20 años después, AMLO a nadie engañó; sigue siendo aquel

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No recuerdo si descubrí a Andrés Manuel López Obrador cuando auxiliaba a Marcelo Ebrard para que Manuel Camacho impresionara a Carlos Salinas con su capacidad de negociación, como ocurrió en enero de 1992, en ocasión de la firma de la paz salvadoreña en el Alcázar del Castillo de Chapultepec.

El Presidente vivía la paradoja de que la paz entre el gobierno y guerrilla salvadoreña se firmaría en la capital del país que gobernaba tomada por unos 500 tabasqueños que, con López Obrador al frente, el 20 de noviembre de 1992 iniciaron una marcha desde Villahermosa en protesta por fraudes electorales cometidos contra perredistas de aquella época.

Los marchistas llegaron al Distrito Federal el 11 de enero de 1992 y tomaron la Plaza de la Constitución vitoreados por unos 30 mil perredistas que les brindaron su apoyo. Al día siguiente, la Secretaría de Gobernación resolvió el conflicto mediante las llamadas concertacesiones puestas en boga por el jefe del DDF: en Cárdenas y Nacajuca, por ejemplo, se formaron gobiernos de coalición PRI-PRD.

Con aquel “Éxodo por la democracia”, López Obrador ganó fama nacional inaugurando un nuevo tipo de político que aún hoy se siente más cómodo en la calle al frente de las masas populares que haciendo trabajo en las burocracias partidistas o en los salones de gobierno; Salinas pudo ser anfitrión de quienes decidieron acabar con la guerra civil salvadoreña; Camacho convenció al Presidente de su capacidad de negociación y se fortaleció la amistad de Marcelo Ebrard con el ahora mandatario nacional.

EL LIDER SOCIAL

A partir de entonces fue imposible dejar de observar a López Obrador; ya era un líder social, diferente incluso a Cuauhtémoc Cárdenas.

Cuatro años después, el 19 de febrero de 1996 la PGR inició acción penal en su contra como responsable de daño en propiedad ajena, sabotaje, conspiración contra el consumo y las riquezas nacionales, asociación delictuosa y oposición a que se ejecute alguna obra o trabajo público, a causa de la denuncia penal presentada por Pemex por protesta, marchas, plantones, cierres carreteros y, sobre todo, por el bloqueo de los pozos petroleros El Castaño, ubicado en el municipio de Cárdenas, el Zen, de Nacajuca, el Centla y Escuintle 2001.

Según el director de la paraestatal, Adrián Lajous, la movilización encabezada por López Obrador el 29 de enero de 1996, y que duró 12 días, provocó cuantiosas pérdidas. El 9 de febrero, cinco operativos del Ejército Nacional con policías judiciales federales, estatales y municipales detuvo a 53 personas. El líder huyó con Héctor Muñoz Ramírez, Tomás Brito Lara, Adán Ruiz Martínez, Elman Córdoba Hernández, Vicente Oropeza Oropeza, Felipe Escudero Avila y Jorge Hernández Martínez, y manejaba la estrategia política y mediática desde su domicilio particular.
Andrés Manuel dijo que no se ampararía en contra de las órdenes de aprehensión en su contra y no lo hizo. Ya desde entonces era acompañado por Auldárico Hernández Gerónimo y el diputado federal Octavio Romero Oropeza, hoy director de Pemex.

Poco después, su movimiento de resistencia civil venció al gobierno y el juez de la causa no obsequió las órdenes de aprehensión solicitadas contra él y Tomás Brito Lara, Adán Ruiz Martínez, Vicente Oropeza Oropeza, Felipe Escudero Avila, Jorge Hernández Martínez, Héctor Muñoz Ramírez y Elman Córdoba Hernández.

De entonces, cuando exigía indemnización por presuntos daños ocasionados por Pemex a tierras de cultivo, se recuerdan sus palabras: “No voy a huir, tampoco me ampararé, si quieren detenerme aquí los voy a esperar. Estoy sereno, esperando cualquier decisión; estoy dispuesto para el momento que me toquen la puerta, ya saben dónde vivo”.

Cuatro años después, convertido en figura nacional sería candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad de México sin cumplir los requisitos para ser elegible. Recuerdo haber presenciado los movimientos del operador que cumplió la orden de Ernesto Zedillo de allanarle el camino. El Presidente le tenía simpatía: “somos iguales –decía—los dos empezamos desde abajo”. Y ganó las elecciones.

Antes de asumir el mandato, el 17 de septiembre del 2000, Enrique Sánchez Márquez lo entrevistó para IMPACTO. Era evidente que iniciaba su carrera por la Presidencia de la República, pero su mayor obstáculo era el empecinamiento de Cuauhtémoc Cárdenas que lo intentaría hasta en 3 ocasiones, pero ya entonces, aunque no hablaba de la Cuarta Transformación, estaba en su mente lo que ahora como Presidente es su plan fundamental de gobierno.

Desde luego la lucha contra la corrupción: “no podemos permitir la corrupción. No vamos a tolerarla más. Cero tolerancia … y va en serio, no me va a temblar la mano… no habrá ningún grupo con privilegios, no vamos a permitir mafias de ningún tipo…”

Austeridad: “se acabarán los lujos: los sueldos de los funcionarios disminuirán en 30 por ciento y los gastos de representación en 70 por ciento, además que no habrá secretarios particulares ni ayudantes”.

En sus planes estaba crear 16 escuelas preparatorias y la Universidad de la Ciudad de México. Todo se hará con “una mejor recaudación… permitirá un aumento considerable a la Secretaría de Salud… 300 por ciento en educación, de 200 por ciento en Desarrollo Social. La prioridad será la salud, el combate a la pobreza, la vivienda y la seguridad pública”.

No habría nuevos impuestos: “tenemos una efectividad en recaudación muy baja; sólo paga el 75 por ciento de los que deben pagar el impuesto a la nómina; el 65 por ciento paga el agua y el 48 el impuesto predial… que nos ayuden que paguen las contribuciones. Entiendo que antes no se hacía porque se tenía la idea, con razón, de que si se pagaba el impuesto, sólo era para que se robaran el dinero”.

Ya entonces tenía como divisa la revocación de mandato: “que cada dos años se haga un referéndum para conocer los alcances del gobierno y cuando se falle se revoque el mandato”.

Y también de la importancia de la familia en la lucha contra la delincuencia. “En mucho es producto de la pobreza de la desintegración familiar. La vamos a enfrentar atendiendo las causas, vamos a ir casa por casa, familia por familia, detectando problemas de adicciones en los jóvenes incorporando a los jóvenes al trabajo, a la educación, a la cultura y al deporte. La institución que más educa, que más principios morales imprime, es la familia”.

Ya entonces estaba convencido de defender “con intensidad a Pemex y a la industria eléctrica para evitar su privatización, bajo la premisa de que no siga avanzando el proyecto neoliberal”.

Lo de no vivir en Los Pinos no fue novedad.

La administración de Rosario Robles convocó a concurso para construir en La Casa de las Ajaracas, un predio ubicado en la esquina de Guatemala y Argentina, en el centro de la capital de la República, lo que sería la residencia del jefe de Gobierno de la Ciudad de México. López Obrador simplemente contestó: “No me voy a mudar, no voy a cambiar de casa. Voy a seguir viviendo en mi departamento de Copilco”, como hoy que es Presidente.

EL HOMBRE DEL FUTURO

En la presentación del reportaje, IMPACTO hablaba del “Atila que viene del sur, tumor para Fox” y subtituló: “Andrés Manuel, la venganza de los pobres”.

Era evidente que su misión auto impuesta era arrasarlo todo y no dejar piedra sobre piedra de la clase política y de las instituciones.

Nos preguntábamos que podría hacer López Obrador con la Ciudad de México: “Si pudiera con ella, además de atender las demandas populares, lo convertiría en el hombre del futuro. Por hoy sólo es posible desearle suerte y esperar a que lo que parece una gigantesca ingenuidad sea en realidad la salvación de la ciudad más grande del mundo que, insaciable como es, ya se tragó, a Cuauhtémoc Cárdenas”.

Decía que Andrés Manuel “viene a ser un soplo de esperanza para los chilangos. Cuauhtémoc lo fue, pero sus aspiraciones presidenciales, sus limitaciones administrativas, la práctica de su religión personalísima de dejar hacer y dejar pasar, lo convirtieron e un fraude lamentable. Rosario no tuvo tiempo y el poco que le dieron lo utilizó magistralmente para ayudar a Andrés Manuel a evitar que el efecto Fox metiera a las oficinas del Ayuntamiento a Santiago Creel”.

También decía que los foxistas tenían razón al considerarlo “un tumor en las posaderas de Vicente Fox (que estaba por estrenarse como Presidente). Lo acompañará todo el sexenio, a menos que el panismo convenza al priismo de que el Senado de la República lo eche a la calle con el pretexto de que (con marchas y plantones, muchos de ellos encabezados por el el Jefe de Gobierno) pone en riesgo la seguridad del Ejecutivo Federal, que es la única excusa con la que Andrés Manuel puede ser desaforado”.

Nos equivocamos, por su repudio al juicio de amparo, López Obrador violó el concedido a los propietarios del predio “El Encino” y dio pretexto a Fox para que la Cámara de Diputados lo desaforara en vano intento de cerrarle el camino a la candidatura presidencial. Fue todo un acontecimiento que IMPACTO reportó con puntualidad e información privilegiada.

Al final, Manuel Espino que colabora ahora con Alfonso Durazo en la Secretaría de Seguridad, convenció al Presidente de que sólo lo estaba ayudando a victimizarse y cuando todo estaba listo para que pisara la cárcel, la entonces panista y ahora morenista Gabriela Cuevas pagó la fianza y López Obrador compitió contra Felipe Calderón, que le ganó por unos cuantos votos.

La reacción de López Obrador fue previsible. Durante meses tomó el centro de la Ciudad de México, no pudo evitar la toma de posesión de Calderón y regresó a casa sólo para esperar su momento que se presentaría 12 años después.

Ayer Andrés Manuel celebró haber echado al PRI de Los Pinos de manera escandalosa, de la misma manera que éste lo recuperó de Calderón.

En un cuarto de siglo de observarlo nada ha cambiado. La diferencia es que hoy es Presidente de México, pero sigue siendo el mismo. Decíamos –y no nos equivocamos—que “su mesianismo es de adeveras; nadie lo adivina cuando lo ve en un restaurante popular sin aparato, sin escoltas, sin guaruras. Pero todo cambia cuando se pone en López Obrador. Entonces sí”.

Dos años después de su victoria electoral comprobamos que no nos equivocamos en el 2000. Sí era el hombre del futuro. Se equivocaron quienes quisieron.

Y él, a nadie engañó. Es el de entonces, cuando se pone en modo López Obrador sigue siendo aquel.

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