2018 año de selecciones

De desear que se hagan con seriedad y con responsabilidad; fundamental desechar espejismos, resentimientos y egoísmos

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Juana de Arco decía que elegir a veces incomoda, a veces molesta y a veces duele

El inicio de un nuevo año es época propicia para la remembranza y para la reflexión acerca del porvenir. Para apreciar las circunstancias de nuestro propio acontecer. Para determinar que lo que nos sucede, lo que nos afecta y lo que nos aprovecha es real y tangible. Que no somos los espectadores de nuestra propia vida, sino los actores protagónicos, nos guste o no. Y que debemos apartarnos de ese Síndrome de Atlántida que suele inducirnos a pensar que nuestra vida colectiva está sucediendo en otro lugar, en otro tiempo y en otra dimensión, cuando en realidad está sucediendo aquí, ahora y a lado nuestro. ¡Vamos!, que nos está sucediendo a nosotros mismos.

Sin embargo, pareciera que los tiempos cobran un dinamismo insólito. Que acontecen más fenómenos en lapsos menores. Que existe un vértigo de sucesos que nos aturde y nos impide ver con claridad y razonar con plena lucidez. En fin, que tenemos frente a nosotros un cúmulo de decisiones por tomar y, para nuestro mal o, por lo menos, para nuestra incomodidad, tenemos que decidir sobre innumerables cuestiones ineludibles para el porvenir de nuestra vida individual y colectiva. Quizá por eso decía Juana de Arco que elegir a veces incomoda, a veces molesta y a veces duele.

Una de las muchas leyendas del origen mexica nos cuenta que nuestros ancestros prehispánicos tuvieron un asiento originario en algún sitio del actual estado norteamericano de California. Por razones desconocidas emigraron en busca de un nuevo asiento, donde lograrían esplendor y grandeza. Cuenta la leyenda que fue un mandato místico. Así se dio una hégira que habría de  durar 80 años, según dicen algunos.

En su peregrinar hacia el sur aparecieron opciones y, con ello, el imperativo, muchas veces doloroso, de selección. Algunos bordearon el litoral del Pacífico, se beneficiaron de los ríos que forman la vertiente occidental, encontraron la bondad climática del altiplano y llegaron al Anáhuac, donde fueron señores y dieron orgullo y nombre a la nación.

Otros, por el contrario, se internaron en la península de Baja California y, creyendo transitorio el desierto, fueron adentrándose cada vez más en lo que histórica, geográfica y literalmente les resultó ser un callejón sin salida.

Las decisiones de ambos grupos carecieron de información y el destino les deparó fortunas distintas. No siempre los seres humanos tenemos la clara conciencia de la trascendencia que pueda tener en la vida individual o colectiva la toma de decisiones que en apariencia resultan simples.

En el año que comienza, los mexicanos tendremos que realizar diversas operaciones de selección. Algunas colectivas y otras individuales, aunque generalizadas.

Los partidos políticos seleccionarán estrategias y la composición del futuro Congreso. Los aspirantes habrán de seleccionar sus tiempos y estilos de contienda. Los  candidatos seleccionarán equipos y ofertas electorales. Los sectores políticos seleccionarán entre unidad o cisma. Los sectores productivos entre solidaridad o discordia. Las bancadas congresionales entre gobierno o anarquía. Los comunicadores entre orientación o extravío. Los gobernantes entre seriedad o farsa. Los ahorradores seleccionarán instrumentos. Los especuladores seleccionarán ingenuos. Los apostadores seleccionarán quinielas.  Las amas de casa, la forma de integrar una canasta. Los estudiantes una opción de desarrollo. Los profesionistas una vía de realización. Los patriotas la forma de mejor proteger a México. Y los tránsfugas, como lo hacen siempre, seleccionarán su nuevo país.

Las sociedades convulsas tienen el deber de instalar sus instrumentos de medición. Como si se tratare de un avión, gran parte de la seguridad del vuelo depende del tablero de indicadores. De la brújula, del altímetro, del velocímetro, del barómetro, del termómetro, del amperímetro, del tacómetro y, desde luego, del radar. Son dos los elementos esenciales de la cabina: Los indicadores y los mandos. Su nombre los explica con toda claridad. De los mandos de una sociedad me ocuparé en próxima entrega. Por hoy me atendré a los indicadores.

En la actual sociedad mexicana son muchos los posibles indicadores. No todos son fieles, y no todos son eficaces, pero cada quien decide por su preferido para, a través de él o ellos, resolver lo que acontece y obtener sus propias ecuaciones y resultantes. Algunos, con buen tino, piensan que el Congreso es un buen indicador. Otros, ingenuos, creerán que lo es el discurso político. Hay quienes, experimentados, buscan indicación en el fondo de los medios de comunicación. Los que especulan acuden a la orientación de las cotizaciones de mercado. Los tímidos en sus gurús. Los modernistas en las encuestas. Los obedientes en sus jefes. Los tránsfugas en el extranjero. Los místicos en la adivinación. Los románticos en la historia. Los babosos en el rumor. Los creyentes en su dios. Los ricos en su contador. Los pobres en su quincena. Y los muy pobres buscan comida, no indicadores.

Quienes han logrado encontrar sus indicadores idóneos sabrán, sin margen de error, lo que va a pasar, cuándo va a pasar y cómo va a pasar. Esa es la cualidad esencial de los grandes estadistas, quienes tienen tres ojos o una triada de ópticas. La vista para ver lo que pasa. La visión para ver lo que va a pasar. Y la videncia para ver lo que los demás no podemos ver y que conocemos con el simple y enigmático nombre de destino.

Es de desear que todas las selecciones que tengamos que hacer se realicen con seriedad y con responsabilidad, desechando espejismos, resentimientos y egoísmos. Si lo hacemos con sensatez habrá, como en nuestra leyenda, señorío y orgullo. Sin ella sólo tendremos por delante el desierto sin salida.

 

 

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