‘2018: La Tormenta y El Timonel’

Quienes aspiren a imponerse en la contienda política que se avecina deben, desde ahora, trabajar para convencer al electorado

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La economía global no emerge, cabalmente, del agudo periodo de inestabilidad desatado por la gran crisis financiera que se hizo visible, por primera vez, en el 2008 cuando de nuevo parece enfrentarse a la ominosa amenaza de un colapso financiero y económico de proporciones aún mayores, incluso potencialmente catastróficas. En lo inmediato, el detonador de un nuevo episodio recesivo de alcance mundial es la acumulación excesiva de deuda soberana de Estados Unidos y de diversas naciones de la zona del Euro. Las ramificaciones del problema y la dificultad para encontrarle salidas oportunas, debido a la tardanza para alcanzar los acuerdos políticos necesarios, y a las políticas chauvinistas de “masiosare” Trump, amenazan con afectar, incluso, a las más pujantes de las economías emergentes. Hasta China, todavía el más poderoso motor del crecimiento global, ha tenido que revisar, de nuevo, a la baja sus metas de crecimiento para el 2018

Todo esto significa que en México, el proceso electoral constitucionalmente previsto para elegir, en julio del año próximo, a los titulares del Ejecutivo y del Legislativo federales probablemente habrá de ocurrir en medio de un agudo periodo de severa inestabilidad financiera y económica, cuyas consecuencias previsibles, tales como mayor desocupación, presiones inflacionarias, especulación cambiaria, contracción del crédito y de la inversión, etcétera, sólo vendrán a complicar un clima de incertidumbre, descontento social y violencia ya de por sí amenazante para la paz, la integridad y la soberanía del Estado mexicano.

En esos comicios, el electorado mexicano, al que las complicaciones de la prolongada transición a la plena democracia, la expansión de las clases medias y la explosión de las redes digitales, entre otros factores, han vuelto cada vez más informado y crítico, habrá de juzgar, sin contemplaciones, la inteligencia, la madurez y el compromiso con el interés superior de la nación que, en medio de la crisis y de la contienda política, demuestren en los hechos, y no sólo en el discurso y la propaganda, todos los actores políticos: Los gobernantes en turno, los partidos, los candidatos, los medios, el INE, etcétera. Está de sobra demostrado que en su inmensa sabiduría colectiva -recuérdese la conocida “ley de los grandes números”-, el electorado jamás se equivoca: Un proceso electoral relativamente participativo, transparente, y conforme a las reglas previamente establecidas, siempre consigue producir un resultado que, con un grado aceptable de legitimidad, refleja el consenso de las preferencias nacionales. Los actores políticos que decidan ignorar esta gran verdad, probada y demostrada, una y otra vez, por la ciencia política contemporánea, lo hacen a su propio riesgo.

En medio de la tormenta que se avecina, lo que la nación mexicana va a buscar en las próximas elecciones federales será, sobre todo, a un “Gran Timonel” que al frente de un gobierno legítimo y fuerte, y acompañado de un equipo político, financiero y económico creíble y competente, a la vez que apoyado por un Congreso que permita una gobernabilidad ágil y de largo aliento, consiga sortear la crisis global, manteniendo incólumes la integridad y la soberanía del Estado mexicano. Y que una vez pasada la emergencia disponga de ideas y equipo capaces de remontar, sin demora, la inestabilidad y poner a México en la senda del crecimiento rápido, sostenido e incluyente, en ruta hacia la prosperidad democrática. El tiempo se acorta. Quienes aspiren a vencer en la contienda política que se avecina deben, desde ahora, trabajar para convencer al electorado, cuya preferencia aspiran a obtener. Quien aspire a ser ese “Gran Timonel, que la  probable tormenta demandará, debe ya, en su conducta pública, en sus hechos y no sólo en sus dichos, haber probado que puede serlo. Y los dirigentes de los partidos políticos nacionales deben, desde ahora, estar atentos a los dichos, pero sobre todo a los hechos, de los aspirantes a las candidaturas si aspiran a vencer en las urnas y, en algunos casos, a conservar sus registros y privilegios. No hay margen para la demagogia irresponsable o las promociones personales en la TV y otros medios. Las urnas pasarán la implacable factura.

 

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