AMLO: Otra vez las inconsistencias y el autoritarismo desde San Cristóbal

Rutilio Escandón: La rechifla y el rechazo, en Chiapas, a su candidatura

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Andrés Manuel López Obrador. La ciudad de San Cristóbal de las Casas fue testigo de sus dislates retóricos

El pasado 29 de abril dio inicio la campaña para gobernador del estado de Chiapas.  Desde San Cristóbal de las Casas, Andrés Manuel López Obrador se apersonó para apoyar el decadente proyecto de  Rutilio Escandón Cadenas.

La culta ciudad fue testigo de los dislates retóricos del candidato presidencial de Morena.  En un discurso fuera de contexto histórico y político, López Obrador quiso aparecer como la antítesis de Antonio López de Santa Anna, Porfirio Díaz y Victoriano Huerta.


De Santa Anna destacaría sus 11 mandatos presidenciales y la traición a México al vender más de la mitad del territorio nacional.  Del legendario oaxaqueño fustigaría su pasión por el poder y los 30 años que permaneció como Presidente de la República.  Y del “chacal” Huerta recordó la traición y el asesinato del presidente Francisco I. Madero, para concluir: “Yo no quiero ser como ellos”.

Muy malas las referencias del “Peje”, y fuera de lugar, para promoverse como el salvador de la patria.  Los atropellos de los tres ex presidentes de México resultan imposibles; no pueden repetirse en el México del siglo XXI con todo y las imperfecciones de la democracia mexicana, los abusos y las impunidades del poder.

Sólo que, con esas menciones, López Obrador se exhibe y se identifica con lo más nebuloso de la política mexicana.  El candidato de Morena es todo, menos un demócrata.  Si las condiciones del siglo XIX prevalecieran en la actualidad, es evidente que buscaría, como Santa Anna, apropiarse, sucesivamente, de la primera magistratura del país y, como Porfirio Díaz, reelegirse, perpetuamente, hasta la muerte.

Su referencia al gran asesino Victoriano Huerta es inentendible. No tiene sentido ni sustento.  El único émulo de Huerta es el general Álvaro Obregón, que para reelegirse en 1928 ensangrentó al país con los asesinatos de todos los antirreeleccionistas: Francisco Serrano, Arnulfo R. Gómez, los gobernadores de Chiapas Carlos A. Vidal y Luis P. Vidal, Francisco Villa, los hermanos Pro, entre otros tantos, bajo el lema: “Mientras más matas, más gobiernas”.  Después de esos lamentables episodios nadie se ha atrevido a tanto para conservarse en o llegar al poder.  A menos que López Obrador no resista esa tentación autoritaria desde la Presidencia.

De la antítesis, López Obrador pasó a la síntesis al querer concentrar en él las virtudes de tres mexicanos fuera de serie.   Quiere plagiar la figura del republicanismo con Benito Juárez, la democracia y el antirreeleccionismo revolucionario del apóstol Francisco I. Madero y el nacionalismo de Lázaro Cárdenas.  No le queda tal osadía.  Su biografía personal y política le niega esa posibilidad.

Juárez estableció un gobierno itinerante para conservar la unidad de la República y la consolidación de la Independencia mediante la exigencia del respeto a las instituciones.  Andrés Manuel mandó al diablo las instituciones; se declaró presidente legítimo y candidato itinerante como medio para sus propósitos personales aun cuando pregone: “No lucho por cargos.  Busco redimir a millones de mexicanos”.  Es la definición más pura de la demagogia.

Juárez castigó con la pena de muerte a Maximiliano de Habsburgo, Miguel Miramón y Tomás Mejía por atentar en contra del gobierno juarista legítimamente establecido y López Obrador ya adelanta una amnistía a favor de la mafia en el poder que tanto critica, y la delincuencia organizada, cuando agravian la soberanía y la seguridad nacional.

Francisco I. Madero, después de la caída de Porfirio Díaz, se convirtió en símbolo de la democracia y Andrés Manuel ha sido proclive a la imposición reiterada de candidatos.  Convirtió al PRD y a Morena en partidos de caudillos.

Empezó con imponerse como candidato presidencial único en 2006, 2012 y en 2018.  Por decisión personal decidió candidaturas a gobernadores, senadores, diputados federales y presidentes municipales, cuyos mejores ejemplos son Claudia Sheinbaum en la Ciudad de México y los cuñados Adán Augusto López Hernández y Rutilio Escandón Cadenas en Tabasco y Chiapas, respectivamente.

Del nacionalismo de Lázaro Cárdenas nada identifica a López Obrador.  El “Tata” mandó al exilio  el maximato callista y López Obrador instauró en el PRD y en Morena el caudillismo arbitrario y populista.

En el inicio de campaña para gobernador de Chiapas, Andrés Manuel se dio cuenta tarde de que se equivocó de candidato con la imposición de Rutilio Escandón.  El rechazo a Escandón en Palenque, Ocosingo y San Cristóbal de las Casas fue absoluto y patético.

Cuando el 29 de abril, en San Cristóbal, López Obrador dijo: “Les encargo a Rutilio para que sea gobernador; no voy a ofender a nadie, pero necesito que Rutilio sea gobernador”, es el mismo tono mesiánico y unipersonal.  Yo necesito. Yo les encargo… A mí me conviene.  No existe en Andrés Manuel el orden institucional.  Todo es yo, yo y yo, en lugar de decir es la mejor opción para Chiapas.  Es en beneficio de los chiapanecos.

Sólo que con todo y sus 30 puntos de ventaja en Chiapas -según él-, López Obrador no esperaba el “no, no, no” unánime de rechiflas y abucheos de rechazo a Rutilio Escandón, como tampoco el grito de “ya cámbialo.” Si los mismos morenistas repudian esa candidatura, en población abierta, la aversión es de derrota anticipada, aun cuando las encuestas amañadas lo propongan como el favorito.

Otra vez el autoritarismo y la imposición.  Con el rechazo a Rutilio Escandón, López Obrador sentenció: “Nada de voto cruzado; esa es otra de las trampas de la mafia en el poder”, en otro atentado al voto libre y soberano.

Hay varias razones para cuestionar, severamente, esa candidatura.  Rutilio Escandón jamás fue considerado el mejor prospecto para Morena en Chiapas.  Siempre hubo el consenso de que el senador Zoé Robledo Aburto representaba la opción más competitiva.  Mejor tribuno; más preparado intelectual, ideológica y políticamente. La juventud y el carisma de Robledo Aburto en contra de la imagen deteriorada, hierática y raída de Escandón Cadenas.

En su discurso en el parque central de San Cristóbal de las Casas, textual dijo Rutilio: “Ahora sí vamos a hacer justicia”. No le queda.  En su paso como presidente del Tribunal Superior de Justicia de Chiapas dejó el tufo indeleble de la corrupción, sobre todo, a través de la mesa de reconciliación para liberar a peligrosos delincuentes.  Su brazo ejecutor, el tenebroso Ismael Brito Mazariegos, en funciones de secretario particular,  y del que en otra ocasión hablaremos, fue artífice de los más severos actos contrarios a la administración de justicia.

A diferencia de Zoé Robledo, Rutilio Escandón es candidato de ideas cortas y ambiciones largas.  En su discurso en San Cristóbal se atrevió a decir: “(…) votemos por todos los candidatos de Morena (…) para trabajar de manera democrática por el pueblo, para el pueblo y con el pueblo”.

Si Abraham Lincoln  -que Rutilio dice admirar, aunque no tenga ni idea de quién es- viviera le habría reclamado por fusilar sus palabras.  El plagio retórico fue extraído de uno de los discursos más sublimes y sentidos del gran antiesclavista.  Contiene una de las definiciones más puras, sencillas y perfectas de la democracia: “El gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”, pronunciado por Lincoln el 19 de noviembre de 1863, con motivo de la batalla de Gettysburg, Pennsylvania, y ahora trasladado a San Cristóbal de las Casas en un remedo de candidatura a gobernador.

Faltas 52 días para las elecciones.  “El Peje”, aunque no le guste, está, todavía, a tiempo de cambiar de candidato.  Ya se dio cuenta de que su sólo nombre no le alcanzará para ganar Chiapas. Y, al contrario, Escandón ya le restó adeptos.  AMLO sí; Rutilio no.  Ampliaremos…

 

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