¿Quién va a cuidar el monte?: madre de ambientalista michoacano

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En San Luis, pequeña comunidad del municipio michoacano de Ocampo, una mujer contiene las lágrimas y pregunta ¿quién va a cuidar el monte? Es la madre del ambientalista Homero Gómez González, quien fue encontrado muerto el 29 de enero en extrañas circunstancias.

“Se acabó el padre de El Rosario, les decía yo a los ejidatarios porque les decía -reitera-, ¿quién va a tener estos pantalones como los tenía Homero, a meterse donde el gobierno? Le valía, él tenía mucho valor, nunca era un hombre entumido”, María Amparo Gómez Arrieta con voz clara.

La señora de 73 años se acicaló temprano para llevar flores a la tumba de su hijo. El panteón donde descansan los restos del ambientalista y defensor de los bosques, hogar de la mariposa Monarca, domina el valle, ese que él defendió durante su vida.

“Y con nadie se metía, era muy buena gente, como su papá era muy buena gente, así también. Y su papá cuando hacía junta lo respetaba la gente, y lo mismo él. Una junta ejidal”, recuerda la madre de Homero, quien coincidentemente el 13 de diciembre pierde a su esposo debido a una enfermedad, y exactamente un mes más tarde su hijo desaparece, para reaparecer flotando en una fosa con tres y medio metros de agua.

“Pues no hay nada qué pensar, lo que les digo yo a mis hijos lo bueno, que lo pudimos sepultar, malo que no lo hubiéramos encontrado porque decían a dónde lo aventaron, a dónde lo echaron, dónde estará, pero les dije yo, ‘hay que estar conscientes y esperar lo que venga’… cuando desapareció”, dice ahora sentada en una silla en su cocina, un espacio amplio donde caben sus ahora nueve hijos con sus esposas y nietos.

Su esposo murió a los 74 años, estaba orgulloso de la labor que realizaba su hijo ingeniero agrónomo y activista por los derechos de la naturaleza y los ejidatarios.

“Él (su esposo), le nombraba que era un gran hombre y yo me enojaba con él, le decía, ‘ya no te metas tanto porque hay gente mala, gente envidiosa, que no te pueden ver, no te metas tanto en la política’, pero él nunca me entendía. Él nada más me decía ‘no mamá, no pasa nada, no pasa nada’”, rememora.

Admite que las actividades que desarrollaba su hijo para evitar la tala de árboles le preocupaba.

“Me daba miedo cuando llegaba bien noche, le decía yo ‘no andes de noche, no andes solo’ y luego me decía ‘no ando solo mamá, ya no ando solo’. Como hay mucho peligro en las carreteras, todo eso. Es que como estaba diciendo mi otro hijo ‘salen en la carretera, salen de su casa pues no van a saber si regresan o no regresan’”.

Viendo hacia la puerta de la cocina, enmarcada por el paisaje que se aprecia por la ventana que está a sus espaldas, doña María Amparo resume la vida de su hijo.

“Temprano a su mariposa, y luego bajaba se iba a Zitácuaro y ya llegaba noche”.

“Todas estas hectáreas de por aquí, él lo mandó plantar. Ya se tumbó una vez el árbol, yo no sé de dónde traía árboles, de Hidalgo (Michoacán), no sé de dónde, pero él traía mucho árbol. Con todos los campesinos se puso a plantar y todos los seguían. Salió de Chapingo, fue ejidatario y luego se dedicó a esto. A los 30 se anduvo en el monte ya con los ejidatarios”, explicó.

Añade que durante un tiempo su hijo se dedicó a la política. “Primero trabajó en el gobierno, era síndico y luego que fue síndico él se dedicaba con los ingenieros, que andaban buscando una mariposa”, dice refiriéndose a una pareja de investigadores canadienses que ubicaron el santuario de la Monarca.

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