6 años no bastan para transformar al país, ¿habrá reelección?

Apenas llevamos 100 días y el Cuarto Transformador mantiene niveles de reconocimiento y credibilidad como nadie antes en la historia del país. Ha dicho que no quiere reelegirse y está dispuesto a firmarlo, pero su estrategia parece diseñada en su conjunto con ese propósito

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Hoy es el gran día y no por la efeméride de la Expropiación Petrolera.

El viernes pasado el Presidente López Obrador hizo la que quizá podría ser la promesa más importante de la Cuarta Transformación (4T); la trascendental, la que, de incumplirse, cambiaría el rumbo del país y lo relegaría al sótano de la historia, a las peores páginas de los libros de texto: “No me reelegiré…”

Si cumple, y no hay por qué desconfiar de la promesa de un Presidente, en la conferencia de prensa mañanera de este lunes firmará su compromiso solemne ante los periodistas.

Todos estaremos pendientes del momento en que Andrés Manuel destruirá la tesis de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (‘Cómo mueren las democracias’ -Ariel-) en el sentido de que paradójicamente la democracia es la peor enemiga de sí misma, pues se da muerte a base de votos.

Casi nadie tomó la palabra el viernes al Presidente; la opinocracia prefirió mantenerse alejada del tema y prefirió sumirse en los debates cotidianos con los que nos mantiene distraídos, imagino que por ser creencia generalizada que, más allá de su negativa, nos engaña con la verdad; es decir, en la agenda de López Obrador sí está la reelección y cada uno de sus pasos tiene una motivación, su permanencia en la Presidencia, como los que en su momento dio con extremada maestría y frialdad el segundo transformador, Benito Juárez.

En este contexto, y no en el de su generosidad personal ni en el nuevo enfoque de los programas sociales, está la repartición de dinero sin intermediarios a los grupos más vulnerables de la sociedad, sin importar que para conseguir las cantidades ingentes de recursos que ya se regalan, recorte todo tipo de programas aduciendo, como siempre, que lo hace para evitar corruptelas.

O la designación de súper delegados en las entidades federativas para reducir a casi cero la importancia de los gobernadores.

Incluso el recorte de prerrogativas que herirá de muerte a los ya moribundos partidos de oposición.

O el asedio al Poder Judicial de la Federación a base de acusaciones de corrupción, disminución de emolumentos y ocupación de vacantes en el más alto tribunal del país con personas incondicionales, ligadas a él por militancia partidista o amistad.

Y ¿qué decir de la destrucción de los organismos autónomos reguladores asaltados por ignorantes cuyo mérito único es la lealtad a ciegas a un proyecto político?

En el mismo sentido se interpreta el desmedido poder otorgado a las Fuerzas Armadas que, después de ser satanizadas en campaña, se han convertido en soporte fundamental del régimen; han sido favorecidas en materia presupuestal; será suya la Guardia Nacional, pese a los ropajes de civilismo, y le será obsequiada la construcción y administración de lo que será el aeropuerto de Santa Lucía, como en los predios de Santa Fe. Esto, sin contar la aún inexplicable decisión de otorgarle la concesión de adquirir transportes, distribuir combustible y contratar choferes en plena guerra contra el huachicol.

El repentino amor a la Marina y al Ejército es sospechoso, lo menos. Si esto reciben, sin pedir, que se sepa, habrá que ver qué más quieren los uniformados y qué disposición hay de dárselo y a cambio de qué.

Pero, sobre esto y mucho más, destaca el  empecinamiento presidencial en colocar su fotografía en la boleta electoral de 2021 so pretexto de la aprobación de la revocación de mandato, un recurso ciertamente valioso en democracia para castigar al mal gobernante que, sin embargo, en nuestro contexto encubre una estrategia genial: usar su inigualable y creciente popularidad para que Morena mantenga a la mitad del sexenio el control de la Cámara de Diputados, no sólo en las votaciones que se resuelven con la mitad más uno, sino en las constitucionales que, como revocación y reelección, requieren las dos terceras partes de los legisladores presentes.

La clave estará en el control de la Cámara Baja, dado que la exigua oposición en la Cámara de Senadores cada vez se muestra más débil y sumisa ante el Ejecutivo. Se antoja imposible que durante todo el sexenio los padres de la patria del PAN, PRI, PRD y Movimiento Ciudadano se mantengan cohesionados monolíticamente ante las estrategias de López Obrador. Tarde o temprano, en especial algunos priístas, negociarán y entregarán sus votos o ausencias, que para el caso será lo mismo. Lo traen en su ADN.

 

SOBRAN LOS SARGENTOS PIO MARCHA

Lo juro por la cruz: quiero creer que López Obrador es sincero cuando dice que no se reelegirá y que igualmente lo será cuando firme el compromiso de no hacerlo.

En mi pueblo la firma sale sobrando, basta con la palabra porque ésta se garantiza con la vida, pero en el altiplano el papelito habla.

Más allá de romanticismos pueblerinos, será bueno tener el documento cuando, como decían los viejos priístas, el pueblo en masa acuda a la casa de López Obrador a rogarle sacrificar 6 años más de su vida y él sólo pueda decir que, pese a lo que prometió y firmó, a su edad y a que desea pasar tiempo con su familia, lo suyo es servir al pueblo que le exige un sacrificio adicional.

Cualquiera sabe que sobran los sargentos Pío Marcha, como el que recorría las calles de la Ciudad de México exigiendo declarar emperador a Agustín de Iturbide que finalmente se rindió a la súplica del pueblo al que no quiso ofender con una negativa.

Cuando esto ocurra, como ocurrirá porque, sin duda, se necesitarán más de 6 años para que sus adversarios renazcan o él pierda el magnetismo que ejerce sobre la población (además de que no hay en Morena a quien le queden sus zapatos o pueda sentarse en su silla, de tal suerte que la 4T tenga el mínimo de garantía de que llegará a buen puerto), será interesante la reacción del Presidente ante el ruego popular.

Creo que no le quedará de otra que ceder a la súplica de un pueblo que, acostumbrado a estirar la mano y recibir, sin él se sentirá desvalido.

Entonces será llegado el momento de rescatar el papelito que este lunes será debidamente rubricado, si no hay cambio de agenda, para recordarle que un viernes 15 de marzo dijo creer firmemente en la máxima del sufragio efectivo y la no reelección.

Confío en la generosidad de Dios y la vida para poder presenciar y relatar el momento decisivo de un país que con sangre acabó con la reelección de los individuos, aunque después permitió la de un partido renovando los mandos nacionales cada 6 años.

Desde Francisco I. Madero no se daba el fenómeno de una elección abrumadora como la que entronizó a López Obrador. Sin embargo, “El Apóstol de la Democracia” no requirió de mucho tiempo en el poder para sufrir la deserción de sus apoyadores, como Emiliano Zapata, por la imposibilidad de dar cumplimiento a sus expectativas, así como  ser víctima de la conspiración de la embajada norteamericana con un militar mexicano ameritado, pero enceguecido por la ambición y el alcohol, que creyó salvar a la patria de un alucinado que tomaba decisiones después de platicar con Juárez y su hermano a través de la guija.

En contrario, apenas llevamos 100 días y el Cuarto Transformador mantiene niveles de reconocimiento y credibilidad como nadie antes en la historia del país. Ha dicho que no quiere reelegirse y está dispuesto a firmarlo, pero su estrategia parece diseñada en su conjunto con ese propósito.

No tendrá que vivir mucho tiempo quien quiera presenciar y tomar partido en la más grave disyuntiva que se le presentará al país en el primer cuarto del Siglo XXI, cuando nuestra democracia, como todas, esté en riesgo.

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