Un año… cómo valorarse

Euforia de un cambio histórico poco a poco se va diluyendo; es de fachada, pero no de sustancia

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Mayor debilidad de Andrés Manuel López Obrador está en la incomprensión de la materia política-constitucional como columna vertebral de un gobierno democrático

Es insoslayable en principio considerar que contra lo esperado el PRI y Enrique Peña Nieto reconocieron ipso facto, el triunfo de AMLO, que marca una gran similitud con lo ocurrido en el 2000 cuando Zedillo acepta inmediatamente como natural, la elección de Vicente Fox. La entrega de la administración pública ahora se hizo más acelerada puesto que los titulares de las secretarías ya estaban designados, pero, igual que hace 18 años, la suspicacia popular habla de un acuerdo previo que pudiera consistir en sólo cambiar el membrete del partido sin tocar el fondo. El modelo de gobierno y de política económica sexenal queda intocado, sobre todo también, se excluye el cobrar facturas de daños inferidos a la nación persistiendo la impunidad crónica.

Es por ello que, si la memoria no falla, estamos viendo -aunque no quisiéramos- la misma película. La euforia de un cambio histórico poco a poco se va diluyendo, es de fachada pero no de sustancia. La mayor dolencia o enfermedad de la nación es la ausencia o no vigencia de un Estado pleno de derecho y su consecuencia es la corrupción y la violencia; no es al revés que la corrupción es la causa, sino el efecto. Ello porque justamente la política como práctica de gobierno que nazca de un voto real, es mantenerse apegado a ese origen e implantar la majestad del derecho en todos los actos de autoridad para lograr la armonía de pueblo y gobierno unidos, en la misma convicción democrática.

Visto así, el balance esencial debe hacerse en cuanto a qué tanto o en qué proporción se ha logrado esa ecuación de origen legitimo para adoptarla en el desempeño de gobierno. Los principios trasladados a la letra de la ley en la Constitución, es la base de la pirámide de un gobierno verdaderamente democrático. Así como se respetó el voto público deben respetarse los derechos a la libertad de expresión, del disenso, garantías individuales y sociales, pluralidad y transparencia en el uso de los fondos públicos, información cabal al pueblo del sustento de las decisiones del Poder Ejecutivo, permanencia de la seguridad pública, defensa de la soberanía nacional y de la integridad territorial etcétera, etcétera. Son estos valores los parámetros que no son subjetivos, están en la conciencia ciudadana que los transmite de generación en generación como inamovibles.

La concepción del Estado moderno verdaderamente democrático, debe prescindir del exceso exhibicionista que suplanta la interpretación constitucional hacia sus particulares percepciones. La institucionalidad sirve para enfrentar esa posibilidad de apropiación de personas o grupos, del sentido y rumbo de las decisiones porque deben estas ubicarse en el marco de la ley que, a su vez, es historia, evolución y aspiraciones del pueblo. No se pueden desarticular del eje constitucional cayendo en el peligroso terreno de un súper poder que puede degradarse hasta la proscripción del orden jurídico bajo la oferta de caminos más expeditos que se inician en la mitomanía y conducen al autoritarismo y en la anarquía.

Por ello el balance del año no debe hacerse todavía por rubros o temas solamente, como puede ser el empleo, la balanza comercial, el crecimiento del PIB, la incidencia de violencia y de delitos, la presencia internacional, la relación con el país del Norte etc. Estos son sólo indicios que pueden ser valorados pero son siempre contingentes por su origen. Lo que está a prueba de toda duda y que es contundente en las cuentas del balance es el saber qué tanto, el gobierno se ajusta al precepto constitucional en su ejercicio y qué tendencia se advierte en un futuro próximo y remoto.

Es aquí en donde la congruencia entre lo que se dice y se ofrece en campaña debe medirse. Si se fue severamente crítico de gobiernos anteriores que violentaron la Constitución cuando degradaron a Pemex para abrir negocios particulares, contrajeron deuda pública para fines no autorizados, indujeron al Poder Judicial a obedecer consignas o se coludieron con el crimen organizado para anular la función policiaca y del ejército, son los únicos números válidos porque ahí están y, el Estado de Derecho, es el agraviado. Esto significa que la dignidad de la patria ha sido vulnerada, por lo que todo puede esperarse de un gobierno democrático, menos desatenderse de corregir el rumbo con la Constitución en la mano, erradicando la impunidad no en el futuro imaginario, sino en el saldo de las ofensas que ha sufrido el pueblo con dolor, sacrificio, muerte y desesperanza.

Por lo visto, la mayor debilidad de AMLO está en la incomprensión de esta materia política-constitucional como columna vertebral de un gobierno democrático. Sus intuiciones, inclinaciones, deseos, son válidos siempre y cuando sean compatibles con la ley, de otro modo se estará sembrando de nubes negras el futuro porque no hay peor experiencia en la historia que la que deja en manos de una persona la suerte del destino de una nación. No todas las monarquías han sido corruptas o ineptas. Las hubo nobles y justas pero, al fin y al cabo, la República se impuso porque no personaliza ni en dinastías, estirpes o grupos de poder la capacidad del mejor gobierno.

Es la dinámica de la responsabilidad compartida entre el pueblo soberano y gobiernos civiles temporales que pueden ser evaluados y removidos según el servicio que presten a la nación, donde la inteligencia humana creó el Estado de Derecho como la única fórmula que resuelve y consigue que los hombres sean iguales y que no impere la injusticia sobre la razón y el respeto a la dignidad humana.

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