El debate dejó en claro que el PAN, las izquierdas y el Panal se equivocaron.
Ernesto Cordero y Marcelo Ebrard debieron ser los candidatos, en lugar de Josefina Vázquez Mota y Andrés Manuel López Obrador. La profesora Elba Esther Gordillo perdió tiempo entablando y rompiendo la alianza con el PRI; si Gabriel Quadri hubiese gozado de más tiempo, estaría disputando otras posiciones.
Cordero y Ebrard habrían ofrecido una mejor oportunidad para que los mexicanos sepamos, bien a bien, qué ofrecen, en realidad, los candidatos.
Lo de anoche fue la prolongación, acordada o no, de la alianza electoral de la izquierda con la derecha para detener el avance del PRI. Dio la impresión de que las cúpulas se pusieron de acuerdo, aunque lo nieguen. Para Josefina no existió Andrés Manuel, y para éste no estuvo aquella.
Y, la verdad, la estrategia no tuvo mayor resultado. Quizás con otros debatientes.
Pero el hubiera, como dice Vázquez Mota en su luminoso libro, es el tiempo verbal de los tontos. Lo cierto es que ella y Andrés Manuel son candidatos, y que Quadri entró casi a tiempo, pero para el debate.
Los ciudadanos no esperábamos mayor cosa del debate, pero los candidatos sí. Conforme a la encuesta de GEA-ISA, nada se movió: El priísta sigue muy lejos de la panista, y a ésta le pisa los tacones el izquierdista; Quadri no consigue, aún, sostener los 2 puntos que el Panal necesita.
Habrá que esperar al viernes, a Roy Campos, para saber si el debate, realmente, movió la percepción de los electores, pero sus números son tan previsibles como los de GEA-ISA: La diferencia entre los competidores se mantendrá a despecho de sus promotores, y la lucha continúa dándose por el segundo lugar, no por el primero.
Evidentemente, a partir del episodio de anoche, el PAN y las izquierdas deberán cambiar de estrategia porque, de lo contrario, el priísta se les va a escapar a mayor velocidad.
Al margen de los resultados que, anoche, se apresuraron a difundir algunos medios de comunicación, el debate dejó en claro que López Obrador está estacionado en el 2006 y que Vázquez Mota es experta como motivadora, pero que en la memorización de tarjetas para atacar no tiene mucha experiencia.
A menos que ocurra una desgracia, o que las cúpulas partidistas sean suicidas, ya no es posible cambiar de candidatos. Lo único que les queda es prepararse para el segundo debate, buscar más piedras, para arrojarlas a Peña Nieto, pero sobre todo mejorar el proselitismo.
El problema es el poco tiempo que resta; siete semanas parecen insuficientes para arrancarle a Peña Nieto los 15 o 20 puntos que lleva de ventaja sobre el segundo lugar.
Es posible que, para el segundo debate, el PAN y las izquierdas unan, de nueva cuenta, sus fuerzas para acorralar al PRI, pero por ahora debemos congratularnos de que el gobierno no cayera en la tentación de usar a la PGR y a la Secretaría de Seguridad Pública para incidir en el debate.
Sin embargo, le queda una segunda oportunidad.
