Quizás la peor derrota sufrida por Andrés Manuel López Obrador en su comparecencia en el programa periodístico Tercer Grado de Televisa fue que sus fans más entusiastas se durmieron a la mitad del programa.
Y es que el candidato de las izquierdas es uno en la plaza público y otro en corto.
En el mitin callejero se comporta como Moisés bajando del Sinaí escandalizado porque el pueblo al que pretende conducir a la tierra prometida aprovechó su ausencia para cambiar de dioses, pero en entrevista sobre hechos concretos exhibe el bajo coeficiente intelectual que lo hizo pasar de panzazo por las aulas universitarias. Se refugia en lugares comunes, los más conocidos su proclamada honestidad, la descalificación a priori de lo que le es adverso y el inevitable refugiarse en “el pueblo” para justificar probables acciones futuras que ya asustan a muchos.
El encuentro en Tercer Grado terminó en chacoteo porque no había manera de polemizar seriamente un par de minutos con el candidato. Vaya, ni siquiera sus aliados, Denis Maerker y Víctor Trujillo pudieron auxiliarlo.
De hecho, Brozo, que sin máscara ni peluca es más afectado y aburrido que un actor desempleado, le puso la puntilla preguntándole por qué no hizo como Miguel Mancera que denunció a quienes supuestamente sin su desconocimiento pasaron la charola con un grupo de empresarios para conseguirle 6 millones de dólares.
Tal vez hasta su novísimo brazo armado, la falange universitaria que ya exhibe su inexistente expontaneidad y en cambio se muestra como producto de una estrategia planeada con anticipación y operada con habilidad, debió desinflarse ante el televisor.
Con respeto, como dice él, los jóvenes, por lo menos quienes alegan ser ajenos a la lucha partidista, debieron descubrir que no es el apóstol (así se llama) que necesitan y que terminarán siendo carne de cañón en el previsible conflicto pretextado por un fraude electoral que aún no se comete y que sería achacable al millón de ciudadanos insaculados por el IFE para manejar el proceso electoral del uno de julio.
A toro pasado le habría salido más barato plantar a Televisa porque millones de mexicanos terminaron por convencerse de que, para usar sus términos beisbolísticos, no trae nada en el brazo.
Habría justificado su inasistencia alegando no sin razón que se trata de territorio hostil, como Enrique Peña Nieto argumenta para no acudir a debatir con estudiantes dispuestos a lincharlo por consigna.
En cambio hoy ¿cómo recuperar la imagen ante quienes lo vieron vacuo, insustancial, incapaz de argumentar en espera de que le creamos sólo porque es él quien dice las cosas?
Mala noche para Andrés Manuel.
Ya cuando se acercaba el final del programa entre las risotadas de Adela Micha, las bromas de Carlos Marín, el ruego lastimero de Trujillo de no ser incluido en el club de admiradores de Peña Nieto, la preocupación evidente de Dennise por no haberlo, la suficiencia de Ciro Gómez Leyva que por fin pudo desquitarse por las agresiones verbales en los eventos del candidato y las preguntas sin respuesta de López Dóriga, Andrés Manuel daba pena ajena.
Y todo porque acudió al patíbulo de Televisa creyendo que el clima sería el que le conceden sus aliados o porque confundió a la televisora con la plaza pública. Tuvo la gran oportunidad de exhibirse como el estadista que necesita el país, pero en cambio se dedicó a repetir los lugares comunes que por la mañana había pronunciado ante los intelectuales, el día anterior en Michoacán, y seis años atrás ante quien quiso escucharlo.
Es decir, a fortalecer la idea de que habrá desmadre en julio.
