El 26 de marzo de 1913, apenas unos días después de la decena trágica (iniciada el 19 de febrero del mismo año) en la que fueron cobardemente asesinados el Presidente Francisco I. Madero y el Vicepresidente José María Pino Suárez por orden de Victoriano Huerta y Henry Lane Wilson, ocurrió un hecho insólito tan o de mayor relevancia y trascendencia que la misma salida de Porfirio Díaz a raíz de la toma de Ciudad Juárez por las fuerzas maderistas. Treinta y dos días después del artero crimen, el entonces gobernador de Coahuila se va a reunir con otra treintena de revolucionarios en la casona del municipio de Ramos Arizpe, conocida como “La Hacienda de Guadalupe”, para emitir un llamado a la nación que denominaron “Plan de Guadalupe”.

Este hecho ha sido minimizado por muchos de los historiadores prejuiciados por la fuerza y capacidad de su promotor Venustiano Carranza, a quien no pocos le atribuyen fines protagonistas en demérito de su lealtad no sólo a la persona del presidente Madero, también a la de sus ideales y convicciones revolucionarias a favor de un cambio democrático en México. El llamado “Barón de Cuatrociénegas” cuyo carisma está más en la reciedumbre de su voluntad y compromiso de su realización, que en la guarda o manejo de apariencias para hacerse grato o popular como hoy y siempre, la frivolidad ha caracterizado a los líderes.

La verdad es que ahora que nos aprestamos a la celebración del centenario de la Constitución de 1917, y repasamos los tiempos y las circunstancias, la decisión de Carranza ante la afrenta a la patria por la colusión de unos traidores como Huerta, Reyes, Blanquet y otros, con el embajador norteamericano de baja estofa como Wilson, conmovió sólo a unos cuantos mexicanos. Los más se resignaron a aceptar las cosas como irreversibles, para no tener que autocensurarse por su docilidad ante la ignominia. Con absoluta desventaja y menos razonables posibilidades de triunfo, Carranza y los primeros coahuilenses que lo siguieron, para después reforzarse con chihuahuenses, potosinos y sonorenses, tuvieron fe en la victoria, más por la causa que defendían, que por su raquítico poderío militar para enfrentar el reto.

“El Plan de Guadalupe” es un hecho crucial. Motor de lo que será una lucha no por el poder simplemente, sino por la vigencia del orden constitucional, es decir por el estado de derecho al que debe sujetarse la autoridad en ejercicio legítimo del poder. Carranza no le espeta a Huerta una merecida injuria; Carranza le dice al Senado que no traicione su conciencia, entregando el cargo de presidente sin tener facultades para ello y, por consiguiente, rompiendo el orden constitucional. Son primero los principios, él no se erige como presidente sustituto, sino como Jefe de las Fuerzas Constitucionalistas frente a un agravio imperdonable al honor, la dignidad y la soberanía de la nación.

Por ello, tratar de entender la obra de una nueva Constitución, la más progresista y avanzada del mundo en esa época, sin recurrir a la revisión de los antecedentes; “El Plan de Guadalupe” y “El discurso de Hermosillo” del 12 de diciembre de ese mismo año, es conformarse con una parte de lo que es todo un proceso de patriotismo e inteligencia para culminar una revolución que se inicia en una justa insurrección pero que requiere culminar con una aportación civilizatoria que no puede ser más que la de hacer un acuerdo constitucional para superar la coyuntura y proyectar su permanencia.

La convocatoria del Congreso Constituyente en Querétaro, después de haber remontado a la Convención de Aguascalientes donde Pancho Villa se quería levantar con la renuncia del encargado del Ejecutivo, en su carácter de Jefe del Ejército Constitucionalista, obligó a Carranza a no declinar, incluso después de su victoria contra Villa en Celaya, para organizar contra viento y marea, la celebración de un Congreso plural de integrantes procedentes de todas las latitudes, que con libertad revisaran la iniciativa de reforma a la Carta Magna para que en una nueva se contuvieran las garantías sociales de sus propuestas agrarias, laborales, educativas, civiles. Proeza digna de un estadista, lejos de la imagen del autoritarismo que los neoporfiristas le atribuían.

El repaso de estas etapas previas y durante el Congreso, nos deben servir para reconocer no sólo al propio Carranza, a Luis Cabrera y a otros de las artífices del rencuentro de México con un cauce constitucional; ni sólo a los 218 diputados constituyentes que en el Teatro de la República cumplieron a cabalidad sus tareas sino, también, para entendernos como una comunidad con historia de logros y aportaciones al mundo que nos debe situar sin jactancias, como país civilizado para no cejar en la misión de hacer un México como el que empezamos a construir en 1917 y, que, con interrupciones frecuentes, podemos reencauzarnos en la senda del progreso, la democracia y la justicia para todos.

La Comisión para la celebración del Centenario de la Constitución, llevará a cabo diferentes foros en donde dilucidaremos el balance de activos y pasivos históricos para recoger los frutos y refrendar la esperanza de nuestras capacidades al servicio de México. Todo empezó un 26 de marzo. Releer el Plan de Guadalupe y el discurso de Hermosillo, son imprescindibles para entender el proceso a un siglo de distancia.

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