800 días: La última llamada

Responsabilidad histórica evitar que un simple cigarrillo lanzado en una pradera seca se convierta en una gran conflagración

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Demanda de que titular del Ejecutivo federal renuncie es una convocatoria a la anarquía

En alguna ocasión, el Lic. Raúl Salinas, quien había desempeñado el cargo de secretario de Industria y Comercio en el gobierno del presidente López Mateos, me relató el siguiente episodio: “Me encontraba con el Presidente en su casa de San Jerónimo cuando entró de manera intempestiva su secretario particular para informarle acerca de la inesperada visita del embajador norteamericano, Thomas C. Mann, quien afirmaba tener un mensaje urgente del Departamento de Estado norteamericano. Con cierta extrañeza, reflejada en su rostro, el Presidente me dio instrucciones de permanecer en el despacho, en un sillón instalado en un extremo de la oficina, mientras él recibía, de pie, al  imprudente diplomático”.

“Al ingresar el embajador se apresuró a extender sus más amplias disculpas por lo inopinado de su presencia, conducta que justificó con el argumento de la gravedad del asunto. ‘Tengo instrucciones de mi gobierno de informarle lo siguiente: Hace menos de cuatro horas se apersonó en mi oficina el Lic. Virgilio Garza, representante legal del recién creado Consejo Mexicano de  Hombres de Negocios, para hacerme entrega de la siguiente misiva, destinada al presidente Kennedy. Se trata de una solicitud al gobierno estadounidense para pedir su intervención de todo género, a efecto de impedir la implantación de un régimen socialista en México, similar al de Cuba. En calidad de pruebas irrebatibles (¿?) de tan cuestionable  intención ofrecían las acciones como la nacionalización de la industria eléctrica, los libros de texto gratuitos y obligatorios, la creciente influencia de la banca de desarrollo, etcétera. De inmediato le hice hacer al Departamento de Estado contenido de esta misiva y recibí la instrucción de ponerme en contacto con usted para informarle de este asunto tan delicado’.

“El Presidente López Mateos, con frialdad, agradeció la entrega de la copia del documento y extendió su mano en señal de despido. Tan pronto se cerró la puerta del despacho presidencial arrojó el documento sobre su escritorio y comentó socarronamente: ‘Los americanos no desisten de seguir interviniendo en asuntos nacionales. Ya veremos’”. Eran otros tiempos, remató Don Raúl.

En efecto, eran otros tiempos, pero eran otro tipo de políticos. Integraban gobiernos decididos a ejercer el poder con determinación e intransigencia; a veces con exceso, pero tenían una gran virtud: Estaban aferrados a un sentimiento nacionalista. Enfrentaban con serenidad la embestida de la plutocracia eclesial y empresarial del PAN; esquivaban con firmeza las presiones del Capitolio y la Casa Blanca, al extremo de rechazar la pretensión de expulsar a Cuba de la OEA; combatían con energía los intentos golpistas del Gral. Gasca y otras expresiones extremistas; promovían nuevas instituciones de fomento y sembraban escuelas en todo el territorio nacional; acotaban las presiones empresariales contrarias al gobierno “de izquierda dentro de la Constitución”, promotoras de la campaña “comunismo no; cristianismo sí”.

¿Por qué no prosperaron estas intentonas de desestabilización política? Como ocurre en todas las sociedades, diversas organizaciones actúan para derrocar  dirigentes, pero imperó la fuerza moral de las instituciones y la laboriosidad de los dirigentes políticos. Pese a sus errores, omisiones y excesos, eran gobiernos que sabían ejercer el poder, provistos del apoyo moral y político de la inmensa mayoría de la sociedad.

Los reclamos al Presidente Peña de su renuncia son signos de descontento de una sociedad, pero esa demanda no cuenta con una gran apoyo popular porque inspira temor justificado; es una convocatoria a la anarquía. Recuérdese que no fueron los gritos callejeros los que indujeron al Gral. Díaz a renunciar, sino la toma de Ciudad Juárez, el inicio inevitable de un gran enfrentamiento social. Es una responsabilidad histórica evitar que un simple cigarrillo lanzado en una pradera seca se convierta en una gran conflagración.

A efecto de superar este clima de repudio y desencanto, el gobierno debe olvidarse de usar los spots publicitarios como explicación simplona, como justificación boba, de sus actos; en su lugar precisa reconocer  -y corregir- sus fracasos: Seguridad, energía, educación y moralización. Con laboriosidad reconocible debe colocarse por encima de los mercaderes financieros de la política y comenzar a actuar con audacia y energía, como paladín de las exigencias de una sociedad harta de agravios y promesas incumplidas.

Quedan apenas 800 días, plazo largo o breve, según el sentir presidencial, pero, en todo caso, es el momento de la última llamada.

 

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