Amenazas, no dimes y diretes

Titular del Ejecutivo federal hace bien en ponerse al margen, no meterse en el proceso electoral sino hasta el primer día de julio próximo, cuando deposite su voto

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No concuerdo con el Presidente Peña Nieto; los medios de comunicación ya estamos enganchados en los “dimes y diretes” propios de la elección; él hace bien en ponerse al margen, no meterse en el proceso electoral sino hasta el primer día de julio próximo, cuando deposite su voto.

Los demás no compartimos su obligación constitucional; más aún, estamos obligados a engancharnos cuando un candidato amenaza al mandatario con llevarlo a la cárcel (eso sí, escudándose en la condicionante de que hubiese cometido actos graves de corrupción) y ese mismo aspirante presidencial es investigado por la PGR para comprobar si eventualmente participó en una trama corrupta cuya consecuencia sería (condicionado también a que Alberto Elías Beltrán tenga pruebas sólidas y se atreva a dar el paso decisivo) no estar en la boleta electoral.

¿Cómo no engancharse en los “dimes y diretes” si el candidato del PRI, José Antonio Meade, exhorta al panista a no esconderse atrás de cortinas de humo, es decir, utilizar su condición de candidato presidencial para evitar que la autoridad lo investigue?

Mientras el procurador en funciones, Elías Beltrán, no haga un movimiento concreto, se trate de un citatorio a Anaya o una declaración de que no se investiga su supuesta vinculación con Manuel Barreiro, los “dimes y diretes” continuarán en beneficio del candidato panista, que, se debe reconocer, es más ágil, habilidoso e histriónico que los priístas.

Al día de hoy, la actuación del procurador ofrece la impresión de no tener un caso sólido contra Anaya y de estar en busca de la prueba que le permita actuar sin riesgo de no convencer a la sociedad de que se trata de un montaje para bajar al candidato panista del segundo lugar en las encuestas y dejar el campo de batalla sólo para Meade y Andrés Manuel López Obrador.

Si la estrategia priísta fue mantener ocupado a Anaya defendiéndose sin tener la prueba definitiva de su supuesta vinculación con lavado de dinero, con la esperanza de obtenerla o confiando en que la pura puesta bajo sospecha de corrupción sería suficiente para convencerlo de bajarse del caballo, es el momento de despedir al estratega.

Pero parece que no es así, que hay mucho más que los meros dimes y diretes y que el procurador sí tiene un caso sólido y que todo se reduce a la toma de la decisión de llegar al final.

Pero mientras ocurre, Anaya mantiene ventaja en las encuestas sobre Meade, construye, a marchas forzadas, su imagen de mártir de la democracia y, en busca de mayor popularidad o de una cortina de humo (como la llama Meade) que le permita eludir a la PGR, levanta la mira y con dimes y diretes, sin nada sólido, amenaza al Presidente.

 

 

 

 

 

 

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