Sheinbaum y el peso de una Presidencia abrumadora

La gobernante -aunque el plazo transcurrido es mínimo y puede ser que sólo esté calentando motores, pues en algún momento deberá pensar en el 2024, y para ello si algo se necesita es hacer ruido- se ve menos protagonista que sus antecesores Miguel Mancera, Ebrard y el mismo López Obrador Incluso hasta menos protagonista que Rosario Robles y Alejandro Encinas que en su momento fueron sustitutos interinos en la Jefatura de Gobierno por casi un año

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De 2000 a 2005, Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador,  Presidente de la República, de extracción panista, y Andrés Manuel López Obrador, Jefe de Gobierno del ex Distrito Federal, entonces perredista, no se podían ver ni en pintura.

Fueron cinco años de tormentosa vecindad, pues la Ciudad de México, como capital del país obliga a una convivencia política y económica. El PRD y el PAN gobiernos estaban como perros y gatos.

La gestión de López Obrador se recortó a cinco años, pues en 2005 dejó el cargo para buscar por vez primera la Presidencia de la República, que perdió. Lo sustituyó Alejandro Encinas.

En 2006 llegó a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México Marcelo Ebrard y a la Presidencia de la República otro panista, Felipe Calderón. El patrón de relación se repitió. Ya desde entonces, sin que así lo dijeran, asomaba el desencuentro entre “transformadores” y “neoliberales”. Vaya, Ebrard debió seguir el juego de López Obrador de pintar su raya, a veces hasta patéticamente, ante el Gobierno federal si no lo encabezaba alguien emanado de la Izquierda. La mano de Andrés Manuel ya se metía hasta el fondo de las decisiones del PRD al que años después abandonaría para crear Morena.

El distanciamiento, traducido en bajo perfil de uno hacia el otro, era comprensible ante una Izquierda que no obtenía el triunfo deseado para habitar Los Pinos, que hoy ya no es sede del gobierno federal.

Parecía, entonces, que lo ideal era que ambos gobiernos fueran del mismo partido para evitar silencios y cabezas gachas. Para evitar que uno, el que la gente dispusiera, según el rol de cada quien, dejara de existir.

A su tiempo esto llegó. El pasado 1 de julio de 2018, Morena se colgó casi todas las medallas. Tras la elección federal ganó la Presidencia de la República, la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, las mayorías en la Cámara de Diputados y el Senado, así como varios Congresos estatales y gubernaturas.

Con menos holgura que López Obrador (cuyo margen de ventaja antes sus competidores Ricardo Anaya y José Antonio Meade fue histórica), Claudia Sheinbaum logró ser la primera mujer en ocupar la Jefatura de Gobierno mediante elección electoral.

El pasado viernes, ambos cumplieron, con diferencia de una semana, sus primeros 100 días de gobierno. Si no fuera tan notorio ni siquiera valdría la pena mencionarlo, pero en estos poco más de tres meses da la sensación de que Sheinbaum no puede o no debe generar cierta porción de poder o que ante la ración diaria de tiempo consumido por el Presidente, debe medir sus ímpetus y mantener un perfil bajo.

Vaya, la Jefa de Gobierno no sólo no puede, como ningún otro servidor público, ganar más que el Presidente, lo que con ley o sin ley no tendría por qué ser, sino que tampoco, eso pareciera, debe sobrepasar sus actividades que lleguen a quitarle reflectores a López Obrador.

Quizá sea una apreciación equivocada, pero al menos en los primeros 100 días de gobierno de ambos, la imagen, plus ultra, que sobresale en el ámbito político es la de Andrés Manuel. Si la percepción se da en la misma capital de la República, cómo será en el resto de la República.

A Sheinbaum -repito, aunque el plazo es mínimo y puede ser que sólo esté calentando motores, pues en algún momento deberá pensar en el 2024, y para ello si algo se requiere es hacer ruido- se le ve menos protagonista que sus antecesores Miguel Mancera, Ebrard y el mismo López Obrador. Vaya, menos aún que Robles que sustituyó a Cuauhtémoc Cárdenas de finales de septiembre de 1999 a principios de diciembre del 2000. Y menos también que Alejandro Encinas que hizo lo mismo por el mismo lapso de tiempo, pero sustituyendo a López Obrador de principios de agosto de 2005 a principios de diciembre de 2006.

 

PACTO DE RELEVOS

Este domingo, la Jefa de Gobierno dio un informe por sus primeros 100 días de gestión.

En su mensaje, a menos que tenga un as bajo la manga, no podrá presumir de cosas contundentes, obras o programas, pero tampoco de una voz mandante con aplomo, como de forma natural debiera darse en su calidad de gobernante de la capital mexicana.

Quizá 100 días de gobierno no sean definitorios de nada -ni de logros ni de fracasos-, pero Sheinbaum parece estar bajo la sombra del estrellato de López Obrador.

Es quizá un acuerdo tácito de compostura hacia el Poder vertical, o una pleitesía a la figura de quien llevó a la Izquierda por vez primera a Palacio Nacional, pero que puede ser temporal, mientras el Presidente termina de acomodar sus piezas o de concluir su embelesamiento contra los “neoliberales” y “conservadores”.

A mediados de la semana pasada, Reforma publicó un resumen de las obras o metas iniciales de Sheinbaum, y a los más que destacó fue que ha dado prioridad a mejorar la infraestructura de la periferia de la ciudad.

El mismo periódico señala que el punto más sensible y que o no ha tocado o no se ha sentido que lo toque es el de la delincuencia.

La Jefa de Gobierno deberá sacar sus mejores tarjetas para salvar ese escollo durante su mensaje este domingo.

Porque la delincuencia, en todos sus niveles, vapulea a la Ciudad de México como nunca desde que el propio López Obrador la redujo hace ya década y media.

En una reciente entrevista, la Jefa de Gobierno dijo que se han tenido progresos importantes en todas las áreas, incluso en seguridad.

No es por aguar la fiesta, pero las detenciones importantes de miembros de grupos delictivos que operan en la ciudad las han realizado instancias federales; y, dicen, que con la colaboración del ex agrupamiento de granaderos recién disuelto.

En febrero, Jesús Orta Martínez, secretario de Seguridad Ciudadana, admitió que en la Ciudad de México operan 12 grupos delictivos, aunque dijo que no alcanzan el nivel de cárteles trasnacionales.

Y será el sereno, pero no hay que ir tan arriba para identificar el temor de los capitalinos a transitar en vehículos por ejes viales, ir al banco, entrar a restaurantes, caminar por la calle o subirse a un transporte público, porque la llamada delincuencia menor acecha.

Sheinbaum también destacó la “eficiencia” que en estos primeros 100 días han mostrado los miembros de su gabinete. ¿Usted los conoce?

Creo que si López Obrador no fuera el Presidente de la República otro gallo cantaría a Claudia Sheinbaum.

Como Jefa de Gobierno, en automático está anotada para pelear en seis años la oportunidad de ser el eslabón de la Cuarta Transformación, cosa que algunos miembros de Morena, desde otros aires ya comenzaron a escarbar.

Es probable que Sheinbaum no tenga prisa. De la gestión no ha transcurrido ni el 2 por ciento. Tiempo hay para tomar el timón y que los golpes se escuchen.

Lo único que falta es que así lo piense también el Presidente. Porque con aquello de “lo que diga mi dedito”, luego vienen los “asegunes”.

No estaría de más que hoy, Claudia Sheinbaum diera una probadita de que respeta jerarquías, pero que sin tanta algarabía sabe medir sus tiempos.

 

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@RobertoCZga

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