A cinco años del crimen que marcó a la izquierda

Demasiadas vueltas; demasiados expedientes; detenidos, liberados. Demasiadas palabras, estrategias, intervenciones.  Demasiados deslindes. La verdad, ¿por qué los culpables no levantan ya la mano?

Compartir:

Para muchos, el tiempo es la verdadera losa que sepulta las investigaciones cuando éstas han sido manipuladas, manoseadas, tratadas con desdén político, sesgo, descuido y hasta soberbia por quienes las encabezan.

Así, cada día, cada semana, mes, año, que transcurre, son un triunfo para el olvido, paredes que se atraviesan en el esclarecimiento de fechorías sin escrúpulo.

El de los normalistas de Ayotzinapa, ocurrido entre el 26 y 27 de septiembre, es uno de esos casos. Este jueves se cumplen cinco años de un hecho que parece ocurrió ayer. Tan fresco por su inverosimilitud.

¿Quién es el genio que está haciendo posible lo imposible?

Ocurre todos los días en las miles y miles de investigaciones que cada estado de la República acumula. No dar con un cuerpo desaparecido, pero ¿no tener una idea concreta de dónde quedó un grupo de 43?

Vaya, no cabe duda que el crimen tiene la contribución de mentes mucho más hábiles que superan las de los que, se supone, están preparados al estilo Sherlock Holmes, con brillantez deductiva, y que  laboran para las fiscalías y ministerios públicos.

Históricamente, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, en 1994, es uno de esos casos en el que los vericuetos judiciales, combinados con los políticos, llevaron la investigación a un callejón sin salida, a un laberinto. Y en el que el mejor resultado fue la confusión.

Porque a la fecha, aunque exista una persona encarcelada (Mario Aburto) y una versión que cerró el expediente (su “verdad histórica”), nadie se traga la trama del asesino solitario ni admite, con certeza, que el encarcelado sea el culpable.

Los otros grandes casos son los de los crímenes de 1968 y 1971, envueltos en tufos de ideología política más que en traiciones partidistas o colusiones narcopolíticas. En estos, sin embargo, no hay duda de los culpables o de los involucrados intelectualmente. Porque, además, al contrario del de Colosio y el de los 43 normalistas, hubo una voz que admitió “el culpable soy yo”.

El ataque, sin resolver, del 2014 contra estudiantes de la Normal “Isidro Burgos” tiene pocas direcciones aparte de las ya conocidas hasta ahora, pero desechadas y criticadas. Y creo que la única es que, por angas o mangas, aparezcan evidencias de que el Ejército participó en los hechos no sólo tratando de hacerse a un lado, como se sabe hasta ahora.

Así, la responsabilidad (al menos para resolver el caso) seguirá siendo federal, como, increíblemente, el gobierno de Enrique Peña Nieto lo admitió desde un principio, como un asunto únicamente suyo, y, entonces, los salpicados directos desde los minutos de la agresión seguirán a salvo.

Por más cosmética que haya utilizado la entonces Procuraduría General de la República y adoptado, para su resolución final, el fastuoso título de “Verdad Histórica”, creo que el resultado de Jesús Murillo Karam es, hasta ahora, el de mayor posibilidad.

El actual Gobierno Federal tiene enfrente una gran disyuntiva porque si algo rodeó el caso, como dije, y como todo mundo sabe, fue que el entorno político, en el lugar de los hechos, era de Izquierda. Que el ambiente electoral cercano era de Izquierda. Que la entidad, capital e Iguala, eran gobernados por la Izquierda. Que los vínculos ideológicos entre quienes, se supone, frenaron la llegada de los normalistas a Iguala y miembros de partidos y grupos de Izquierda (PRD, PT, Movimiento Ciudadano y el incipiente Morena) eran cercanos. Que, además, hay versiones, establecidas en los oficios de investigación, que ligan a algunos con los grupos criminales que operan en la zona.

En los primeros meses, aunque después se fue diluyendo, el caso dio en la cara, directamente, al PRD, lo que provocó, en parte, la renuncia, a la presidencia nacional del partido, de Carlos Navarrete, quien cumplía un año y un mes en el cargo. Había pasado mes y medio del secuestro y desaparición de los jóvenes y el partido estaba en el centro de la polémica. Navarrete dijo haber cumplido una etapa de “gran intensidad… y turbulencia”, y que “dormirá tranquilo”.

Como el pecho del Presidente López Obrador, que “no es bodega”, y  ni el mío ni el de nadie debe serlo, entonces, voy a repetir, por enésima vez, las palabras de Roger Bartra (“La Jaula de la Melancolía”, “El Reto de la Izquierda”, “Las Redes Imaginarias del Poder Político”, “La Democracia Fragmentada” y otros libros), publicadas, en un artículo suyo, en el periódico El País un año después de los sucesos de Ayotzinapa:

“Lo que hubo hace un año (hoy hace cinco*) fue una trágica confrontación entre el activismo de extrema izquierda de los estudiantes y la extrema putrefacción de las autoridades de Iguala. Yo creo que el resultado de eso es que los estudiantes fueron asesinados. Es una realidad que tarde o temprano hay que aceptar. Fue un asesinato de narcotraficantes apoyados por policías municipales, y eso es lo que los grupos de extrema izquierda no quieren aceptar por razones políticas”.

Y esta parte de otro publicado en 2018 en el periódico Reforma:

“Las ruinas de la Izquierda mexicana pueden ser excavadas también en las ramificadas y heterogéneas corrientes infrarrealistas, un conjunto de expresiones ideológicas que incluyen al EZLN, a los estudiantes de Ayotzinapa y a una infinidad de grupos ultraizquierdistas que pululan en el subsuelo de la política”.

Hoy, en el quinto aniversario de otro acto de barbarie, de esos que han empañado a México, habrá marchas, protestas, discursos, posicionamientos, promesas, abrazos, pero también rostros de hipocresía.

Persistirá todavía, no sabemos hasta cuándo, la necesidad de quienes no terminan de lavarse la cara.

¿Qué esconderá tanta palabrería?

 

[email protected]

@RobertoCZga

[email protected]

 

 

 

 

 

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...