, caña de azúcar y algodón) fue un atractivo para el trabajador guatemalteco con la perspectiva de mejores salarios que en su nativa Guatemala. El volumen de brazos agrícolas en la zona fue siempre en aumento. Así, en 1952 se registraron 100 mil trabajadores, 310 mil en 1965 y para 1985 poco más de 250 mil trabajadores, en una época de franca expansión de la producción cafetalera.

Sólo que este flujo migratorio tenía la compensación de que era en ambos sentidos.  Los trabajadores, en su mayoría de Guatemala, pero también de El Salvador y Honduras, después de terminado el ciclo agrícola, regresaban a su lugar de origen. El buen salario remunerador devengado les alcanzaba para esperar hasta la siguiente cosecha, y sin la intención de quedarse en México. Ahora, las circunstancias han cambiado.  La mayoría de las fincas está a la deriva.  A diferencia de los años en que llegaban hasta 300 mil trabajadores, hoy, la economía del Soconusco languidece. En lugar de recibir mano de obra extranjera, más de 100 mil trabajadores mexicanos van en busca de acomodo a Estados Unidos.

La antigua floreciente Tapachula y el Soconusco resienten la caída de la producción en la agricultura de plantación.  Sin perspectiva en su lugar de origen, los inmigrantes centroamericanos se asientan y posesionan, en definitiva, de territorio chiapaneco. Ya no hay la posibilidad de empleo remunerado y las alternativas se reducen a trabajo callejero o acomodo en las bandas de los Mara Salvatrucha.  Sus centros de operación se han extendido a los municipios de Frontera Hidalgo, Unión Juárez, Huixtla, Suchiate y Tuxtla Chico.  Lo grave es que más de la mitad de los maras son ya jóvenes mexicanos, y el resto de Guatemala, El Salvador y Honduras.

A la migración económica se dio otra de carácter político.  Aquí ya no es el desempleo rural en su lugar de origen lo que provocó la emigración hacia Chiapas.  La crisis centroamericana de mediados de los 80, en especial de Guatemala y el Salvador, dio como resultado la movilización de una gran cantidad de población para huir de la represión y el estado de guerra en que estos países se vieron inmersos.  Quienes llegaban demandaban una forma de vivir que no era posible satisfacer con la inmensa pobreza de Chiapas, pero que ahondaba más la miseria.

En cambio, la migración condicionada por cuestiones económicas generaba empleos, propiciaba un ciclo virtuoso de agro exportación y los grupos de migrantes se integraban a la vida del estado por un corto periodo de tiempo. En cambio, la migración por situaciones políticas presiona sobre la tierra, no proporciona ingresos y se asienta con ánimo de residencia definitiva en México con la categoría de refugiados políticos, categoría que hoy se da a los entre 5 mil y 7 mil centroamericanos que han llegado a Chiapas en los últimos días.

Aunque los datos varían sobre el número de refugiados, el lugar donde se encuentran asentados siempre es coincidente.  El reporte oficial en 1985 es que los municipios con mayor número de campamentos eran Ocosingo y las Margaritas con 30 mil refugiados, de un total de 46 mil. Es previsible que a más de 30 años de distancia hayan crecido en número y asentado en definitiva. Sin embargo, el lugar de asentamiento de uno y otro grupo es distinto.  Los Mara Salvatrucha se ubican en la zona donde antes hubo bonanza económica: El Soconusco.  En cambio, los refugiados políticos coinciden su residencia con el lugar de levantamiento del EZLN.  Es, entonces, probable que entre los integrantes se encuentren antiguos refugiados guatemaltecos, pues los primeros desplazamientos por el enfrentamiento entre la guerrilla y el ejército de Guatemala se dieron hacia la Selva Lacandona, en el municipio de Ocosingo y de Las Margaritas.

Ambos asentamientos, en el contexto en que se encuentran, son un problema de seguridad nacional. El EZLN, con todo y sus largos periodos de silencio, cada vez que aparece en escena, habla de su autonomía y de sus juntas de buen gobierno.  Los maras son un grupo que crece y que la autoridad no tiene cómo enfrentarlo.  El problema parece irresoluble. Si a diario pasan, conservadoramente, 100 indocumentados por la frontera sur, al término de un año son 36 mil y no hay forma de cómo pararlos.  De nada sirve echarles todas las policías federales y estatales encima, como frecuentemente ocurre,  expresión de que el asunto es mucho más grave de lo previsto.

Cuando inició la caída de la producción en el Soconusco nada se hizo para prever todos los escenarios posibles derivados de la incapacidad para absorber esa mano de obra en busca de acomodo.  Hasta la fecha, Chiapas es una de las entidades más atrasadas y con mucha desatención de parte del poder público. No existe, ni siquiera, el diseño de un programa social, cultural o económico para, cuando menos, contener a los maras.  Como su nombre lo indica, la marabunta avanza en la selva de la inseguridad y entre la indolencia gubernamental.

Por eso, con esa historia de la caída de la producción en el Soconusco y las proyecciones del Fondo Monetario Internacional de un crecimiento optimista de 1.9 a 2.3 para 2018, y de 2.3 a 3 por ciento para 2019, no se entiende cómo podrá haber empleo para los mexicanos y, simultáneamente, cómo se absorberá mano de obra centroamericana no contemplada dentro de las expectativas del gobierno mexicano. Por el contrario, prometer y ofrecer empleos puede resultar hasta peligroso al estimular la emigración con la esperanza de encontrar mejores niveles de bienestar en Chiapas y México cuando en el país hay una falange de 60 millones de mexicanos en pobreza y pobreza extrema.

Y falta por considerar la posición del presidente Donald Trump al amenazar con que no permitirá el ingreso de indocumentados y que, por el contrario, habrán más deportaciones.  Ampliaremos…

 

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