Peña Nieto, bajo Inquisición; López Obrador, en la ficción del Edén

Seguimos gritando odios en redes sociales y aún no nos autorregulamos; aún no asumimos esa ética que NO puede ser impuesta por autoridad alguna

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El partido que teme la derrota es el que está en el poder. Es el partido más escrutado; es la institución que antes de la emersión de la sociedad civil organizada, y la penetración de las Tecnologías de la Información (TI) en la vida personal, garantizaba la continuidad cimentada en ese poder.

En el 2012, el gobierno de Felipe Calderón y el PAN vivieron, en carne propia, ese escrutinio; ahora, Enrique Peña Nieto y el PRI perciben, con mayor agudeza, esa Inquisición, igual en los niveles de los gobiernos estatales y municipales.

En esos términos, Andrés Manuel López Obrador está en el Edén. Diez años atrás, cuando dejó la Jefatura de Gobierno del DF, las TI y la sociedad civil pagaban el precio de los pioneros; el ahora líder de Morena pudo darse el lujo de denostar la marcha blanca de la sociedad civil más grande de la historia el México moderno, organizada por México Unido Contra la Delincuencia (MUCD), una posición de gran riesgo político en estos momentos.

Ese escrutinio es poder en todos los rincones, no sólo de la oposición; sobran historias de empleados resentidos que publican información “anónima” en redes sociales, de indignados con el abuso y de irritados con la soberbia.

La de hoy es otra historia, a la que el modelo antisistémico no explica en su totalidad. La sociedad civil se erige en Inquisición y se equivoca, como todas las inquisiciones.

Así ocurrió, en Estados Unidos, con Donald Trump, en Colombia con el rechazo al acuerdo de paz con la guerrilla (FARC) y el Brexit en Inglaterra, con la salida de la Unión Europea.

No obstante, la gran paradoja es que el nuevo poder de la sociedad civil armada con TI es el motor de la democracia, pero en esa línea de tiempo estamos en la adolescencia y pagamos errores de la inmadurez.

Seguimos gritando odios en redes sociales y aún no nos autorregulamos; aún no asumimos esa ética que NO puede ser impuesta por autoridad alguna.

Es la causa por la que los defenestrados etiquetan a los usuarios como “legión de idiotas”, sin embargo, el tiempo consignará una especie de reglas de convivencia que explote la información en nuevos términos, y aun cuando los odios no se apaguen, quedarán en su propia dimensión.

En el big data de las redes sociales, el odio es información mínima, pero es la más escandalosa, y frecuentemente es automatizado para fines políticos o comerciales, pero al mismo tiempo crecen los algoritmos de rastreo para identificarlos, exhibirlos y alertar a los usuarios.

El análisis político tendrá que recalcular, con nuevos parámetros, la carga de ser gobierno, tal como ocurre con la imprecisión de las encuestas, al grado de invalidarlas como pronóstico, si es que en algún momento tuvieron ese propósito o les fue otorgado por desconocimiento de la opinión pública.

El PRI dejó Los Pinos en el especial momento tecnológico del año 2000 y regresó al futuro en otras condiciones. Su “nueva” tripulación heredó los vicios de la vieja y ahora sufre la enfermedad que inicia con la toma de protesta en el Congreso: La soberbia que los aleja de la realidad… y del 2018.

 

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