Un tripartito para el Mundial de futbol de 2026

Construir puentes de amistad, y no muros de división, forma acertada de recordarnos que seremos vecinos por siempre

Compartir:

Tiene una lógica, sobre todo, ante presupuestos acotados, finanzas estrechas y economías atrapadas en el corsé de la deuda interna, y otras en la maxideuda externa; me refiero a la loable propuesta de organizar el Mundial de futbol en 2026 compartiendo el espacio geográfico de México, Estados Unidos y Canadá.

Pero también derivada de los últimos fracasos en los proyectos financieros para organizar el Mundial; lo que comienza con la ilusión de convertirse en la sede de una justa que reúne a miles de millones de aficionados termina siendo un castigo… un enorme varapalo para la economía huésped.

Lo de Brasil ha sido el colmo en todos los sentidos; ha servido, además, para desnudar, en carne viva, que cuando se mezclan la corrupción con la voracidad, la ambición desmedida aunada con la ineficacia, el resultado es funesto.

Y es que, vamos a decirlo, el país queda rebasado para asumir todos los compromisos de construir varios estadios; remodelar los que ya están; construir, o habilitar, villas para los jugadores, sus comitivas y, además, tener la infraestructura necesaria para recibir a millones de aficionados llegados de todas partes del globo terráqueo. Más la logística de seguridad.

Una auténtica locura en las formas, en el tiempo y en el espacio. Por eso es que no me parece descabellada esta idea, que va avalada por la FIFA y que podría ir ganando peso, en los próximos meses, bajo el entendido de que el calendario de juegos y estadios sería distribuido entre Estados Unidos, Canadá y México.

La Unión Americana llevaría la batuta en cuanto al número de partidos y estadios; se baraja la propuesta, inicial, de que en México habría 10 ciudades que serían sede de distintos juegos.

En mi opinión, lo más relevante es que, ante todo, es una forma inteligente de unir corazones en tiempos fríos para la humanidad, violentos para las relaciones entre las personas con  gente obstinada en seguir desenvainando la espada del odio, la amargura y la xenofobia.

Desconozco quién es el cerebro de dicha propuesta, digamos el autor intelectual, pero merece mi reconocimiento porque debemos buscar cosas que nos unan, que nos recuerden que, ante todo, más allá de cualquier credo, raza, color de piel, ideología o propensión político-partidista, somos seres humanos de carne y hueso: Sentimos igual; respiramos el mismo aire cobijados bajo el mismo cielo, que no conoce de patria ni de murallas.

De forma muy sagaz e instintiva lo intentó, en Sudáfrica, el entonces presidente Nelson Mandela;  su épica fue recogida en libros y luego llegó a Hollywood con “Invictus”,  basada en los esfuerzos de Mandela por unificar a blancos y negros a partir de la Copa Mundial de Rugby de 1995. La reconciliación –entre los sudafricanos- se logró en la medida que su equipo fue consiguiendo la victoria, hasta hacerse con el trofeo.

 

A COLACIÓN

Hay quienes intentan magullar la relación de México con Estados Unidos; de por sí, casi siempre ha estado basada en una especie de amor-odio psicosomático.

Por eso es que enfocarse en construir puentes de amistad, y no muros de división, es una forma acertada de recordarnos que seremos vecinos por siempre; la vecindad no es nada más geográfica; hay una mutua corriente intracultural; de uno y de otro lado se ha dado una simbiosis bastante fructífera.

Así que de conseguirse la candidatura sería una gran oportunidad por reunificar los lazos porque siempre es posible una reconciliación cuando se abren  las manos y se extienden los brazos.

Y si sus negociadores son avezados puede ser la oportunidad para realizar más esfuerzos conjuntos; por lo pronto, de concretarse se estaría creando un precedente futuro para las copas del mundo.

Imaginemos una candidatura, como una Pangea, por parte de la Unión Europea (UE); e insisto: Tiene mucho de lógica; basta de la locura de ponerse a construir estadios que después no serán usados más; la inversión casi siempre supera a las estimaciones originales; las prisas consumen los tiempos; la corrupción llega, mangante, a sacar tajada y, después de que terminan los juegos, resulta que hay más pérdidas que ganancias.

Brasil,  para mí, con el tema del futbol y la Copa, ha sido un parteaguas, y no se diga después con el fiasco organizativo de los Juegos Olímpicos. De acuerdo con la BBC, originalmente, la Copa del Mundo de 2014 tenía estimado un gasto de mil 100 millones de dólares en infraestructura; empero,  nada más en 12 estadios, el gobierno de Dilma Rousseff  se gastó 3 mil 300 millones de dólares.

En una investigación respecto a los fiascos de ser sede del futbol global, la BBC afirma que, en total,  el Mundial les costó a los brasileños la friolera de 11 mil millones de dólares y que no recuperaron ni el 50 por ciento.

 

@claudialunapale

 

 

 

Compartir: