AMLO no regañó a Muñoz Ledo

¿Cómo explicar que Porfirio venciera a su inmenso ego para darse la mano en público con Fernández Noroña y anunciara su reconciliación después de lo que se dijeron… y pensaron uno del otro?

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Sobran anécdotas para explicar por qué un presidente debe guardar sus emociones y cuidar su lenguaje en público y ante sus colaboradores. La abyección palaciega es tal que una sola palabra puede desencadenar consecuencias inimaginables.

Andrés Manuel López Obrador lo sabe, pero quizás sea conveniente que siempre lo tenga presente.


Ayer, después de agarrarse del chongo, hasta en dos ocasiones, en la sede de la representación nacional, Porfirio Muñoz Ledo y Gerardo Fernández Noroña fumaron la pipa de la paz.

Ya están en modo “amor y paz”, lo que, sin embargo, nada garantiza que en cualquier momento protagonicen otro penoso episodio.

Pero más allá de que Muñoz Ledo le venga grande a Fernández Noroña en los encuentros dialécticos, y que éste sea, quizás, el más rijoso de la representación nacional, lo que preocupa es la explicación del presidente de la mesa directiva de cómo fue que ya reina la paz entre ellos… por ahora.

Expresó que cuando Andrés Manuel López Obrador pidió a los diputados morenos que la lleven tranquilos, se dejen de escándalos y recuerden que ya no son oposición, “no nos regañó; habló, en serio, de que tenemos que dar, ya, la imagen de que somos poder”.

Creámosle a Porfirio, pero, en todo caso, ¿por qué Andrés Manuel podría regañar a los diputados aun sobrándole razones para hacerlo?

El presidente electo se ha esforzado en repetir, aquí y allá, que respetará la autonomía de los poderes de la Federación, pero los hechos demuestran que aun cuando él no dé línea, pareciera que los integrantes del Legislativo y Judicial se desviven por complacerlo.

Es probable que en este contexto no quepa la sorprendente resolución del Tribunal Federal Electoral (parte del Poder Judicial de la Federación) de dejar a Morena sin multa, como lo había determinado el INE, por el fideicomiso para los damnificados del sismo.

Pero ¿en dónde incluimos la votación, en el Senado, para arraigar en su escaño a Manuel Velasco para que el Congreso se beneficie de su sabiduría legislativa y la que, unas horas después, le permitió regresar a Tuxtla Gutiérrez a sacrificarse 3 meses más por los chiapanecos?

Y ¿cómo explicar que Porfirio venciera a su inmenso ego para darse la mano en público con Fernández Noroña y anunciara su reconciliación después de lo que se dijeron… y pensaron uno del otro?

Es indudable que en el caso del Trife, los magistrados se asustaron de la reacción de López Obrador, el 20 de julio pasado, ante la decisión del INE de multar con 197 millones de pesos a Morena, y eso que aún no era presidente electo, sino candidato ganador.

¿Cómo no asustarse con el mensaje? “Es una vil venganza. No existe ningún acto inmoral…”, escribió en su cuenta de Twitter, y el Trife reaccionó, contra todos los pronósticos, a favor del nuevo partido en el poder.

En el caso de la autorización a Velasco para regresar a Chiapas es imposible no asociar una segunda votación en el Senado con la cesión de 5 diputados del Partido Verde a Morena para que el partido de López Obrador tenga mayoría en la Cámara Baja.

Y cómo entender que, sin un “regaño” de AMLO, Porfirio dejara su ego en su oficina para “comportarse” como el presidente electo desea.

 

 

 

 

 

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